LO S hay 'sin papeles' y los hay 'sin techo', y ahora, además, los hay sin tele. Los 'sin tele', al contrario que sus homólogos de preposición, no son forzosos, sino voluntarios. Y entre ellos, a su vez, los hay de dos clases: los permanentes, que no tienen tele ni quieren tenerla -una estrechísima minoría-, y los temporales, que son los que, una vez al año, ayunan de pantalla en gesto testimonial. Ayer, 10 de mayo, era el 'día sin tele' de la Federación Ibérica de Asociaciones de Telespectadores y Radioyentes (FIATYR), entidad que propone esta jornada de abstinencia bajo un aliento reivindicativo: televisión de servicio público independiente de todo poder partidista y mediático, protección efectiva del horario para menores, fomento de las producciones europeas y españolas, lucha contra la telebasura, poner fin a la contraprogramación, mejora de la oferta cinematográfica, menor presión publicitaria... Es curioso, porque esta plataforma reivindicativa, que a algunos podrá parecerles desmedida y radical, en realidad es compartida por casi todos los agentes.
Se han firmado acuerdos y códigos para acotar la telebasura, defender el horario protegido, eliminar la contraprogramación y limitar la publicidad; hay leyes orientadas a fomentar la producción española y europea y hay proyectos para perfilar de manera más nítida la independencia de los canales públicos de televisión. Sin embargo, algo pasa en el mundo de la tele para que todas estas cosas, que supuestamente generan unanimidad, parezcan excesivas y ultramontanas cuando se ponen todas juntas y una detrás de otra. Eso que pasa es que, en realidad, la gente de la tele no se toma en serio las obligaciones éticas de la televisión.
Quienes controlan los canales públicos -otra cosa son los profesionales que ahí trabajan- no tienen la menor intención de eliminar la dependencia gubernamental. Quienes fabrican las parrillas no tienen la menor intención de renunciar a la contraprogramación, ese arma secreta de la competencia. Quienes contratan productos no tienen la menor intención de desterrar la telebasura, tan rentable en ciertos horarios. Y así sucesivamente. En otro campo, semejante actitud soliviantaría los ánimos. En la tele, no. Porque la tele no es algo que la gente -usted, yo- tome como parte de su vida pública, sino que la vemos como un entretenimiento privado, como un elemento de ocio.
No hay una 'conciencia social' en torno a la televisión. Por eso, los días 'sin tele', como éste de la FIATYR ayer, están condenados a ser simples ejercicios testimoniales de una minoría sin capacidad de acción sobre la mayoría. Eso sí: sirven para recordarnos que algo funciona mal en nuestra tele. Quizás eso sea bastante.