 Recibo que atestigua el pago de diezmos de los pueblos cántabros al Cabildo en 1771. Los pagos se realizaban en especies, como corderos, alubias, trigo, vino... |
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Fondos: Contiene una parte mínima de los documentos de la antigua abadía de los Santos Mártires y los correspondientes a la Catedral de Santander desde su constitución, en el siglo XVIII.
Destrucción: Buena parte de los fondos se dispersaron en la Guerra Civil y otros se quemaron en el incendio de 1941.
Inventarios: La riqueza de los fondos desaparecidos se aprecia en los inventarios elaborados por canónigos de diversas épocas, como el de 1624 (canónigos Callirgos Mazas y Falla Pacheco), 1778 (Francisco Perejón y Francisco de La Portilla), 1784 (Francisco de Azebo) y 1926 (Santiago Camporredondo y Jerónimo de la Hoz).
Archiveros: El fondo documental ha sido conservado y organizado por los canónigos de la catedral. Su dirección ha estado vinculada a la Cancillería episcopal desde la segunda mitad del siglo XX, ocupada por José Manuel Fernández Gómez hasta 1997, año en el que fue nombrado director Jesús Cuesta Bedoya, fallecido recientemente. Desde 1994, la Dirección asignó como personal de apoyo en el Archivo Catedralicio a Marisol Vaz Fernández. |
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El Archivo Catedralicio de Santander custodia valiosos documentos que se conservan desde el siglo XIII Desde el trascendental hecho de nacer, hasta la propia muerte, pasando por los títulos académicos, aquel curso de informática, actas de una reunión de vecinos, compras y ventas, carnés, recibos, contratos, bodas y divorcios... Todos acumulamos un sinfín de documentos, únicos en el mundo, sin los cuales no hay fe de la existencia, ni del devenir de la vida, ni de nuestros méritos y fracasos. Igual que un currículum debe estar respaldado por sellos, firmas, referencias, fechas y títulos oficiales para no ser una simple fotocopia sin más aval que la buena fe, los archivos custodian auténticos tesoros de memoria en forma de papeles que dicen la única verdad.
Para estudiosos, curiosos o amantes del origen de las cosas, el Archivo de la Catedral de Santander esconde los secretos eclesiásticos que sobrevivieron a los saqueos de la Guerra Civil, a expolios posteriores y al incendio de 1941. Lo que quedó es mimado hasta el extremo en un 'coqueto' -véase pequeño y adusto- habitáculo que admite grupos de visitantes de seis en seis a lo sumo, dispuestos a ver y oler sin tocar, a presentir el tiempo en modernas microfichas y a rogar a la archivera que conceda el privilegio de hojear los libros de actas o admirar las páginas de piel de alguno de los extraordinarios cantorales que atesora la sala.
Lista de espera
La lista de espera para adentrarse en los bajos fondos de la Catedral es de tres meses. Saltarse la cola es posible en contadas ocasiones, como la celebración de una de las actividades de Extensión Universitaria llamada 'Itinerarios del documento', que dirige la profesora de Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Cantabria, Virgina Cuñat. Una decena de alumnos y profesionales, entre los que se encontraba la archivera municipal, Elena González Nicolás, participó en la iniciativa, bajo la atenta mirada de dos de las responsables de las oficinas del Cabildo de la Catedral, ese mundo misterioso a ojos de los que ignoran que, en realidad, el archivo está abierto al público desde hace 12 años.
Tras una oscura puerta se extiende el corredor que desemboca en el archivo, en el edificio sureste adjunto al claustro.
Metros antes, una oficina coordina la actividad gestora del Cabildo, que comparte recinto con el Archivo. De frente, la sala de reuniones y, en pleno distribuidor, una mesa hace las veces de mostrador en el que estudiar los documentos. Un paso más, y el visitante se adentra en una estancia cuadrada, adornada por unas renegridas cortinas. Dos únicas mesas y tres lectores de microfilms ocupan el austero espacio. Comunica esta sala con el Archivo-Biblioteca, minúsculo espacio si se tiene en cuenta la trascendencia de su misión, que se puede ver sólo de lejos, a través de una puerta cegada por una mesa de despacho que impide todo paso a persona ajena. En sus estantes reposa todo lo que quedó de los restos de los archivos de la Colegiata, junto con el Archivo Catedralicio y hasta con la biblioteca, que mezcla ejemplares de La Regenta en vulgares ediciones de bolsillo -según se pudo ver- con verdaderas joyas bibliográficas.
No hay secretos, dicen
Primer mito desmontado: «la Iglesia siempre generó documentos y éstos siempre han sido de acceso público. El título de 'secreto' viene, en realidad, de la palabra 'secretario'», explica Virginia Cuñat. No hay secretos, asegura, sólo que en su día el Vaticano estableció un grupo de personas, próximas a las autoridades eclesiásticas, para generar estos documentos, que transcribía un escribano supuestamente secreto, o 'secretario', más bien. La archivera municipal añade que «la palabra archivo viene de 'arca', vocablo indoeuropeo que significa 'secreto'».
Tras una somera explicación de lo habido y por haber, colecciones de pergaminos, convenientemente plastificados con teflón para someterse a la manipulación de los alumnos, desfilaron en la estrecha sala de consulta. Los sellos, las artísticas firmas de los notarios medievales, las cintas de seda de reyes y del Vaticano, las cubiertas de cuero, las letras de oro..., todo desentrañado y clasificado, por fechas y tipos. Para los originales, guantes de algodón, que otorgan al tocador un halo de policía científico.
Se conserva en el Archivo de la Catedral de Santander documentación desde el siglo XIII hasta 1990. Hay clasificados unos 150 pergaminos, códices diplomáticos y legajos; fondos ingresados por legados y numerosos inventarios sobre la documentación conservada. También se pueden consultar, reproducidos en microfilms, los fondos del Archivo Diocesano 'Regina Coeli', el de todas las parroquias. Es, dice Virginia Cuñat, «una muestra de la que pudo haber sido una riqueza documental impresionante», a tenor de los siglos transcurridos desde el XIII. Aún así, no duda en calificar de «valiosísimo tesoro» todo lo que allí hay, precisamente porque cada pieza es única en el mundo, original e irrepetible.
Las huellas perdidas
A pesar de la quema, los robos y saqueos que desperdigaron buena parte de los fondos, algunos de los documentos perdidos se pueden recuperar «porque todos dejan una huella en un registro, porque existen inventarios de lo que no se conserva. De ahí la importancia del archivo como institución. Aquí están los originales y también las huellas de los documentos perdidos».
Cuando finaliza la visita surge de inmediato el deseo de volver, en un afán curioso por leer los privilegios de los reyes con la Colegiata, los libros de cuentas en los que se detallan los pagos de diezmos de los pueblos al Cabildo, los gastos de los recibimientos a obispos...
Dicen que una comisión diocesana y que la propia Catedral proyectan un plan de reforma para ampliar y mejorar el espacio destinado al Archivo Catedralicio, con la finalidad de dar respuesta a la creciente demanda de acceso por parte de investigadores. Es posible que entonces las cortinas serán blancas, las vitrinas de cristal sustituirán al forro de plástico, habrá salas de lectura para evitar el pasillo y los nuevos tiempos se colarán sin remedio en los anaqueles.