Quién dijo que la figura del comunicador-predicador había desaparecido de la pequeña pantalla? No, no: el viejo modelo sigue vivo. Y para constatarlo basta con ver a Iñaki Gabilondo, que a veces alcanza momentos de elocuencia inigualable desde su alto púlpito. Fue por ejemplo la otra noche, a propósito de ese estridente asunto del Zaplana faltón y la vicepresidenta ofendida. Saca Iñaki las imágenes del suceso. Enarbola el nomenclátor de los estigmas y declama: «Es la de Zaplana una chulería rancia, grasienta y pringosa». Y mirando profundo a la cámara (esta vez la encontró a la primera), rubrica con una frase como de Arrese: «Esta es la España que no queremos».
Es verdad que hace tiempo que el sentido del matiz no entra en las obligaciones profesionales del veterano comunicador, pero estas no son las mejores credenciales para reprobar después a los que «crean crispación», ¿no? Este lenguaje, lo de la chulería y el pringue, es una forma como cualquier otra de ver la realidad en dos colores: puro lenguaje binario. Dejemos de lado la cuestión de si cabe semejante avalancha opinativa en un programa informativo: después de todo, la función de Gabilondo en su programa es ejercer de líder de opinión. Lo que pasa es que, puestos a opinar, se agradecería un poco más de flexibilidad argumental en vez de una simple aplicación binaria. Esa frase, «Esta es la España que no queremos», tiene la virtud de expresarlo con claridad meridiana. O sea que hay la España que queremos y la que no queremos, la que sí y la que no, la in y la out, los buenos y los malos, «nene guta» y «nene no guta», porque al final el estilo binario termina conduciendo siempre al pensamiento infantil. Muchas casas publicitarias recurren al discurso binario para promocionar sus productos; los hay que incluso se anuncian expresamente con proposiciones «sí» y «no» para que el consumidor, al que siempre se trata como a un niño, no se equivoque en sus preferencias.
Ante todo, despejemos las dudas: que nadie vaya a perder la virtud por un exceso de reflexión, ¿eh? Eso sería intolerable. Bueno, pues el ejercicio de Gabilondo, la otra noche, fue por el mismo camino. ¿Y ese «nosotros»? ¿Quiénes somos «nosotros», los que «no queremos»? ¿Se trata de Cuatro, del Volkgeist gabilondiano, un «we the people» a la americana, tal vez usted y yo, amigo espectador? No: ese «Nos», pronunciado con esa solemnidad como de tribunal, pronombre erguido en la rigidez del busto parlante, era en realidad un plural mayestático. Nos, Gabilondo, no queremos esta España, o sea la España de «ellos». Sí/no. Este exceso de discursos binarios está haciendo el país irrespirable. Pero esto, seguramente, es harina de otro costal.