Con un pie en la tierra y otro en el mar

Vegetación en las Azores.
Vegetación en las Azores. / G. Martín Aparicio
  • Nueve volcanes sobresalen del océano entre América y Europa, nueve islas que son testigos de la fuerza y de la biodiversidad de una naturaleza lujuriosa y magnética

Archipiélago trágico y volcánico que emergió del fondo marino entre América y Europa. Hogar de aves, poetas y baleeiros. Una tierra negra, caliente y humeante regada con agua ferrosa, cubierta de bosques de cedro, laurisilva y salpicada de capillas o impérios. No falta el faro que alumbra a los barcos deseosos de atracar en el puerto de Horta para que los navegantes vayan al Peter Café a exagerar sobre tormentas y citas a ciegas con ballenas.

Las Azores son nueve volcanes que sobresalen del océano igual que el lomo de un leviatán justo antes de sumergirse. São Miguel, Faial, Pico y el resto de islas son testigos de la fuerza y de la biodiversidad de una naturaleza lujuriosa y magnética, en la que hay más vacas que personas, tractores que coches y playas para intrépidos bañistas. Para remojarse São Miguel ostenta, entre otras opciones, las piscinas naturales de Mosteiros, las aguas terapéuticas de Ferraria y Caloura, un pueblo pesquero con su típico restaurante de pescados a la brasa desde el cual se contempla como zarpan los barcos a faenar.

No hace falta volar como el endémico ave priolo (el tesoro de Tronqueira, al este de la isla) ya que gracias a miradouros como el de Vista del Rey se puede disfrutar, si la niebla lo permite, de la panorámica que regalan lugares como Sete Cidades y sus lagunas Verde y Azul. Una caldera volcánica kilométrica y tranquila. No así la tierra de Furnas con sus fumarolas, hornos naturales enterrados y sus aguas con sabor metálico, con y sin gas y otras que desprenden un hedor similar al de un huevo podrido. En este cálido y húmedo rincón insular tenía su quinta el cónsul estadounidense Thomas Hickling. Alrededor de la laguna termal de agua color chocolate plantó secuoyas, araucarias y otras especies. Hoy es el Parque Botánico de Terra Nostra.

La 'gran' ciudad

El trayecto hasta Ponta Delgado, la ciudad que alberga más de la mitad de la población de las Azores (140.000 habitantes aproximadamente), discurre por una carretera custodiada por la planta invasora yellow ginger lily (Hedychium gardnerianum). Atrás se van quedando localidades que expelen un aroma extraño, endogámico y conservador. Los hombres en el bar y las pocas mujeres que hay en la calle visten de negro y caminan solas. De fondo siempre el mar y su drama.

Esa atmósfera enrarecida se disipa en el colorido puerto de Horta, en la isla de Faial. Este es un lugar de paso emblemático para muchos navegantes. Es tradición que la tripulación de las embarcaciones que atracan pinten su bandera en el dique y se acerquen al legendario Peter Café. En su interior banderolas, cartas náuticas y notas manuscritas por personas que quieren enrolarse en algún barco decoran sus paredes. En la planta superior hay un pequeño museo con dientes de cachalotes decorados con miniaturas. Es muy probable que los marinos no se adentren tierra adentro, pero el resto de viajeros que sí lo hagan creerán estar viendo un impacto de meteorito cuando visiten Caldeira. Una inmensa depresión volcánica forrada de fayas, laureles, musgos, helechos y de la primigenia laurisilva. Abríguese porque refresca.

En esa línea de paisaje marciano, siguiendo una carretera delimitada por hortensias cuidadosamente alineadas, se llega al faro de Capelinhos, en el extremo occidental de la isla. Un paisaje árido, agreste y de color gris. En 1957 el volcán del mismo nombre entró en erupción y sus destrozos forzaron a emigrar a parte de la población (hay una notable comunidad azorense en Estados Unidos y Canadá). La ceniza y demás sustancias escupidas invadieron el manto verde de la vegetación y sumó tierra a la que ya había. El entorno adoptó la imagen de la superficie lunar. Aquel faro de mampostería (en la actualidad es un Centro de Interpretación) fue un espectador silencioso que resistió aquella acometida proveniente de las entrañas del océano.

Justo en el extremo opuesto de la isla se encuentra el miradouro de Ponta da Espalamaca y el monumento dedicado a Nossa Senhora da Conceição. Desde este punto elevado se divisa la bahía de Horta y el inmenso cono volcánico de la montaña de Pico, en la isla vecina (a cuatro millas náuticas) del mismo nombre. Sus 2.351 metros de altura (la más alta de todo Portugal) calientan el cielo a la vez que su cima se esconde entre las nubes. A su alrededor se acomodan y esparraman campos de lava basáltica, referencias a erupciones que hubo en el pasado y que la población denomina misterios. Terrenos de roca sin cultivar nacidos del fuego de la tierra, como los misterios de Praínha, Santa Luzia, São Jao y de Silveira. Esa lava, domesticada en algunos casos (Paisaje Cultural de la Viña de la isla de Pico), da a parar al costa.

Ballenera

En pueblos como Lajes do Pico, Daniel, un viejo baleeiro, rememora aquel tiempo en el que los hombres abandonaban sus quehaceres en la tierra cuando un cohete, a modo de chupinazo, les avisaba de la presencia de un cachalote en el horizonte. Entonces todos corrían al puerto a subirse a una ballenera para dar caza al místico leviatán, rememorando y dando fe de lo que se narra sobre la destreza con el arpón de los azorenses en ‘Moby Dick’. En la actualidad la caza de ballenas está prohibida (salvo excepciones) y por estos lares se honra tanto al gigante marino como a sus cazadores.

En Lajes do Pico se puede visitar el Museu dos Baleeiros, dedicado a los hombres que las cazaban, como Daniel. El poeta Almeida Firmino escribió «Heròis sem nome, com un pé me terra e outro no mar / Quantas vezes em vão a balear…». Además, se pueden realizar travesías de avistamiento de cetáceos, con más o menos suerte. En São Roque hay una antigua fábrica en la que se despiezaban a los cachalotes, en su interior se pueden ver las diferentes máquinas y técnicas que empleaban. Fuera, apuntando al mar, se alza la escultura de un baleeiro listo para lanzar su arpón contra una ballena que sólo él puede ver.

La génesis de las Azores fueron 1.766 volcanes, de los cuales se exhiben nueve. Igual que un iceberg, bajo la superficie del mar el sótano oceánico ostenta cavidades volcánicas con forma de grutas, algares y fisuras, así como fuentes geotermales. La montaña de Pico desde las alturas, quien sabe si un leviatán desde las profundidades marinas, y su popular y movido anticiclón, protegen este tesoro geológico de la macaronesia que emergió de la dorsal del centro del Atlántico.

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