Viajeros, viajantes y turistas

La Asociación Alcuino, de Urueña, recupera caligrafías antiguas.
La Asociación Alcuino, de Urueña, recupera caligrafías antiguas. / David Remartínez
  • En nuestra ruta por Valladolid descubrimos hasta cómo eran las espinas de Cristo

Hay viajeros, viajantes y turistas. El viajero se mueve para conocer y quizá cansado de sí mismo. Quiere observar a otros, presentarse ante un paisaje diferente y comprobar si se le pega algo o se le cae.

El viajante, sin embargo, se traslada íntegro, se transporta adonde sea tal y como es. Allí, cuanto ve le recuerda a otro lugar donde ya estuvo; todas las conversaciones le reconducen a conversaciones anteriores, y todo el que le trata acaba escuchándole contar cómo era la gente a la que conoció en otro lugar mucho más emocionante. El viajante regresa como se fue: siendo exactamente el mismo. Solo gana longitud la hipérbole de sus tertulias.

Por último, el turista no sabe muy bien por qué viaja, y por eso recorre su destino siguiendo una ruta prefijada en la que rellena todos los huecos que le mandan visitar.

Estos tres modelos (que he debido de leer en algún sitio) necesitan un guía: el viajero, para aprovechar; el viajante, para discutir; y el turista, para mejorar su examen. Un buen guía te cambia el viaje y uno malo te lo arruina. Saturnino Fernández, por ejemplo, te enseña el antiguo monasterio de La Santa Espina (en el municipio de Valladolid) con una verborrea, un entusiasmo y una clarividente anticipación a tus dudas que casi te apetece llevártelo cuando te despides a la puerta de lo que, desde 1956, es un centro público de estudios agrarios.

En ese antiguo monasterio cisterciense hay ahora 200 estudiantes internos de lunes a viernes, 50 vacas, 300 ovejas churras y 200 gallinas. Los tres últimos colectivos se quedan también el fin de semana y sirven de práctica y avituallamiento para el primero, así como el vergel en el que se enclava esta singular escuela, rodeada de huertas universitarias y armonizada por un incansable piar de pájaros. Me gustaría saber de árboles para detallar cuántos tipos vi.

Saturnino (quien seguro me los hubiera detallado) explica al visitante cada rincón de una edificación enorme iniciada en el siglo XII que reúne arte y arquitectura de ese y de todos los siglos posteriores. Hay, por ejemplo, más de cien firmas de distintos canteros en sus piedras, hasta el punto de que alguno de sus muros parece un diccionario masón.

Con el mismo desparpajo que explica arcos, escudos y cúpulas, Saturnino (que es uno de los cuatro hermanos de La Salle que ayudan en el centro) te muestra una rama de acacia con unas inquietantes espinas de cinco centímetros similares al “casquete de azufaifo” que martirizó la cabeza de Cristo. O te cuenta que antes había 600 gallinas en la escuela, pero que se las llevaron de la Universidad de León para realizar una investigación sobre la salmonela. Desconoce cómo salió el experimento, pero las gallinas nunca regresaron. Las actuales, como los X-Men, son una nueva generación. "Y muy buenas ponedoras", según apostilla.

Sin Saturnino, la visita sería otro recorrido pétreo más. Igual que sin Fidel y Tamara, la localidad de Urueña sería un poco menos Villa del Libro de lo que ya es (la única del país).

En Urueña hay más libros que gente. Este pueblo medieval, cuyas callejas amuralladas se elevan majestuosamente sobre la interminable anchura de Castilla, no cuenta 200 paisanos en su censo, pero ha sido transformado por la Diputación de Valladolid (patrocinadora de nuestro viaje) en una urbanización literaria. Literalmente, en una villa del libro: una decena de librerías, cinco museos, alojamientos y bares, y un gran edificio público que hace de promotor del asunto con charlas, estudios, exposiciones, premios y demás (se llama Centro e-LEA Miguel Delibes y encabeza esta insólita apuesta turística; que funciona, según sus impulsores).

A pesar de la abundancia de páginas, o quizá a causa de ellas, el tiempo transcurre de forma diferente en Urueña. Durante mi paseo vespertino algunos comercios estaban cerrados, y en los abiertos, la calma se te imponía nada más franquear la puerta, caso de la escuela de caligrafía antigua, del delicado museo del cuento infantil, o de la librería Primera Página, de Fidel y Tamara.

Tamara Castro y Fidel Raso han sido periodistas y viajeros durante años. En uno de sus viajes descubrieron la paz de Urueña, y decidieron detenerse allí y comenzar otra vida diferente. Cuántas veces lo habré pensado. Ellos han dedicado su librería, pequeña y felizmente atiborrada, a las cosas que les gustan: periodismo, viajes, libros viejos, libros raros. Hacen además un periódico local, ‘El Cisco’, "el periódico más pequeño de España", que saca noticias de donde cuesta imaginar que las hubiere o hubiese. Pero ellos las encuentran. Eso es oficio, y ganas de seguir buscando. De seguir viajando, incluso aislados.