Un país tan rico e ilustre como Francia concita los análisis más aciagos sobre su presente y su futuro. Una nación tan acrisolada e influyente parece no levantar cabeza. No es algo que pueda considerarse al margen de las dinámicas y frenazos de la Unión Europea. El presidente de la República, Jacques Chirac, y el primer ministro Villepin tienen unos índices de aceptación popular bajísimos. Ambos están en un 17 por ciento de popularidad y las elecciones presidenciales son para el próximo año. Sólo les faltaba el escándalo Clearstream: en un turbio episodio que implica a los servicios secretos, se acusa a Villepin de haber intentado implicar a Sarkozy -ministro del interior y el candidato mejor situado en la derecha- en un asunto de corrupción. Eso está en manos de los jueces pero Villepin insiste en que él no se va. Mientras tanto, ha vuelto la erupción de la violencia en los suburbios de París, en noches de turbulencia y caos por parte de jóvenes inmigrantes, como secuela de las revueltas de noviembre. Eso ha llevado a Ségolène Royal, socialista de elevada popularidad, a proponer medidas coercitivas que superan a las habilitadas por el centro-derecha gobernante.
Por ejemplo, la candidata a candidata añora el efecto positivo de la disciplina militar. El candidato socialista a las presidenciales se elegirá en unas elecciones primarias: Ségolène Royal lidera el pelotón. La llaman la 'Zapaterror'. Las personalidades con más peso del socialismo francés intentarán cerrarle el paso y es posible que lo consigan. Otros analistas calculan que si en las presidenciales de 2007 el enfrenamiento es entre Sarkozy y Ségolène Royal, ella puede ganar aunque nadie tiene la menor idea de si sería una buena presidente de la República.
La dulce Francia está perdiendo capacidad competitiva en los mercados internacionales. Según 'The Wall Street Journal', el coste por unidad laboral en Francia subió un 1,8% de setiembre del 2004 a 2005, mientras que en Alemania bajó un 1,3%. Políticamente, la Quinta República nunca había caído tan bajo. Si De Gaulle la dotó de un orden constitucional sólido y duradero, a partir de Mitterrand puede hablarse de un declive.
En la fase anterior, Francia resiste los últimos coletazos de la descolonización -con los atentados de la OAS-, y también la revuelta juvenil de mayo de 1968. Mantenía su prestigio internacional, miraba hacia delante. Ahora no pocos hablan de una crisis de régimen. Con Chirac el desprestigio ha llegado al borde de la pérdida de legitimación. Sucesivas protestas en la calle le han obligado a retirar o edulcorar las pocas reformas que su gobierno proponía. En las filas de la derecha hay quien pide elecciones anticipadas.
Fue muy duro que la izquierda no lograse entrar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales últimas: como quedaron frente a frente Chirac y Le Pen, Chirac es hoy presidente de la República. A ver que hace Le Pen -ya con el peso de la edad y disensiones en su movimiento- en el voto del 2007. Para Francia no fue menos duro que el referéndum del Tratado Constitucional europeo diera allí un resultado negativo. París siempre ha creído que Europa era un invento francés. El voto negativo francés llegó al 55 por ciento. No parece que los franceses que optaron por el 'No' estén arrepentidos. El paro ha bajado ligeramente durante el mandato de Villepin pero los electores le ven como alguien que se mantiene tan solo por el respaldo de Chirac. En su día Bernadette, esposa de Chirac, hizo saber que nombrar a Villepin había sido un error de gran coste político. En algo acertaba Bernadette Chirac porque su esposo es hoy el presidente de la República menos apreciado en el último medio siglo.