Del campo de batalla a la mesa

Alimentar a los soldados durante las campañas bélicas era una de las preocupaciones constantes de los dirigentes
Alimentar a los soldados durante las campañas bélicas era una de las preocupaciones constantes de los dirigentes / F. Ordóñez
  • La alimentación de los ejércitos franceses, origen de las conservas

En todas las guerras –demasiadas ya en la historia de la humanidad– siempre hay tres grandes preocupaciones que obligan a los dirigentes políticos y militares a darle muchas vueltas a sus seseras, recurrir a los expertos o inventar de todo.

El primero de esos quebraderos de cabeza es tener menos bajas que el enemigo y ganar la contienda. Por ello surgieron armas cada vez más letales. El segundo: cómo curar y evacuar a los heridos (hospitales de campaña, ambulancias y médicos militares, helicópteros medicalizados...), y, el tercero, qué dar de comer a los soldados.

Qué tipo de alimentos que les puedan proporcionar el aporte energético necesario, que sean cómodos de transportar y rápidos de digerir, que se conserven durante el mayor tiempo posible y que, además, sean del gusto de soldados y oficiales. Qué menús preparar para la tropa en los cuarteles y qué llevar en el macuto al campo de batalla.

Durante siglos, los gobernantes y los responsables de los ejércitos han ido reclamando a expertos cocineros, alquimistas, químicos, etc, unos alimentos y unos envases adecuados para el aprovisionamiento de las tropas. Y de sus estudios han salido inventos que aún tienen su vigencia y un gran protagonismo en pleno siglo XXI.

La leche condensada, la margarina (no se funde como la mantequilla y es más ligera), el extracto de carne (Bovril), los productos enlatados, los caldos deshidratados concentrados en pastillas (Avecrem, Knorr, etc), las barritas de cereales, las tabletas de chocolate, el café instantáneo, el zumo de naranja en polvo, los patés y las galletas, entre otros, son algunos de los muchos alimentos industriales que se consumen actualmente en el mundo y que nacieron de la necesidad de alimentar a los hombres que se encontraban combatiendo en el frente. Una transformación desde el campo de batalla a la cocina, especialmente recomendada para las prisas o la comodidad del comensal.

Del campo de batalla a la mesa

Es típica en las películas bélicas norteamericanas esa escena en la que un soldado yanki le ofrece a un niño vietnamita, en uno de los pocos momentos tiernos del film, una onza de chocolate extraído del interior de su casco, donde también esconde el paquete de cigarrillos sin filtro y el zippo.

Pero vayan algunos ejemplo de ‘platos’ aún con vigencia y que vinculan a la alimentación con los conflictos bélicos y el ejército. El gazpacho es una bebida que se le atribuye a los legionarios romanos durante la invasión de la Península Ibérica, entre los años 281 a. c. y 19 a. c. Los soldados ingerían durante el combate y las largas marchas por el sur del país conquistado, sorbos de una preparación hecha a base de vino avinagrado y agua, a la que denominaban ‘posca’. Con el tiempo le fueron añadiendo pan y aceite de oliva para hacerla más consistente. El tomate, ya se sabe, se trajo del Nuevo Mundo para invertar el gazpacho actual y el salmorejo.

Del campo de batalla a la mesa

Durante la segunda guerra mundial, los combatientes rusos en primera línea del frente recibían diariamente 100 mililitros de vodka, llamados ‘100 gramos combativos’. El decreto que permitió a los soldados tomar esa cantidad de alcohol fue firmado por Stalin en agosto de 1941. Con frecuencia esa porción del alcohol se ofrecía a los militares después del combate, en vísperas del ataque y durante las fiestas oficiales, casi siempre acompañada de alguna comida.

Curiosa es también la historia del popular cruasán. Durante el reinado de Leopoldo I de Habsburgo (1640-1705) las tropas otomanas intentaron tomar Viena horadando las murallas de la ciudad por la noche. Pero los panaderos, que trabajaban de madrugada, pudieron observar las maniobras del enemigo e informaron a su ejército. Abortado completamente el intento de conquista por parte de los turcos, el emperador triunfante decidió homenajear a los artesanos que, a su vez, elaboraron el cruasán como burla a la media luna de la bandera enemiga. De ahí su forma.

Nicolas Appert

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Pero, sin duda, el gran invento para la alimentación de los ejércitos en guerra y para el futuro del consumo cotidiano vino de la mano del francés Nicolas Appert (1749-1841), el creador de la comida envasada. Durante quince años, este repostero becado por la República –Napoleón decía que «un ejército se mueve por su estómago»– con 12.000 francos estudió la conservación de los alimentos enlatados, la fórmula para asegurar el buen estado de las tropas y un sistema efectivo para mantener el mayor tiempo posible los productos que se llevarían a la boca. Además, buscó un transporte sin demasiados problemas de la comida. Esa preocupación de los grandes dirigentes y generales de los ejércitos de todo el mundo.

Appert utilizó en un principio como envases botellas de vidrio sellados con corcho. Una vez rellenadas de alimentos, las hervía en tinajas. Sin darse cuenta, había descubierto la manera de matar los gérmenes nocivos.

En 1810, otro gran iluminado, Peter Durand, éste en Inglaterra, patentaba el primer envase de hojalata. Es en 1813 cuando se utilizan las primeras latas cubiertas con estaño en la marina y en el ejército de tierra británicos.

Antes, los soldados de las guarniciones de las islas de Santa Elena y occidentales habían servido de conejillos de indias.