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Jueves, 6 de julio de 2006
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Cantabria / SANTANDER
Tribuna Libre
Entre Santoña y Santander
Entre Santoña y Santander
«Qué alboroto se pudo organizar al estrenarse, en el cine Los Ángeles, 'Esplendor en la hierba'»... / DM
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(La melancólica poesía de lo irremediable) Si el licor se acabó, su fragancia permanece en el vaso.

(Azorín)





Cuando llegué a Santander, 1961 corría hacia su último trimestre. Tenía catorce años. Por esas fechas, como nos narrará ocho lustros después el churre Vargas Llosa, se producía el encuentro parisino de Ricardo Somocurcio con la niña mala. Comenzaba una singular década marcada por los Beatles, la revolución floral hippy y el idealismo estudiantil francés, pero también por la muerte violenta de los hermanos Kennedy y por guerras atroces. En el histórico instituto de Santa Clara -en los aledaños de La Atalaya-, donde estudió Gerardo Diego, conocí a López Peña, Poncela, Portilla, Sustacha y 'Mandíbula' entre otros buenos salvajes habitantes de aquellas aulas. No tuve de profesor a Eduardo Obregón Barreda, a quien recuerdo como un hombre serio, educado y discreto, pero sí me sufrieron los Nieto, Arriola, Sandoval, Beltrán de Heredia, Monzón, Enrique de Cabo y Pérez de la Torre. Escuchaba 'Caravana de la alegría', el programa radiofónico de Federico Llata Carrera, y pasaba rápidamente de Salgari, Verne o Fenimore Cooper a Stevenson, Poe, los clásicos rusos del siglo XIX y Hemingway. El camping de Bellavista fue escenario de mis primeros pinitos como corredor de fondo; el campo de Miramar me vio jugar al fútbol -en aquel equipo dirigido por Pallás y Pellejero-, y lo mismo practicaba el balonmano en la Plaza de José Antonio que el tenis en la pista de ladrillo molido de La Magdalena, a la sombra del Palacio. Pero lo más grato, quizás, eran aquellas cabalgadas a lomos de 'Agresivo', en las suaves tardes otoñales -desde General Dávila hasta El Sardinero- por un irrecuperable paisaje de lomas y prados verdes, que me hacían sentir plenamente Gary Cooper. Para estudiar, claro, no quedaba tiempo.

La capital estaba bien dotada de salas cinematográficas, algunas de ellas magníficas: Teatro Pereda, Alameda, Coliseum, Capitol... ¿Qué alboroto se pudo organizar al estrenarse, en el cine Los Ángeles, la película 'Esplendor en la hierba'! - reacción más incomprensible una vez vista la obra-, la misma mojigatería provinciana que reaparecerá, años después, con la bronca por las estatuas desnudas de la Plaza Porticada. ¿Pobre e inocente inquilino del sexto! Dover, Lealtad, Lago, La Austríaca y Palma fueron algunas de las cafeterías que frecuenté. Los mejillones en salsa eran al Villa de Carriedo lo que las gambas a la plancha al Camuesco; los tintos solía tomarlos en El Riojano, y los frescos claretes en La Cigaleña. En un ambiente de copas, música enlatada y luces psicodélicas, El Pistón, El Caracol y La Belle Èpoque abrían al caer la tarde. La nostalgia santoñesa no me abandonaba, pero sentía ya el orgullo de pisar las mismas calles que antes pisaron los hermanos Menéndez y Pelayo, Pereda, Galdós, Concha Espina, Felipe Camino (León Felipe), el ya citado Gerardo Diego y José Hierro. Santander seguía siendo novia del mar, y por los alrededores de la Fuente de Cacho vagaba el espíritu de Jorge Sepúlveda. Con Chús Díez, Tere Santos, Mari Ángeles -la querida Chity de aquellos días-, Chenzo Martínez Trujeda, Miguel Ángel Jerez y Chicho Zabala, entre otros integrantes de la inolvidable pandilla de los veinte años, disfruté doradas y azules mañanas de playa en la segunda del Sardinero, El Puntal, Somo y Loredo. Pero si una playa santanderina tiene un lugar reservado en mi corazón, esa es la de Los Peligros, a donde yo accedía por una bajada casi de cabras, tras caminar desde la calle San José hasta el Paseo de La Reina Victoria. Sobre sus arenas -antes de ser holladas por jugadores de palas y bañistas- la freudiana Lou Andreas-Salomé me hizo confidencias sobre R. M. Rilke; Madame Bovary me fue revelada por Flaubert, y un voluntarioso Luther King me explicaba su sueño de la última noche. Mi primera patria, como la de Marguerite Yourcenar, fueron los libros; inicialmente, los de la bien surtida biblioteca paterna, luego, aquellos que fui comprando en las librerías Hispano Argentina, Estudio y Sur. Ya en territorio raquero, desde el Club Náutico hasta el embarcadero de Los Diez Hermanos, unos chavalillos solían pescar las tardes de marea alta los pequeños y deliciosos chaparrudos -que en Santoña llamamos babosos, quizá por recordar vagamente, en color y forma, a las babosas de tierra-. La Feria de Santiago, el Concurso Hípico de La Magdalena, los Festivales de La Porticada y los cursos de la Universidad Internacional le daban a la ciudad un aire cosmopolita y distinguido durante el verano. Aquí actuó Joan Manuel Serrat, en El Chiqui, y aquí se celebró una vistosísima Semana Naval. Santander, como París, era una fiesta entonces. Mi vida se adensó definitivamente entre la Escuela de Ingeniería Técnica, en la calle Sevilla, y la Escuela de Estudios Sociales Juan XXIII, en la calle Hernán Cortes. En esta última, profesores como Jesús Ubalde y Francisco Pérez me descubrieron, entre otras cosas, ese mundo donde «a la inteligencia también se le llama duda», pues «hay que seguir a los hombres que buscan la verdad y huir de aquellos que dicen haberla encontrado».

Ahora que los años han dejado de ser amables y puntuales visitantes para devenir en gamberros que nos atropellan sin miramiento alguno, medito en el hatajo de cambios que han convertido aquel ayer en este presente, y hago mía la reflexión del autor de Sotileza al observar cómo los mareantes santanderinos iban perdiendo sus señas de identidad: «La sociología lo aplaude como un logro, yo, en nombre de la poesía, lo lloro como una pérdida». Y es esta melancolía ante lo irremediable la que me invade hoy, de nuevo en mi rincón, junto a la amble bahía que nos hermana con Laredo.

Cuando la arquitectura anatómica muestra, impúdica en su impotencia, los surcos arados por el vivir, y los pliegues del alma esconden alguna que otra inevitable cicatriz, decido escribir esta humilde y breve 'À la recherche du temps perdu', o 'Les plaisirs et les jours', en un desesperado, romántico intento de conjurar el cocodrilo del tiempo.

Mientras escucho su inexorable tic-tac y trato de convivir con mi extraña neurosis de niño envejecido, acaricio la idea de que si Santoña es el Neverland de mi infancia y adolescencia, la Pueblanueva del Conde de mi madurez, Santander es el Guermantes de mi juventud.



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