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Martes, 4 de julio de 2006
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OPINIÓN
Articulos
¿Qué tipo de ciudades y pueblos queremos?
Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.



Romance Sonámbulo (F. García Lorca)



Pregunten ustedes a las personas que están a su lado, a sus hijos, al ama de casa, al hombre que va por la calle, al anciano que está sentado en un banco, a cualquiera; seguro que saben responder a la pregunta de cómo les gustaría que fuese su entorno, y seguro que sus respuestas son muy coincidentes.

Hace más de 20 años, al inicio de la transición, el pintor José Ramón Sánchez ilustró los carteles de la campaña electoral del PSOE con imágenes muy atractivas: plazas, parques y espacios libres con personas sonrientes, niños jugando, gente paseando. Representaban el cambio, la nueva sociedad, la esperanza de una sociedad más justa, de una población más feliz y más alegre, y sus magníficos dibujos mostraban una ciudad amable, donde se vivía. Desgraciadamente una cosa es el deseo y otra la realidad. Indudablemente, la sociedad española se ha transformado de forma espectacular, vivimos en una sociedad mucho más justa y mucho más desarrollada; también han cambiado nuestras ciudades y pueblos. Muchos de los cambios urbanísticos, de infraestructuras y de equipamientos son claramente positivos, pero hay otros de los que no podemos estar orgullosos, hay cosas de las que todos, algunos más que otros, nos tenemos que avergonzar. Cuando sé de los destrozos urbanísticos que se han producido en gran parte de la costa española (incluso desde los organismos europeos nos han llamado la atención), cuando me entero de los casos de corrupción a ellos vinculados, me produce malestar y tristeza. Cuando observo los destrozos que también se hacen en Cantabria los sentimientos son mucho más acusados: me surge la rabia y la indignación. La irresponsabilidad de unos y la falta de escrúpulos y los intereses perversos de otros han herido de forma importante a la costa oriental de Cantabria, después los mismos depredadores han atacado a la zona occidental con la intención de enladrillarlo todo; primero la costa, después el resto de la región.

Las normativas urbanísticas son imprescindibles (por supuesto deben cumplirse), los POL son necesarios, no podemos pasar sin una ordenación del territorio, los técnicos deben hacer sus aportaciones, pero, además, la población tiene que ser responsable y debe hacer oír su voz. No es suficiente con dos asociaciones de vecinos y dos organizaciones ecologistas que se manifiestan, redactan escritos y hacen protestas, los ciudadanos de a pié tenemos la obligación, la responsabilidad, de pronunciarnos. Si no nos movilizamos, si no denunciamos los destrozos que se producen, si no opinamos sobre qué ciudades y pueblos queremos, otros diseñarán y construirán a su antojo y según sus intereses. No vale la crítica que se hace en la barra del bar, es preciso que las opiniones y valoraciones se transmitan más arriba.

No podemos dejar a nuestras ciudades y pueblos exclusivamente en manos de los políticos y de los técnicos. La experiencia nos dice que en esos colectivos, como en todos, existen personas incapaces y corruptas. Si decimos 'mi ciudad', 'mi pueblo', 'mi región', debemos ser consecuentes y defender esos entornos, si no el amor a la tierra y al barrio es retórica, es humo, es mentira. No basta con decir que tenemos la bahía más bonita del mundo y que nuestra Naturaleza es privilegiada, hay que proteger el medio contra los intereses egoístas y contra los torpes.

Ahora, en Santander, toca pronunciarnos sobre el parque de las Llamas (y las críticas al proyecto institucional son importantes, y muchas de consistencia); después habrá que hablar sobre el soterramiento de las vías del ferrocarril y sobre el entorno de El Dique de Gamazo, y también sobre la recuperación de El Cabildo de Arriba y la zona de San Simón, entre otras. Por supuesto, también habrá que pensar en equipamientos públicos para todos los barrios y en los servicios sociales. La prueba de que en el crecimiento urbano de Santander se han cometido muchos disparates en las últimas décadas la encontramos cuando se observa la Avenida de los Castros o la muralla de edificios que se está alzando junto a la denominada S-20. Por otra parte, las aberraciones que se han cometido en 'nuestra' costa darían para un libro, y han sido diseñadas por algunos técnicos y consentidas por ciertos políticos.

En un congreso internacional sobre parques y jardines, celebrado en Río en 1999, se recomendaba, entre otras cosas: 1. «Preservar el patrimonio verde existente». 2. «Entender las áreas verdes como espacios vitales, priorizando su presencia sobre el tradicional y nocivo modelo de desarrollo urbano». 3. «Involucrar y responsabilizar a las comunidades en la defensa del patrimonio verde de las ciudades, en sus aspectos históricos, estéticos y ambientales, sirviendo además para el mantenimiento de su identidad cultural». No sé qué opinan ustedes, pero yo firmo esas recomendaciones.

Una autoridad, H. Capel, que ha defendido un urbanismo basado en el diálogo y en la participación, afirma: «Los técnicos siguen dando muestras de una prepotencia inaceptable y no cuentan con la opinión de los usuarios. La participación de los ciudadanos es limitada». Por su parte, H. Lefebvre, en 'El Derecho a la ciudad', defiende «El derecho a un desarrollo urbano nuestro, decidido por nosotros, puesto que nosotros somos los que vivimos en esas ciudades, los que las pagamos, los que las construimos, los que tenemos niños para que vivan en ellas».

Las ciudades y los pueblos son espacios de convivencia y, también, de luchas de intereses. Las ciudades y los pueblos hablan de nosotros, de nuestro pasado y de cómo somos y vivimos actualmente; de nuestros valores y de nuestro desarrollo. Son espacios que condicionan nuestra existencia. El medio ambiente influye en nuestra calidad de vida, en nuestro estado de ánimo, en nuestras sensaciones. Somos seres muy sensibles; un medio ambiente hermoso produce bienestar, la Naturaleza transmite armonía. Por el contrario, un entorno degradado deprime, agobia, es una ofensa para el espíritu; además, interfiere en nuestro desarrollo personal y social, y también hipoteca el futuro.

El respeto al medio es compatible con el crecimiento y el desarrollo, claro que no con cualquier crecimiento y no con todas las acepciones del término "desarrollo", y claro que tampoco es compatible con algunos intereses económicos y políticos. Si todo lo anterior es conocido por todos, ¿cómo es posible que no nos preocupemos mucho más por nuestro entorno?

Aldo Leopold dice: "Me parece inconcebible que pueda existir una relación ética con la tierra sin amor, respeto y admiración por ella y una gran consideración por su valor" ¿No están ustedes de acuerdo?

Si enlosamos la tierra, si convertimos los jardines en plazas, si talamos los árboles para hacer un aparcamiento, si lo urbanizamos todo, cambiaremos el color de nuestro entorno del verde al gris, y nuestra existencia, y la de nuestros hijos, también será de este último color; eso sí, algunos se habrán llenado los bolsillos y otros habrán estado sentados en cómodos sillones.



Vocento