A lo largo del tiempo generamos valores, desechamos o nos hacemos depositarios de valores que hemos heredado. Es la clásica definición del hombre como portador de valores. Cada crisis moral obliga, casi hasta la redundancia, a preguntarse si los valores desaparecen o si solo estamos ante un proceso de privatización de valores. Uno también se pregunta si en este momento gana -en términos globales- el relativismo o el fundamentalismo ¿Cómo coexisten los valores individuales en la vida pública? En general, las encuestas dicen que el sentido de los valores subsiste, pero se cree cada vez menos que sea fácil distinguir entre el bien y el mal. Con todo, esta distinción se acepta. En la cotización de valores, están en alza los que insisten en la autonomía del individuo, hasta el nuevo narcisismo. Bajan los valores que implican una sumisión a instituciones, ideas o creencias.
Hace ya años que Ralf Dahrendorf estableció la distinción entre vínculos y opciones. En su origen, los vínculos corresponden a un mundo rural, y las opciones al cambio urbano. El equilibrio entre vínculos y opciones conforma el panorama de nuestras oportunidades vitales. Caer en el exceso de vínculos, retrotrae; considerar solo las opciones, desarraiga. Andamos entre la atomización del individualismo y la cohesión de la comunidad. Por ejemplo: la afirmación del derecho de cada uno a escoger y expresar sus valores ha generado, por ejemplo, una nivelación de los valores estéticos. Es decir, más vulgaridad.
No es ajena al debate sobre los valores la distinción entre laicidad y laicismo. La laicidad del Estado no significa que las creencias y sentimientos religiosos tengan que desaparecer de la vida pública. Todo lo contrario: en el respeto a esas convicciones está la base de la convivencia en una sociedad abierta, en el entendimiento de que la libertad religiosa es en muchos sentidos la primera de las libertades. En el otro extremo tenemos la discriminación por intolerancia. El laicismo contribuye a la desvinculación. Afecta a todo el sistema de valores. Conduce el hedonismo de todo a cien, a la atomización del individualismo por contraste con el individualismo responsable y creativo. La estética es la de la gratificación inmediata. Opciones sin vínculos. Derechos sin deberes. Pérdida de noción del bien común. Ahí también pivota la cultura de la trasgresión, una curiosa herencia de los años sesenta. Acostumbra a tener una envoltura estética pero no deja de tener efectos morales, hasta la banalidad.
Mientras tanto, percibimos un retorno casi a ciegas a los valores de la familia, casi por instinto. Ya no es la familia de nuestros padres. En España ha resistido al 'shock' gravísimo del paro y resiste. Lo que se tambalea es el módulo familiar tradicional. Su desintegración total tendría dimensiones incalculables. La familia es, en último término, la gran transmisora de valores. Identidad y crecimiento mantienen claros desajustes, pero sin dar por hecho que sean para siempre incompatibles. Esos riesgos a menudo informulados generan miedo: inmigración, Islam, globalización. Generan populismos, lo que implica un mundo de contravalores.
El dilema entre comunidad estable y movilidad toma dimensiones impensadas. Frente a la creencia de que la mundialización induce al desarraigo y genera uniformidad, se dan indicios para sostener que favorece la diversidad y crea nuevas comunidades. De repente, entramos en la plena hegemonía del 'tiempo real'. Se nos ofrecen menús por personalización y a la vez vivimos la fragmentación de audiencias y también la televisión interactiva.
En el sistema de nuestros valores más elementales, confianza y miedo no suman. La confianza es una virtud esencial para la prosperidad y para una convivencia estable. Por el contrario, vivimos con miedo al vértigo, a la innovación, a la libertad. Uno busca la expansión en el ciberespacio y al mismo tiempo requiere de relaciones de vecindario. Ambas cosas son practicables a la vez. Sería el reequilibrio entre vínculos y opciones, entre horizontes y pertenencia. Emerge el 'localismo global': no es paradójico que la nueva magnitud haga sentir la necesidad de un reinventar la conversación con los vecinos, el 'chat'. Percibimos un retorno casi a ciegas a los valores de la familia, casi por instinto. Ya no es la familia de nuestros padres. En España ha resistido al 'shock' gravísimo del paro y resiste