Muchos vecinos de Matamorosa y otros pueblos del municipio de Campoo de Enmedio aún recuerdan aquella furgoneta blanca que vendía un aceite que anunciaban barato y muy bueno... y aceitunas en bidones de plástico. Y también recuerdan cómo sus vecinos casi les reñían por no comprarlo «con lo barato y bueno que está»...
Veinticinco años después la pesadilla sigue viva, tan viva que todos los afectados consultados por este periódico se han negado prácticamente a hablar y a ser fotografiados. Quieren olvidar lo que pasó, el síndrome tóxico que padecieron y aún padecen por el envenenamiento por aceite de colza desnaturalizado.
En Matamorosa unas veintidós personas (algunos niños) fueron las afectadas por el síndrome. Al menos tres han muerto, pero no está confirmado que la causa última de su fallecimiento fuera el aceite de colza. Entre los pueblos de Matamorosa, Cañeda, Nestares, Pesquera y Reinosa, el número de afectados total podría llegar a los setenta.
La mayoría de las personas cobraron una indemnización dieciocho años más tarde, y todos aquellos que han accedido a hablar -en su totalidad sin ser citados- agradecen el esfuerzo del Gobierno de Aznar. «Antes habían pasado otros presidentes y otros partidos por el gobierno. Todos prometieron pero ninguno soltó un duro, solamente promesas que no cumplieron», se lamenta uno de ellos.
Hay afectados que no quedaron conformes con esa indemnización y volvieron a reclamar. Las reuniones durante tantos años se realizaban en Valladolid y sobre todo en el Ayuntamiento de Orcasitas (Madrid). «Aún recuerdo cómo lo acordado en aquellas reuniones se trasladaba al Gobierno de turno», asegura otro afectado que sostiene que «menos con Felipe González, nos hemos reunido con todos los presidentes, y muchos ministros, desde Adolfo Suárez».
Olvidados
Ahora, algunos enfermos se han enfrentado a un desafío aún mayor: la ignorancia de los jóvenes. «Yo he sufrido ese problema», asegura uno de los afectados de Matamorosa; «he tenido que escuchar cómo un médico joven, tras relatarle mis males y recordarle que era afectado por el aceite de colza me preguntaba con asombro: ¿Y eso qué es?».
Después de ser víctimas de unos desalmados, padecer graves secuelas y ser factor de alto de riesgo para algunas enfermedades, los afectados se lamentan de que la Administración no haya subvencionado estudios para conocer el alcance de esta enfermedad y su desarrollo con los años, y tampoco haya informado a los jóvenes estudiantes de Medicina que hace veinticinco años se vendió un aceite industrial para consumo humano y de tal práctica asesina se deriva esta enfermedad.
También reclaman que hay afectados con graves secuelas que aunque cobraron la indemnización no tienen ni un salario mínimo para poder subsistir.
Otros afectados recuerdan sus quejas eternas: «Cobramos una indemnización y algunos todavía creen que salimos ganando. Nada hay que pueda pagar la angustia de no saber lo que te va a pasar el mes que viene, el dolor constante y sin freno que hemos sufrido y el abandono de tantos años. Ahora muchos estamos incapacitados para el trabajo y sin derecho a una jubilación. ¿Qué más quisiéramos que poder trabajar, pero muchos no podemos ni levantar una mano!».