Narración
Pedro Juan Gutiérrez
El nido de la serpiente
Editorial: Anagrama.
Páginas: 211.
Precio: 20 euros.
Tras el relativo cambio de rumbo que supuso su último título publicado en España hace dos años -'Nuestro GG en La Habana', aproximación a la capital cubana durante los años de la guerra fría y el régimen de Batista, además de homenaje al gran narrador inglés Graham Greene mediante una trama de espionaje- vuelve el estimulante escritor habanero -aunque nacido en Matanzas- Pedro Juan Gutiérrez a lo que constituye la esencia de su escritura, descubierta para el lector español a través de 'Trilogía sucia de La Habana' (1998), serie de relatos ambientados en la Cuba de 1994-1996, donde asistimos al ir y venir del narrador en perpetua lucha contra el hambre, la suciedad y el desaliento. A partir de ahí se suceden sus andanzas entre un mosaico humano que sueña con el dólar y sólo se satisface copulando incansablemente, hasta el punto de que a menudo el autor deja atrás a Bukovski y Henry Miller en sus muy explícitas descripciones sexuales; con una ventaja además para el lector hispano: el uso de una prosa coloquial que constituye un prodigio de eficacia, frescura y expresividad.
Pero en el principio de su vocación de escritor y de su insaciable vitalismo están los «años decisivos» del tránsito de la adolescencia a la edad adulta, entre los 15 y los 21, justo los que se evocan ahora en 'El nido de la serpiente', subtitulada 'Memorias del hijo del heladero'.
En este caso la acción se desarrolla en Matanzas, antaño próspero puerto azucarero cercano a La Habana, pero completamente venido a menos en aquel tiempo (1965) a causa del desmantelamiento económico propiciado por la Revolución. A lo largo de estas páginas el lector asiste a una triple iniciación por parte del joven Pedro Juan: en principio su vocación literaria, partiendo de la lectura de libros de autoafirmación personal -del tipo de «Cómo hablar bien en público y ganar amigos»- hasta llegar a la publicación de sus primeros cuentos, tras alcanzar una conclusión que puede servir de clave para entender toda su creación: «Hay que sacar afuera la rabia y la locura, pero de un modo natural, que no parezca literatura».
Está también -cómo no, en esta especie de Henry Miller caribeño- la iniciación sexual, desde su primera experiencia con la vieja prostituta Dinorah, rodeada de ese ambiente tremendista que el autor refleja como nadie, hasta el contacto físico fallido con una militante de la Revolución, pasando -entre otras innumerables e intensas situaciones- por la delirante pasión con una india de origen haitiano adepta el vudú. Finalmente se produce la maduración personal del protagonista, la decantación de su visión del mundo, marcada por ese pesimismo existencial presente en toda su obra, y perceptible en juicios como este: «Después salí a la calle. Solo. Todo confuso. A mí alrededor solo veía desorden y desequilibrio. Ninguna pieza encajaba con la otra. Descubrir eso a los quince años es aterrador. Locura, pánico, caos y vértigo». Las reflexiones políticas apenas aparecen, pero se desprenden de la situación de los personajes: acentuado contraste entre la épica revolucionaria y la miseria material que afecta a Pedro Juan y a quienes le rodean. Para los que conocen anteriores libros del autor no hace falta ponderar la eficacia de su estilo, el humor ácido y la agria poesía que brota de tantas situaciones fascinantes.