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Jueves, 25 de mayo de 2006
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OPINIÓN
Tribuna Libre
Aminetu Haidar
El 28 de febrero de 1976 se arrió la última bandera española en el Sáhara y comenzó el intento de genocidio y la huida a través del desierto de gran parte del pueblo saharaui. Todavía muchos militares españoles sienten en su interior la vergüenza que les produjo la orden de su Gobierno, que nunca pudieron entender, de abandonar las posiciones en el Sáhara español. En pocas semanas más de cuarenta mil indefensos civiles fueron asesinados con 'napalm', fósforo blanco y bombas de fragmentación sin que ni España, ni las grandes potencias, hicieran nada por evitarlo; lo que significó el comienzo de una guerra desigual y vergonzante entre un pueblo agredido, el saharaui, y un ejército invasor, el marroquí, que se prolongó hasta el año 1991, en que se produjo un alto el fuego auspiciado por la ONU bajo el compromiso de llevar a cabo un referéndum de autodeterminación en el territorio.

El último gobierno de Franco vendió el Sáhara español al régimen alauí, sacrificando a sus ciudadanos por supuestos intereses económicos, pero los sucesivos gobiernos de España fueron rebajando sistemáticamente el precio y consintiendo que todos y cada uno de los términos económicos pactados fueran incumplidos por Marruecos.

Hoy, tras 30 años de injusticia y sufrimiento, los saharauis continúan humillados, reprimidos y reducidos al silencio, mientras contemplan como el mundo legitima, con su cómplice silencio, la feroz ocupación de su patria.

Los saharauis están cansados de tantos años de represión y silencio; de no poder levantar la mirada ni alzar la voz por temor a sufrir represalias en propia carne o en la de sus familiares mas ancianos e indefensos, por eso se han echado a las calles de muchas ciudades del Sáhara Occidental armados únicamente con sus banderas, sus pancartas, su valentía, su paciencia, su esperanza, y la fuerza de la verdad y de la razón.

La líder saharaui de Derechos, Humanos Aminetu Haidar, símbolo de la lucha pacífica por los derechos del pueblo saharaui, y una de las víctimas más carismáticas de la brutal represión que las autoridades marroquíes están llevando a cabo sobre la población saharaui en muchas de las ciudades del Sáhara Occidental, ha sido galardonada con el Premio Juan María Bandrés, que otorga la Comisión Española de Ayuda al Refugiado, y realiza en estos días una visita por diferentes regiones españolas para gritarle al mundo que cada día muchos saharauis son agredidos, detenidos y torturados por un Gobierno sin escrúpulos que no ha podido acabar con un pueblo indefenso pero valiente; y que hoy, después de treinta años de exilio y sufrimiento, sigue luchando por recuperar su tierra, por volver a su país y para recordarle al Gobierno español su responsabilidad en el conflicto saharaui.

En 1976 Felipe González les dijo a los refugiados saharauis en Tinduff: «No os abandonaremos nunca hasta la victoria final», pero han pasado treinta años. Treinta años de mentiras, de promesas jamás cumplidas, de hermosas palabras que luego fueron borradas por las conveniencias del poder, sin que hayamos podido escuchar aún un pronunciamiento contundente de apoyo al pueblo saharaui por parte de ninguno de nuestros Gobiernos, sin que ninguno de ellos se haya atrevido a reconocer oficialmente a la RASD (República Árabe Saharaui Democrática).

España tiene una responsabilidad ineludible en el conflicto saharaui. Sin embargo, la debilidad de nuestro Gobierno a la hora de exigir responsabilidades a las autoridades marroquíes es patente. Si no se habla del problema, el problema no existe; al menos así parece creerlo el Gabinete presidido por Rodríguez Zapatero que, sin embargo, no escatima muestras de afecto y reconocimiento al Gobierno marroquí que potencian los intereses marroquíes y refuerzan las prácticas feudales de Mohamed VI.

¿No pasa nada!... Pero sí que pasa. Pasa que cientos de miles de personas se ven obligadas a sobrevivir en precarios campamentos situados en lo más duro e inhóspito del desierto argelino. Pasa que cada día cientos de hombres, mujeres, jóvenes y niños saharauis son agredidos, apaleados, detenidos y torturados por las autoridades alauitas por el único crimen de reclamar pacíficamente lo que es justo e internacionalmente les ha sido reconocido. Pasa que sus viviendas son saqueadas sin ningún escrúpulo. Pasa que el Gobierno marroquí mantiene el estado de sitio, la incomunicación y el aislamiento de muchas ciudades saharauis. Pasa que muchos dirigentes saharauis de Derechos Humanos se pudren en las medievales y masificadas cárceles marroquíes. Pasa que los poderosos y los medios de comunicación 'pasan' de esta vergonzosa situación. ¿Hasta cuando nuestro Gobierno va a seguir ignorando la violencia y la opresión sobre una población pisoteada y aniquilada en sus derechos más básicos? ¿Hasta cuando va a seguir jugando a que «no pasa nada»?...

No parece razonable que, desde Europa, desde España, los demócratas, con una actitud totalmente sumisa a los intereses de quienes vulneran los derechos humanos más elementales, sigamos ignorando las atrocidades que están sucediendo en Marruecos, y nos permitamos establecer convenios, como el acuerdo de pesca firmado hace sólo unos meses, por el que, a cambio de un buen número de euros, Mohamed VI nos permite pescar en aguas sobre las que legalmente no tiene ninguna jurisdicción (el banco de pesca sahariano). Es hora de recuperar nuestra memoria histórica, de dejar de ser cómplices del gobierno alauí, y de que asumamos al fin nuestras responsabilidades.

¿Cómo un país dictatorial, que vive sumido en un régimen feudalista que conculca, sin escrúpulo alguno, todas las convenciones internacionales sobre Derechos humanos, y que ignora todas las resoluciones de las Naciones Unidas y del Tribunal Internacional de la Haya al ocupar y explotar ilegalmente las riquezas del territorio del Sáhara Occidental, puede gozar de la mínima credibilidad ante el Gobierno español?... ¿Que se esconde en la trastienda de las relaciones Madrid-Rabat?...

Quedan pocas semanas para que un pequeño grupo de niños saharauis, delgados y grandes ojos negros, embajadores de su país y de su historia, lleguen a Cantabria para pasar el verano con 'sus familias' españolas. Son algunas de las víctimas de un oscuro pasado que les relegó al olvido, allá en el duro desierto que los cobija y encierra. Son los mejores portavoces de su pueblo, y serán testigos de un futuro, todavía hoy, demasiado incierto. ¿Seremos capaces de mirarles a los ojos?...

Aminetu Haidar no se quedará en España. Regresará al Sáhara Occidental, su 'patria arrebatada', para continuar la lucha, aún a sabiendas de que, tal vez, las autoridades marroquíes la estén esperando a los pies de la escalerilla por la que descenderá del avión que la conducirá a El Aaiún.



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