Después de tanta campaña y contracampaña para votar el Estatuto de Cataluña, por fin ha llegado el día clave, el 18-J, fecha en la que sólo un sector -y dentro de este sector, muchos sectarios- de España ha expresado su opinión sobre algo que afecta a toda la nación española. Ha sido un acto democrático, sin duda, tan democrático como puede ser el referendo convocado dentro de mi familia para decidir si los miembros que la formamos, puesto que tenemos un pasado histórico común y unos proyectos de futuro, somos también nación, siempre y cuando lo hagamos respetando las leyes y sin alterar el orden público. ¿Faltaría más! Aunque fuera muy familiar, tendríamos que hacer campaña, y, en caso de producirse algún altercado, motivado por la disparidad de pareceres, bastaría con justificarlo diciendo que "cada uno cosecha lo que siembra" o algo similar. Y seguiríamos presumiendo de democracia, ya que el pueblo -el ciudadano o familiar- tiene derecho a la libertad de expresión, y no falta quien piensa que el exabrupto, el insulto, la descalificación, el zarandeo y el esputo son manifestaciones libres de expresión. Yo diría que son manifestaciones liberticidas que expresan la cautividad en manos del odio y del radicalismo o nacionalismo exacerbado. Si a esto añadimos que el sufragio es restringido, lo único que cabe esperar de tales votaciones es un resultado tan espurio como los hijos de Luis XIV. Esto es lo que ha ocurrido en Cataluña. Ni más ni menos. Y aún se jactan del ejercicio democrático que han llevado a cabo y del respeto a los resultados. ¿Esto es para quedarse más petrificado que la Bicha de Balazote! De lo que no pueden presumir es del índice de participación en el referendo, porque ha sido desastroso: sólo el 49,42 %. A más de la mitad de los catalanes el Estatuto tan cotorreado se la trae al pairo, y es precisamente esta indiferencia la que ha vencido en las urnas, porque, en democracia, la decisión de no ir a votar es también un derecho. Es más, probablemente los que han decidido no ir a votar no han cometido botaratadas durante las campañas a favor o en contra del Estatuto.
Alguno se ha adelantado a echar la culpa al tiempo por la escasa participación. ¿Cómo no! El clima ya tiene colgado el sambenito de nocente desde hace mucho: si hace frío o llueve, porque el tiempo no invita a salir; si hace calor, porque el tiempo sí invita a abandonar el hogar, pero no precisamente para ir a votar, sino para ir a la playa o al campo. ¿Menos mal que el tiempo es como el papel: lo aguanta todo!
Por último, sólo queda analizar los resultados de los votos emitidos: la victoria ha sido del sí. Ahora bien, este referendo sobre el Estatuto aparece ante la opinión pública como el vaso que contiene agua hasta la mitad: hay quien lo ve medio lleno, mientras otros hablan del vaso medio vacío. Mientras unos hablan de la victoria del sí, otros no se cansan de pregonar la derrota de los contrarios. Y ya puede estar rajado o ser pequeño el vaso que contiene el agua, que esto es lo que menos importa.
En conclusión, sobre un asunto de interés nacional, se ha celebrado un referendo sesgado. Mientras unos pedían votar a favor del Estatuto, otros pedían el favor de botar el Estatuto (ningún político ha especificado la homofonía). De los convocados a las urnas, no han acudido ni la mitad. De los votos emitidos, el triunfo ha sido del sí -otros hablan de la derrota del no, ¿qué le vamos a hacer!-. Aun sabiendo que, objetivamente hablando, ha ganado la abstención, me pregunto qué hubiera pasado si hubiera ganado el no. Si en algunos mítines se cometieron atropellos vitandos contra la libertad de expresión, que nada tuvieron de democráticos y mucho de inexcusables, ¿qué tropelías cabría esperar de haber obtenido los resultados contrarios!
Por ahora -como aquí caben opiniones para todos los gustos, según se vea el vaso-, me quedan el derecho al pataleo y a la convocatoria de un referendo a nivel familiar para declararnos nación. Obviando las abstenciones, todos han ganado: unos porque han votado sí y los demás porque han pedido botar no al Estatuto. Todos tan contentos, hasta el día en que estalle el vaso y los cristales nos corten a todos.