El 18 de octubre del pasado año 2005 se cumplió medio siglo del fallecimiento del insigne pensador español, D. José Ortega y Gasset. En las hojas periódicas y en las tribunas florecieron las palabras de circunstancias y de evocación. Su recuerdo y su papel en la génesis de la II República merecen algo más que el ditirambo cortés o la anécdota emocionada. La perspectiva de medio siglo desde su muerte y los tres cuartos seculares desde el alumbramiento republicano, exigen más que valoraciones, exigen balances. Exigen una respuesta, una aproximación al interrogante: ¿Cuál ha sido la huella profunda de Ortega en la vida política española del primer tercio del siglo XX?
La vocación política de Ortega es temprana. Una de sus primeras conferencias es la pronunciada el 15 de octubre de 1909, 'Los problemas nacionales de la juventud', en la que lanza un duro ataque al Gobierno de Maura -caería una semana después- por la guerra de Melilla y la represión de la revolución en Barcelona; a ésta le siguió en 1910, 'La pedagogía social como programa político'. A los veintinueve años es nombrado, en unión de Manuel Azaña, vocal de la Junta Nacional del Partido Reformista, fundado el 26 de enero de 1912 por Melquíades Álvarez, asesinado por los marxistas en 1936, y el republicano histórico Gumersindo de Azcárate. El 13 de marzo de 1914 pronuncia su conferencia 'Vieja y nueva política' para presentar la Liga de Educación Política Española, cuya lista encabeza también Azaña. En enero de 1915 funda la revista 'Europa' como órgano intelectual del reformismo. Su politización culmina en la fundación de la Agrupación al Servicio de la República el 11 de febrero de 1931, bajo cuyo signo obtuvo un acta de diputado a las Cortes constituyentes.
El mayor logro de Ortega con dimensión histórica fue el derrocamiento de la Monarquía, y no fue una improvisación, sino una larga marcha. Ortega no era antimonárquico por principio sino por motivos circunstanciales y, a veces, tan encarnizados que parecen viscerales. Ya cuando en 1914 funda la Liga se declara indiferente ante la disyuntiva monarquía o república, lo que, a la sazón, equivalía a un cierto criptorrepublicanismo: «Ninguna institución histórica es para nosotros rigurosamente consustancial con el liberalismo. Decide de su valor su eficiencia. Y aquella forma de gobierno será a nuestro juicio, óptima, la que hiciera posibles estas dos cosas: democracia y España». A partir de este momento, el antimonarquismo orteguiano no cesa de crecer.
El 15 de diciembre de 1917, en un artículo necrológico sobre Azcárate, símbolo de la fidelidad republicana, Ortega expresa su solidaridad con los que destronaron a Isabel II: «sentíamos más afinidad con los hombres de 1869 que con los restauradores». El 13 de junio había publicado el artículo 'Bajo el arco en ruina', en el que apuntaba directamente a la Corona: «sería frívolo eludir el reconocimiento de que la clave española se ha estremecido y el arco periclita». Seis meses después, el 21 de enero de 1918, reitera: «seguimos bajo el arco en ruina», y el 15 de febrero siguiente declara su extrañeza ante «la perduración de instituciones públicas reconocidamente ineficaces». Poco después remacha: «Si alguna vez se ha postulado un cambio de régimen público por necesidad que no por capricho, es ahora». Dos meses más tarde profetiza que los partidos «dejarán la pradera sin una flor de lis».
Las condenas se radicalizan: «la monarquía ha usado con todos los hombres, uno tras otro el mismo trato..., su desdén»; «los instrumentos de gobernación con que la Corona contaba se han ido inutilizando». Y con ocasión de la Real Orden de 13 de junio de 1920 que favorecía al diario monárquico por excelencia -ABC- Ortega alude agresivamente a la 'hilaridad' que le produce el director, y al propio Rey porque «rayos de ese calibre sólo se inculcan desde lo más alto..., la palatinidad». El 7 de octubre de 1920 califica la disolución de las Cortes por Alfonso XIII de «arbitraria, autocrática y zarista» y lo compara con la «reaparición de un personaje muerto hace dos siglos», o sea, con un modelo de absolutismo. En 1922, entre tímidas explicaciones, acusa a la Corona de haber ido «descoyuntando el organismo parlamentario». Y en 1925 reitera: «las instituciones tradicionales han perdido vigencia y no suscitan respeto».
En un editorial que es un manifiesto, el diario 'El Sol' reproduce la antigua tesis de Ortega: «no consideramos consustanciales la Monarquía y España, ni damos, por consiguiente, importancia básica a la forma de gobierno». La radical y definitiva proscripción orteguiana de la realeza -Censeo delendam esse Monarchiam- data de un artículo del 11 de noviembre de 1930 y fue literalmente reiterada en una carta a 'El Sol' cuatro días después. El enfrentamiento total se produce el 15 de noviembre con el artículo famoso, 'El error Berenguer', rematado por una versión más simple de la sentencia latina: Delenda est Monarchia. Y en el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República, Ortega escribe: «es urgentísimo organizar esa presión haciendo que sobre el capricho monárquico pese con suma energía la voluntad republicana de nuestro pueblo».
Proclamada la II República, Ortega, después de acuñar un lapidario elogio del liquidador de dos terceras partes del Ejército -«esta hazaña es la de Azaña»- inició un camino de reservas que pronto se convirtieron en críticas, que culminaron en la famosa frase «¿No es esto!» y en la disolución de la Agrupación y que, finalmente, desembocaron en la retirada de la política activa; pero en modo alguno fue un acto de arrepentimiento. Se mantuvo el antimonarquismo: «La monarquía de Sagunto había vivido de especular con los vicios nacionales»; «la monarquía era una sociedad de seguros mutuos..., el monarca era el gerente». Y mantuvo el pleno apoyo al nuevo régimen: respaldó como «inexcusable» la Ley de Defensa de la República que permitió cercenar tantas libertades, escribió el artículo de despedida '¿Viva la República!' y llegó a esta postrera declaración absoluta: «La República es el destino..., el único».
Es Ortega quien inspira el Partido Reformista que era criptorrepublicano, quien instila republicanismo en el diario 'El Sol' y quien, como cuenta Baroja en sus memorias, va visitando a los escritores prestigiosos para incorporarlos a la Agrupación al Servicio de la República, creada por él, y es de Ortega el santo y seña del asalto a la Corona, el Delenda est Monarchia.
Como escribe Azorín en junio de 1931, Ortega «ha influido más en el advenimiento del nuevo régimen que estos hombres que se atribuyen la misma obra». En definitiva, Ortega fue el gran mayeuta de la II República, período de extraordinaria envergadura histórica por sí mismo y por sus resonancias aún vibrantes.