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Miércoles, 26 de abril de 2006
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OPINIÓN
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Sahara: La ONU se rinde
El pasado sábado, día 22, las asociaciones solidarias con la causa del pueblo saharaui convocaron en todas las ciudades españolas manifestaciones dirigidas por la exigencia de la celebración del referéndum de autodeterminación por el que los saharauis puedan ejercer su derecho a decidir su futuro. Acabo de ver las fotos de la manifestación de Santander. Desconozco el número de participantes, tanto en esta manifestación como en las demás. Ese mismo día tuve la oportunidad y la suerte, con motivo de mi estancia en Ecuador, de compartir, durante más de tres horas, mi pensar y mi sentir acerca de ese pueblo con el que me une una amistad que data de 36 años atrás, pero que no son otros que los que movieron a los manifestantes. La ocasión la propició la comunidad que compone el claustro trapense de la ciudad ecuatoriana de Esmeraldas, fundación del Monasterio cisterciense de Tulebras (Navarra). En una de sus salas se celebró el encuentro con la situación, y sus causas, del pueblo saharaui en los campos de refugiados en Tinduf, como único centro de atención. A las 25 monjas que componen el claustro se sumaron casi otras tantas personas, que fueron invitadas al efecto. Ecuador es uno de los 82 países que reconocen la RASD, si bien hace cuatro años se planteó -¿o le plantearon?- la conveniencia de retirar su apoyo.

El apoyo de los países que reconocen la legitimidad de la RASD no pasa de ser moral. No pretendo que eso sea poca cosa. Lo que sí digo es que con sólo ese aval no se consigue el objetivo de librar al pueblo saharaui de su condición de pueblo refugiado de la única manera posible, que no es otra que de acuerdo con la legalidad y la justicia, es decir, con el regreso a la tierra que le fue arrebatada, mediante reiteradas traiciones por parte de España, así como mediante ensañamiento violento por parte de Marruecos. En buena lógica de la perversión, ni España ni Marruecos reconocen la RASD. Tampoco otros países occidentales que, bajo el cobardemente eludido liderazgo español, podrían, y deberían, auspiciar con carácter de urgencia la celebración del referéndum de autodeterminación, que ya hace treinta años fue mandato de las Naciones Unidas como única vía ajustada a la legalidad, y así cerrar un proceso de descolonización que un gobierno español dio por concluido dejándolo abierto, y como espectador, si no complacido, sí complaciente de una guerra que durante quince años enfrentó al pueblo saharaui contra Marruecos.

Unas horas antes del encuentro en el monasterio recibí la noticia de que la ONU, en palabras de su Secretario General, Kofi Annan, se rinde ante «la imposibilidad de diseñar un nuevo plan para determinar el futuro del Sahara», tras el fracaso del 'plan Baker', que contemplaba la celebración de un referéndum de autodeterminación, después de un periodo de autonomía saharaui tutelada por Marruecos, y que fue rechazado por el rey alauita. La razón que esgrime Kofi Annan es que «un nuevo plan estaría condenado al fracaso porque Marruecos lo rechazaría de nuevo, a no ser que no contenga la opción de un referéndum que contemple la independencia (del Sahara Occidental)». Así que, indignidad y cinismo, «la ONU no puede respaldar un plan que excluya un referéndum legítimo», lo que no impide que el Secretario General de la ONU reclame «la autodeterminación del pueblo saharaui», pero no con mucha más autoridad que la que me asiste a mí reclamándola desde estas líneas.

Las Naciones Unidas (¿), pues, se rinden. Dicho de otro modo, que Marruecos pueda hacer fracasar cualquier plan, que la ONU proponga, no es sino una cuenta más en el rosario de fracasos que rezan en el debe de la ONU desde su nacimiento, tras el cual abundan los abortos, tal que si hubiera nacido bajo el influjo de alguna maldición. Puestos a quedar mal, podría haberlo dejado en eso, en una declaración de impotencia. También Kofi Annan podría haber salvado la cara de la organización que supuestamente comanda pidiendo su disolución, la de la ONU, digo. Pero ha optado por dejarla, no en malo, sino el peor lugar, al proponer que «se pongan de acuerdo las partes», o sea, Marruecos y el pueblo saharaui. Tal se diría que, aprovechando la reciente visita, se lo haya soplado al oído el presidente Rodríguez Zapatero, que eso, y así mismo, es lo que dijo al comienzo de su mandato como ejercicio de responsabilidad -poco músculo político puede dar de sí tal ejercicio- al referirse a la 'cuestión saharaui'. La ONU, dice Annan, no puede obligar al pueblo saharaui a «reconocer la soberanía de Marruecos» con vistas a un plan de autonomía, y tampoco puede instar a España y Marruecos a respetar la legalidad durante treinta años conculcada. La ONU quiere conciliar lo irreconciliable, proponer a otros lo imposible cuando ella no se muestra habilitado para lograr lo probable. Rendición de forma vergonzante.

Pero, eso sí, a Kofi Annan le preocupan «las violaciones de los derechos humanos en el Sahara Occidental por parte de Marruecos». La preocupación es un gasto de energías que nunca conduce a resultado alguno. La ocupación ya es otra cosa, ¿cómo se va a ocupar el Secretario General de la ONU? Pues sí, enviando una delegación del Alto Comisionado de los Derechos Humanos de Ginebra para que «evalúe la situación». ¿Evaluar, qué? ¿Es que yo sé a diario cómo se las gasta la policía marroquí con los ciudadanos saharauis que simplemente se manifiestan en las calles de sus ciudades invadidas por Marruecos, y el Secretario General de la ONU no lo sabe? ¿Es que yo he visto y tengo fotos de los amontonados prisioneros saharauis en la cárcel negra de El Aaiún, y el Secretario General de la ONU ni las ha visto ni las tiene? ¿O es que se trata de que, de vez en cuando, un enviado aparente que se gana el sueldo?

¿Y la Minurso, Misión de la Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara Occidental? Esta Misión fue enviada a la zona tras el alto el fuego, en 1991, con el doble mandato de velar por el cumplimiento de las condiciones establecidas para la tregua, así como de propiciar la elaboración de un censo que llevara a la celebración del referéndum de autodeterminación. El fracaso del segundo objetivo, tras años de intentar completar el censo, empeño sistemáticamente impedido por Marruecos, acaba de suponer la rendición de la ONU. ¿Y respecto del primero de los objetivos de la Misión? ¿El muro de 2.500 km que levantó Marruecos, tras el cual se persigue, encarcela, tortura y mata a ciudadanos saharauis, a más de ser un atentado contra los derechos humanos, no supone una violación de los acuerdos de todo alto el fuego? ¿Es que la Minurso ni siquiera sirve para evaluar y hay que enviar a un propio desde Ginebra? No es de extrañar que el Presidente de la RASD, Mohamed Abdelaziz, haya pedido la retirada de la Minurso de los territorios liberados del Sahara Occidental.

¿Y ahora, qué? Declarada la derrota, por rendición, de la ONU, que en definitiva reconoce el poder tiránico del rey de Marruecos, ¿qué puede hacer el Frente Polisario, representante legítimo del pueblo saharaui? En el prólogo al libro 'Atrapados en Tinduf', de Eduardo Jordán, escribí que la voz de los saharauis clamaba «desde» el desierto, y me preguntaba qué opciones les quedaban si esa voz no era escuchada, ¿la sumisión?, ¿la guerra? Ahora, incluso, gana probabilidades la posibilidad de otros tipos de acciones no tan definidas como las dos interrogadas, y que excluyen la primera, a la vez que dan a la segunda otra forma, y póngales nombre ustedes mismos. Lo cierto es, en cualquier caso, que desde el pasado día 22, rendida la ONU, y mientras la voz de miles de españoles exigía en las calles la celebración del referéndum de autodeterminación, la voz del pueblo saharaui ya clama «en» el desierto. Y me temo que los rezos, prometidos, de las monjas del claustro de Esmeraldas no vayan a ser suficiente.



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