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Viernes, 17 de marzo de 2006
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OPINIÓN
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El profesor en su minarete
Un mes más tarde de haber publicado una Tribuna de opinión titulada 'Guerra santa contra Occidente', surge la primera -y de momento, única- discrepancia pública sobre lo que en su día escribí y que, como señalé, suscribo «de cabo a rabo». El profesor de Historia, Ramón Teja, como un muecín en su minarete, me acusa de ignorante y atrevido manipulador de la historia, partidario de fomentar el fanatismo y el radicalismo antiislámico, mientras cariñosamente halaga mis virtudes profesionales médicas, de las que nunca hice ostentación pública. Vayamos por partes, querido profesor.

En primer lugar, no creo que sea preciso ser catedrático de Historia para poder opinar de hechos actuales, que lógicamente, como casi todos los conflictos políticos, tienen raíces históricas. Para ello tanto cuenta la opinión de un cardiólogo, como la de un abogado, un agente de seguros, un comercial de ventas o un empleado de banca. Si estuviésemos en un Congreso de Historiadores, el rigor de los datos aportados es fundamental en los debates. Pero mi Tribuna no es un análisis histórico, sino la constatación de unos acontecimientos actuales perfectamente perceptibles por todo el mundo.

En segundo lugar, el profesor Teja afirma que pretendo mostrar que nuestra historia -la del mundo occidental- haya sido un ejemplo de convivencia ocultando la barbarie y la intolerancia de nuestros primeros siglos. Lo cual es sencillamente una invención. En ningún párrafo de mi Tribuna hago tal afirmación y sí que nuestra civilización ha evolucionado desde la intolerancia a la tolerancia, precisamente el camino inverso seguido por la cultura islámica que desde sus inicios tolerantes coincidentes con su época de esplendor, evoluciona hacia el radicalismo y el enfrentamiento con Occidente.

En tercer lugar, el profesor Teja -quiero creer que en una lectura apresurada de mi Tribuna mientras, como él mismo afirma, vigila un examen de sus alumnos- me acusa de lamentarme porque los intentos de las Cruzadas fuesen un fracaso. Y nuevamente, estimado profesor, vuelve usted a errar, porque en ningún momento me lamento de ello, sino que afirmo que «fueron irrelevantes en términos de recuperación territorial», sin que de ello saque posteriormente conclusión alguna de añoranza por tal hecho.

En cuarto lugar, vuelve a acusarme de lamentar que no se puedan construir iglesias cristianas en tierras musulmanas mientras sostiene que existen muchísimos templos «antiguos y modernos» en tierras musulmanas. Pero ¿en qué momento he escrito yo que no sea así? Si el profesor Teja se serenase y releyera mi Tribuna vería que eso lo pregunta la gente y yo lo suscribo, no lo lamento. Las iglesias a que hace referencia el profesor son residuos antiguos y las modernas son absolutamente excepcionales, asentadas en países donde no existe una postura radical oficial y donde, frecuentemente, o han sido atacadas -Pakistán, Indonesia...¯o son reductos aislados para la población diplomática y otros residentes extranjeros. ¿Puede el profesor Teja señalar un solo ejemplo de iglesia cristiana construida recientemente con fondos gubernamentales o en propiedades estatales en Irán, Arabia Saudí, Jordania, Sudán, Afganistán, Pakistán, Libia, Marruecos, Argelia, Mauritania, Yemen, Omán, Somalia o Siria?

Conforme sigue escribiendo el profesor Teja, muestra su progresiva irritación, acusándome de tratar a los musulmanes como a perros que al darles de comer te muerden la mano. No están los tiempos para que éstas afirmaciones sean hechas tan a la ligera. Ya son más de una las muertes que el radicalismo islámico ha causado a personas con tales sambenitos. Desde Salmman Rushdie -huido durante décadas por su condena a muerte al considerársele blasfemo, hasta los recientes crímenes de artistas y políticos holandeses- más de una persona es objetivo del radicalismo de muchos musulmanes. Señalarme como identificador de perros a los musulmanes es algo que puede ser serio, especialmente si es falso. Textualmente escribí: «si a cambio de comida el perro le muerde la mano o se dedica a ladrarle amenizándole con devorarle, es estos casos lo más sensato es apartarse del animal y si éste se nos cuela en casa, se le expulsa o se le castiga». Pero esto es válido tanto para el radical musulmán inmigrante en nuestra civilización como para cualquier otro individuo que no acepte las leyes de convivencia más elementales, desde las bandas latinas a las mafias del Este. Yo no dialogo con criminales, ni con terroristas, ni con pederastas. Pido, sencillamente, que se les aplique la misma ley que rige para mí. Esto no es radicalismo, profesor Teja, sino tan solo una simple y justa aplicación del Estado de Derecho.

Pero hay más. El profesor Teja pretende convencernos de que el radicalismo musulmán actual es minoritario, casi simbólico según él y su importancia está exagerada por los medios de comunicación. Es cuestión de su valoración personal de la realidad. Quizás sea minoritario, pero los radicales, frecuentemente, tanto en la Historia como en el día a día, suelen dominar a los pacíficos. Ocurrió en los regímenes nazis centroeuropeos de mediado el siglo XX, y ocurre hoy en el País Vasco. Cuando las amenazas de muerte y los coches bomba apoyan los argumentos, mucha gente sensata queda silenciada. Pero los datos son contundentes: mayorías absolutas del radicalismo islámico en Irán y Palestina, manifestaciones contra Occidente, asaltos a embajadas, atentados masivos contra Inglaterra, España, Israel y Estados Unidos, amenazas contra Dinamarca, Australia e Italia..., reuniones de emergencia de los dirigentes de la Unión Europea, embargo económico a Palestina, advertencias de la ONU a Irán..., asuntos intrascendentes, exagerados por la prensa, según el profesor Teja.

Finalmente, el profesor Teja me acusa de anunciar un final apocalíptico para Occidente, mientras la Bolsa sube y los bancos alcanzan cifras históricas de beneficios. ¿Y qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia, por decirlo finamente, profesor Teja?. Y a la vez, me descalifica como historiador -cosa que hoy por hoy, ni soy ni lo pretendo ser- y me ataca como liberal, mezclando en un revoltijo las condenas papales de Pío IX, el Concilio Vaticano II, el Renacimiento, la tolerancia, el liberalismo... y yo dudo de muchas cosas, pero otras las tengo absolutamente claras: la tolerancia existente en nuestras sociedades liberales occidentales es infinitamente superior a la de los países islámicos, anclados en su mayoría en un atavismo religioso, que no aparta a la Iglesia del Estado. Ese fue precisamente un logro de la Revolución Francesa que el profesor invoca, y el motor de nuestro bienestar económico y social que actúa hoy como imán de atracción a los miserables que huyen de las injustas y atrasadas sociedades islámicas.

Bienvenidos sean por tanto, aquellos que necesiten trabajo y cobijo para subsistir, pero que respeten las normas de la sociedad que les acoge, la cual precisó de varios siglos para llegar a donde está.



Post Scriptum 1º: Efectivamente, Maimónides era hebreo, no musulmán y alcanzó su gloria precisamente en la tolerante Córdoba de los reinos de Taifas, pero hubo de exiliarse por razones de fé cuando los radicales islamistas de su época, los almohades, le obligaron a ello.

Post Scriptum 2º: Allá por 1984 tuve ocasión de leer 'Les croisades vues par les Arabes', editada por Lattès. Es un libro delicioso, pero no histórico, sino la narración de las Cruzadas contadas desde el lado árabe, como el propio autor reconoció en la introducción de su obra. Su testimonio podría ser tan válido como cualquier otra relación realizada por una crónica de San Luis, de Ricardo Corazón de León o del Papa Inocencio III. Puestos a recomendar libros, ¿ha tenido ocasión de leer el último de Oriana Falacci? Tampoco es digno de desprecio.



Vocento