Los caballos pacen en las marismas de Alday, entre los bloques se intuye el silbido de John Wayne, el viento arrastra papeles de embalajes, los columpios solitarios se balancean al son de 'In the river', tras las ventanas no hay nadie... En algunos balcones ya hay ropa tendida, pero la mayoría de los restantes esperan. Es la 'conquista del oeste' de Santander, allá donde las autoridades favorecieron los asentamientos y, como hace dos siglos en Estados Unidos miles de hombres blancos se apropiaron de terrenos, cientos de santanderinos consiguieron un piso en Nueva Montaña.
El reparto fue hace más de un mes; por sorteo, como la lotería. Abrazos y escenas de emoción se vivieron el día de la entrega de las llaves de los 472 pisos de protección oficial construidos por el Gobierno. Pero pocos tienen prisa por entrar en sus nuevas casas. Aún no hay luz en la escalera, no funcionan los ascensores, ni los garajes, ni han llegado las cocinas a casi ningún hogar. Como los que en las películas del oeste corrían en sus diligencias para tomar la mejor parcela aún durmiendo al ras, algunos en Nueva Montaña entraron raudos en sus pisos, viviendo incluso a oscuras unos días para ahorrarse el alquiler de donde procedían. Son los pioneros de Nueva Montaña; una zona que pronto tomará forma de ciudad por su proximidad al área residencial del denominado Sector Cuarto (Primero de Mayo).
Y se hizo la ciudad
El Ayuntamiento de Santander, tomando como referencia las actuaciones urbanísticas en marcha, calcula que en las viviendas de protección oficial de Nueva Montaña vivirán unas 1.400 personas (tres por piso, más o menos). A éstos habría que sumar unos 1.500 vecinos más en la zona norte de El Corte Inglés, donde se están construyendo varios edificios, y 1.200 más al oeste. La población del Cuarto Sector ronda las 6.500 y 8.500 personas, con lo que ya se puede decir que «nace con fuerza un nuevo barrio en Santander. Nueva Montaña-Primero de Mayo será muy importante dentro de la ciudad», declaró el concejal de Fomento, Víctor Gil.
Sacar adelante el proyecto de Nueva Montaña supuso una inversión global de 42,5 millones de euros y salvar una serie de obstáculos, como la contaminación del terreno, denuncias de particulares e incluso la demolición de una iglesia. Cinco años después, 472 familias poblarán la zona a precio módico. Los que les haya tocado piso grande (76,30 metros cuadrados y tres dormitorios) pagarán 60.000 euros; y los pequeños (58,70 metros), 56.500 euros, todos con su garaje y su trastero.
Los primeros pobladores
Como un sheriff, merodea por la urbanización el encargado de la empresa contratada para limpiar los 23 portales de los 6 bloques, Daniel Casanova. Dietario bajo el brazo, explica que tal y como están las cosas «limpias hoy y mañana se ensucia, con tanto trasiego de mudanzas y cajas». «El peor día» es el sábado por la tarde, momento escogido por los que trabajan para acondicionar sus hogares.
Mientras uno de sus operarios limpia unos cristales, al fondo una mujer se apea de un coche. ¿Será un habitante? Es Lourdes Colina, que vive en Alicante y va a regar las plantas del piso que le ha tocado a su madre. Este es uno de los casos más veloces: «Se instaló enseguida para no seguir pagando el alquiler de donde vivía con mi hermana», una opción no exenta de peligros: «Me faltó un pelo para llorar; compraron todo en Ikea y lo tuvimos que subir 'a huevo' hasta el tercero».
Como en las mejores películas, Colina observa un trasfondo en la trama que podría explicar el retraso en la entrega: «Esto estaba terminado hacía meses, pero había un problema con el jardín que se comparte con el bloque de al lado, que no es de protección oficial. Tenía que tener unos metros de zona verde para conseguir la habitabilidad. La tardanza con sus permisos retrasó la entrega de nuestros pisos». Ahora que ya todo se aclaró, siguen sin resolver otros misterios: «¿Por qué no nos dan las llaves para entrar al garaje?».
Miguel García es de los cautos. Aunque confía en entrar a vivir en su flamante piso de tres dormitorios en junio, no desespera. Por el momento, pinta y amuebla con calma, para dejar a su gusto un hogar en el que vivirá con su mujer y con su hija. La mayor ventaja: «el precio, el mío poco más de 60.000 euros» y lo peor de todo: «la larga espera, estábamos en la lista desde el año 2000». Comenta la suerte que han tenido si se comparan con los que han comprado un piso en el bloque de promoción libre con el que comparten jardín: «Viven aquí y pagaron más del triple por un piso similar; en una inmobiliaria los vendían a 35 millones de pesetas».
En cada primero 'A' vive el presidente de la comunidad de vecinos de su correspondiente bloque. Pero en Nueva Montaña, por el momento, impera cierta anarquía, ya que ninguno de ellos ha hecho todavía la mudanza. Se percibe, eso sí, la labor de los gobernantes, como en el cartel pegado a una puerta en el que se advierte: 'Ojo, no cierren la puerta. No se puede abrir desde dentro, se quedarán encerrados...'.
Un niño llora en un portal. Dice que su madre no ha llegado todavía de trabajar y que se aburre. Aún no hay muchos chicos de su edad para jugar. Se sienta en un columpio y dice que está deseando que el barrio se llene de gente.
Al fondo, como lanzas, se otean dos escobas en pie de guerra, flanqueadas por sendas mujeres que están esperando un taxi. Son Luisa María Martínez y María López, trabajadoras de una empresa de limpieza contratada por los propietarios de cuatro pisos para dejarlos en condiciones antes de su traslado. «Llevamos aquí tres días, y lo que haga falta. Lo que importa es tener trabajo, cuanto más mejor», apunta una. La otra comenta la tardanza del taxi: «Hace media hora que le hemos llamado y aquí no viene». Su compañera explica que en el bloque donde trabajan «solo hay un piso donde ya vivan; el resto, vacíos».
Por uno de los flancos asoma Berto Calvo, que coincide con sus vecinos en las quejas sobre la falta de luz en la escalera y añade que los pisos deberían venir con cocina. Su casa está todavía a medio poner. En el salón, ve la tele en un solitario butacón, apoya el cenicero en una silla, varios juguetes desvelan la presencia de niños... Como un pincel tienen su hogar Manuel Zapata y María del Carmen Sumillera. «Estamos muy contentos, ya lo creo», dicen. A los tres días ya estaban dentro, aunque sobreviven con un hornillo hasta que les llegue la cocina. Quien sí la tiene ya es Zahia Chafi, que está preparando un potaje de verduras típico de su Argelia natal. Su casa huele a especias y a hospitalidad, y celebra que la mayoría de sus vecinos sean matrimonios jóvenes, a los que espera con ansia. «Lo único que echo en falta es más compañía, ahora estamos un poco solos, a ver cuándo vienen los vecinos».
Tres meses de plazo
En tres meses, por ley, todos deberán establecerse en Nueva Montaña. Los hay que han decidido agotar el plazo para poner suelos de madera, armarios empotrados, cocinas de diseño y cuantas comodidades crean necesarias. Una de ellas es María García, que dedica sus días libres a embellecer su futuro hogar. Siente «cierta pereza» por empezar de cero en un barrio aún dormido, donde la única conexión con el centro es un autobús que, como aquellas diligencias, va a Correos cada media hora.
Falta adivinar quién es el bueno, el feo y el malo en esta película.