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Viernes, 28 de abril de 2006
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OPINIÓN
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Pedro Luis Ferrer
Empapado de trova y de changüí, con aire de peregrino jacobeo, anda Pedro Luis Ferrer por España. Quien fuera, con Pablo Milanés, Silvio Rodríguez y Noel Nicola un símbolo con timbre campesino de la Nueva Trova, ha sido condenado en Cuba a sufrir una conspiración de silencio. Así, hace años ya que en su isla no puede cantar en la radio y la televisión y está confinado a pequeñas salas de teatros. No puede grabar sus creaciones. Padece la suerte reservada al infractor: convertido en cantautor-anomalía, se le ha barrido a los márgenes de lo que puede y debe ser escuchado.

Su trabajo le ha acarreado el odio oficial. Cuanto más clara sonó su voz, más disonante resultó a los oídos de los que salmodian en el coro oficial.

Pedro Luis Ferrer vive y crea fuera de la cúpula protectora de las instituciones. Al rehusar ponerse la camiseta con la marca de uno o varios patrocinadores, ha llegado a España a la intemperie, pero con una fe indomable en el itinerario de su senda creadora, viva en los brotes y ramas del changüí guantanamero, primo segundo y cuñado del son oriental. Su rigor artístico exige un condigno rigor moral, y merece ser escuchado.

Fuera de las luces mediáticas desde hace ya años, oírle nos recrea lo mejor de lo que fue el movimiento de la nueva trova cubana. Heredero de la genuina tradición trovadoresca, su guitarra, su tres y su voz fuerte y clara fecundan el son montuno, el punto guajiro y la guaracha. Tuvo que salir de su tierra no sólo a cantar libremente, sino a permitirse el lujo de callar en libertad.

Pedro Luis Ferrer es uno más de esos cubanos valiosos, de talento y carácter, que la revolución ha silenciado de un modo implacable. Es un proscrito, sus discos no se reeditan, pero muchos de los que por allá han cumplido los cuarenta se saben de memoria 'La vaquita Pijirigua', 'Mariposa' y 'Carapacho p'a la jicotea'. Oyéndole, el tiempo vuelve y retorna la memoria de aquel intento colectivo que murió de parcialidad y hemiplejía.

La ventana que abren sus canciones permite ver un horizonte que hace volver al origen. El sol de Yaguajay reaparece, una brisa se cuela en la hamaca, se mece el tiempo favorable y brilla entre sus letras lo que entonces se vivió. A Pedro Luis se le oye el corazón cuando dice «... mi padre fue comunista, yo, no tanto como él ...». Ha adquirido ya el saber de la pena, moldeándola en forma de conciencia independiente, política en un sentido tan clásico que por fuerza tiene que llamarse cívico. Es parte de un tejido construido tanto de sueños y pérdidas cuanto de esperanzas. Sus letras reflejan un intercambio fluido de esos sentimientos.

Espero que nuestros responsables culturales aúnen acierto y sensibilidad, y tengamos ocasión de escucharle pronto en Santander. Sea por el triunfo sobre la reiteración de lo consabido y sobre la tan frecuente recompensa oficial.



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