Pan cuco

No sé, sinceramente, si podremos soportar tanta belleza al comprar el pan. Quizá la burbuja de las panaderías cucas se nos está yendo de las manos. Yo hasta he empezado a hacerme selfis cada mañana con las dependientas sujetándome la barra, o los cupcakes, o las baguetes festoneadas de semillas exóticas, o lo que adquiera ese día entre su abundante oferta. Abro bien la boca y pongo cara de hogaza, y lo etiqueto en instagram como #pan #parapapapan #ilovepan #madalenasricas #mividaesmía. Porque me encantan estas boutiques de la masa precocida, y los gorritos de los empleados, y sus lámparas largas y metálicas de luz blanca, y los mostradores casi antiguos, y todo el establecimiento como de pueblo bonito #ilovepan. Me encanta, en serio, creo que hasta voy a abrirme un blog, #ilovepan #panrico #aynoquesunamarca #puestambiénbimbo. Ya era hora de que alguien convirtiera este tipo de negocios en un sector moderno, antes estaban a medio barrer.

En la calle Cardenal Cisneros de Santander sobrevive un local donde todavía madrugan y preparan a diario masas y panes. Huele raro, como a fermentación. El panadero va cubierto de harina y a mí me da miedo, porque además siempre pienso que del obrador va a salir un puercoespín gigante (y gay) puesto de cocaína hasta las cejas. El otro día probé el pan por curiosidad y está que te cagas, pero no tenían macarons, las galleticas esas de colores que me chiflan, #ilovemacarons #forever, aunque cuando voy a pedirlos suelo decir por error «espaguetis» y los dependientes me miran desconcertados. Pero entonces me hago otro selfi y guai.