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Sábado, 13 de mayo de 2006
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OPINIÓN
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Nos acariciamos poco
Por favor, ¿dadme más abrazos, más besos, más caricias! Es un grito que, en silencio, hace mucha gente. Sí, la mayoría de las personas queremos, necesitamos, que nos acaricien más.

Hace unos días pregunté a un grupo de estudiantes universitarios sobre las caricias que reciben de las personas de su entorno (padres, hermanos, amigos y amigas, pareja), sobre las que ellos dan y, por último, si les gustaría recibir más abrazos. Algunas de sus respuestas fueron:

- «Cuando recibo caricias de mi madre me siento realmente bien. Entre las amigas nos damos muchas caricias; saber que me quieren tanto me hace sentir verdaderamente a gusto. De mi hermano necesitaría muchas más, ya que no recibo ninguna. Para mí, las caricias son un signo de aprecio y de amor a las personas que te rodean» (mujer).

- «Necesitaría algunas caricias más. Soy bastante sensible y siempre necesito gestos de afecto, sobre todo cuando me siento deprimida» (mujer).

- «Me gustaría recibir algunas caricias más; creo que son gratificantes. Es bueno para cualquier relación manifestar con caricias, con abrazos, el afecto que se tienen las personas, sin necesidad de que sea un día especial o que haya que agradecer algo concreto» (varón).

- «Como yo soy afectuosa, noto que la gente de mi entorno se siente proclive a darme caricias; como yo las doy, saben que conmigo pueden mostrar una actitud cariñosa. Pienso que las relaciones serían mejores si hubiese más caricias» (mujer).

- "El efecto de una caricia o un beso es muy beneficioso y estimulante. Tengo la sensación de que la gente menos cariñosa, o que asegura que no le gustan esas muestras de aprecio, es quien más lo ansía y necesita, aunque no sepa cómo pedirlas y cómo darlas" (mujer).

- «Mi padre no suele manifestar sus muestras de afecto con caricias, creo que se debe a su carácter tímido y al tipo de educación que recibió, pero sé que siempre está ahí cuando le necesito» (mujer).

Lo que muestran estas contestaciones (que, obviamente, no pretenden ser «estadísticamente representativas») es claro: 1º Mucha gente echa de menos recibir más caricias. 2º Cuando recibimos y damos un abrazo nos sentimos mejor. Sentirnos queridos nos proporciona una gran satisfacción, también nos da seguridad; además, las caricias nos reconfortan. 3º Las caricias sirven para estrechar las relaciones. 4º Las mujeres acarician más que los hombres; estos, sobre todo por la educación recibida, son menos generosos con los abrazos.

Vayamos de lo particular a lo general. Nuestra piel es el nexo con el mundo y con los otros. Con la piel «sentimos» el mundo. Nada más nacer la madre abraza al hijo, y ese abrazo le salva. Frente al frío exterior le proporciona: calor, seguridad, amor. El niño necesita las caricias para crecer, para desarrollarse emocionalmente, para llegar a ser un adulto equilibrado y saber relacionarse con los otros. Además, tocando lo que le rodea aprende cómo es su entorno. El niño investiga el mundo con la mano y con la boca: todo lo toca, todo lo come. Hay un momento en que el adolescente rechaza las caricias de sus padres; se vuelve arisco, así manifiesta que ya no necesita su protección, que quiere ser autónomo, que quiere romper el vínculo. Más adelante, superada esta etapa, entenderá los abrazos de otra forma: los verá como una demostración de afecto, como un gesto de ternura, de amor, de apoyo, de agradecimiento, de solidaridad, de unión, y también como una parte fundamental en la relación sexual. En las primeras pandillas de adolescentes es frecuente que los amigos caminen abrazados (las niñas cogidas de la cintura o de la mano, los niños cogidos por los hombros); revelan así, además del gran valor que para ellos tiene la amistad, que todavía son muy inseguros, que necesitan el apoyo del otro. Cuando nos convertimos en adultos, durante toda nuestra existencia, necesitamos ser acariciados y acariciar (y especialmente necesitan ese refuerzo básico las personas que sufren y un grupo muy vulnerable: los ancianos que viven solos).

Con una caricia, con un abrazo, con un beso, comunicamos una gran diversidad de sentimientos. El abrazo nos da seguridad. Cuando estamos intranquilos, cuando tenemos miedo, tendemos a abrazarnos a una persona querida, buscamos su protección (y si estamos solos nos abrazamos a nosotros mismos (incluso nos ponemos en posición fetal). Para expresar el pésame damos un abrazo -y sobran las palabras- a nuestros seres queridos. El conocido nos da una palmada en la espalda para trasmitirnos ánimo cuando le contamos un problema que nos ha afectado especialmente, y el médico estrecha la mano de forma intensa para proporcionar calor humano cuando da una mala noticia sobre nuestra salud. Por otra parte, los seguidores de un equipo, aunque no se conozcan, se abrazan, para manifestar y compartir la alegría por el triunfo.

Muchas veces, con la piel, con el contacto, descubrimos el grado de afinidad que tenemos con la otra persona. En ocasiones, estrechando una mano o dando un beso descubrimos con gran claridad si conectamos o no con esa otra piel, con esa persona.

El sexo sin caricias, la simple genitalidad, es muy poco humana. El impulso biológico, es muy importante, pero lo específicamente humano, el cambio cualitativo, la aportación cultural, es la incorporación de los sentimientos y el 'arte' de las caricias. Sí, el erotismo es una de las grandes construcciones culturales, y la caricia es fundamental en este terreno.

La investigación psicosocial (L. K. Frank y A. Montagu, entre otros) y la etológica (D. Morris) han prestado mucha atención al estudio de las caricias. Así, D. Morris ha llegado a diferenciar 457 formas de contacto físico entre los humanos. Esas señales muestran el tipo de relación que existe entre dos personas. Como experimentamos todos los días, el tipo de contacto con los otros varía de forma muy importante según el de vínculo que mantenemos con cada persona y, claro, también según la situación social y anímica. R. Heslin distingue entre 5 tipos de contacto: 'Funcional-profesiona'" (por ejemplo entre un médico y un paciente), 'Social-cortés' (cuando damos la mano a una persona que acabamos de conocer), 'Amistad' (cuando expresamos afecto), 'Amor-intimidad' y, por último, el contacto cuyo objetivo es buscar la excitación y la unión sexual. Diversas investigaciones también han constatado algo que todos podemos confirmar: que las zonas del cuerpo implicadas en el contacto corporal varían según la edad y el sexo de las personas que se relacionan; es decir, por ejemplo, las madres y los padres tocan a sus hijos e hijas de forma distinta y, así mismo, entre los amigos de uno y otro sexo nos tocamos de manera diferente. Otros trabajos han evidenciado que la cultura influye de forma muy poderosa en el contacto interpersonal: los latinos nos tocamos mucho más que los norteamericanos y que los japoneses. También podemos comprobar que los estatus de las personas que entran en relación condicionan el contacto: se admite el contacto del superior al de menos estatus, pero no al contrario. Otro dato: M. L. Knapp cita un experimento muy revelador: unos investigadores hicieron que los empleados de una biblioteca tocaran (de forma 'accidental') a los estudiantes que se acercaban a pedir un libro; más tarde hicieron una encuesta entre los alumnos y se comprobó que aquellos que había sido tocados evaluaron de forma más positiva a los empleados y al servicio; la conclusión es clara agradecemos el contacto humano.

El mejor regalo es un abrazo. La mejor muestra de afecto es un beso. Con una caricia expresamos mil sentimientos. El mejor apoyo es el hombro del otro. Si en esto estamos de acuerdo, ¿por qué nos acariciamos tan poco? La educación que recibimos, la socialización, es la gran culpable. Y perdemos todos, especialmente los hombres que somos quienes hemos sido más reprimidos en esta expresión de nuestras necesidades. Durante mucho tiempo los poderes civil y religioso han reprimido el cuerpo, y con él los abrazos. Cuando el nacional-catolicismo dominaba la sociedad española, todo lo que significara tocar al otro, y también acariciar el propio cuerpo, era visto como algo 'peligroso': aparecía la sospecha del pecado, de la falta contra la moral y las buenas costumbres (reprimiendo los sentimientos y los deseos con ellos asociados, reprimiendo el cuerpo, se logra que el individuo sea más dócil, explica, entre otros, W. Reich). Se admitían las caricias de madre a hijo y poco más. Entre dos hombres el abrazo tenía que ser poco prolongado y rudo, que no diera lugar a malas interpretaciones. Además, a los niños varones se les debía acariciar 'lo justo', tenían que aprender a ser fuertes e interiorizar que los hombres no lloran. Las caricias, los gestos tiernos, eran cosas de mujeres, y tampoco ellas podían excederse. Afortunadamente, la situación ha cambiado mucho: ahora ya nos dejan abrazarnos y besarnos en público, pero la educación recibida sigue 'pesando'. En la actualidad damos un gran culto al cuerpo, pero, como se ha dicho, hoy en día los individuos estamos 'descorporeizados'; además, como también se ha subrayado, tenemos "hambre de piel". La contradicción es clara: mostramos nuestro cuerpo, tenemos muchas relaciones sexuales, pero olvidamos la caricia cotidiana. Por otra parte, en nuestro mundo vamos muy deprisa y, al mismo tiempo, predominan las relaciones impersonales, frías. Obviamente, este modelo de sociedad, de relaciones sociales, es incompatible con la caricia; ésta exige tiempo, dedicación e interés por la persona que está a nuestro lado.

Claro que podemos expresar el afecto, la solidaridad y la unión de muchas formas, pero el abrazo es un lenguaje especialmente expresivo y, sobre todo, nos hace crecer emocionalmente. En mi opinión está claro: tenemos que recuperar la caricia, debemos aprender a ser generosos en abrazos. El mejor regalo es un abrazo. La mejor muestra de afecto es un beso. Con una caricia expresamos mil sentimientos. El mejor apoyo es el hombro de otro «Se me va de los dedos la caricia sin causa,

se me va de los dedos En el viento, al rodar,

la caricia que vaga sin destino ni objeto,

la caricia perdida, ¿quién la recogerá?»



La caricia perdida. Alfonsina Storni



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