¿Te vienes a Marrakech?

Guía para sacar provecho al vuelo directo entre Santander y una de las ciudades más importantes de Marruecos. De viernes a lunes, un mundo de sensaciones únicas a menos de tres horas de distancia

Vista de Marrakech tomada desde la torre del antiguo Palacio de la Medina./Lara Revilla
Vista de Marrakech tomada desde la torre del antiguo Palacio de la Medina. / Lara Revilla
Mariña Álvarez
MARIÑA ÁLVAREZSantander

Viernes, 17.40. Despega en el Seve Ballesteros el avión de Ryanair con destino a Marrakech. En dos horas y veinte minutos el aparato aterrizará en otro mundo. Imprescindibles en la maleta: ganas de perderse, curiosidad, paciencia y mente abierta. Y otros más concretos: pasaporte en regla, sandalias cómodas, mochila vacía y rebequita para las noches.

20.20. Al fin en la ciudad imperial. Y encima los relojes se atrasan una hora. Pero no se engañen. Por mucho que aquí sean las siete de la tarde llegar a Marruecos no es bajar del avión y largarse del aeropuerto Marrackech-Menara echando un vistazo a las impresionantes instalaciones recién reformadas. Antes toca hacer la tediosa cola del control policial y rellenar un papel con los datos que los agentes habrán de revisar. Y a su ritmo.

La primavera y el otoño son las mejores épocas para aprovechar las ventajas de un vuelo de bajo coste (con un par de meses de antelación los billetes pueden valer unos 100 euros ida y vuelta) que es el único directo de todo el norte de España que llega al principal destino turístico del país del Magreb, así como la primera conexión internacional desde el Seve Ballesteros a un destino fuera de la Unión Europea. De viernes a lunes. En realidad son solo dos días enteros. Poco para tanto que ofrece Marrakech. Pero suficiente para regresar a casa con una increíble sensación de desconexión y de haber experimentado paisajes, olores, sabores y sonidos únicos.

Lara Revilla
Idioma, moneda, transporte... Primera impresión

Antes de salir del aeropuerto conviene cambiar dinero. Un euro vale entre 10 y 11 dirhams -depende de las oscilaciones del mercado de divisas- y, aunque en muchos sitios acepten euros, no sale a cuenta el redondeo.

Ya estamos listos. Ahí fuera cae la noche, que es cálida y huele a azahar. A la salida del aeródromo aguarda un ejército de conductores con los carteles de los hoteles. El centro de la ciudad está a seis kilómetros. Lo más cómodo: el taxi, aunque también hay autobuses (mucho más barato).

La comunicación con los marroquíes es bastante fácil. Aunque la lengua oficial es el árabe, muchos dominan también el francés, el inglés y chapurrean -con mucha gracia- el español. Desde el minuto uno el viajero se siente abrazado por gente amable. Bienvenidos a la 'ciudad roja', al té a todas horas, a la paz en los patios con fuente, al caos en los zocos, a las llamadas al rezo en las mezquitas, a las historias de las concubinas en los palacios y a una asombrosa vida callejera que es lo mejor de la escapada.

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Peligro de atropello Cuidado con...

Aunque la fama sea otra, no hay demasiada sensación de inseguridad en Marrakech. Hay policía por todas partes y el turista, en general, es tratado con mimo. Precauciones, las lógicas al adentrarse en una ciudad masificada. El mayor peligro es acabar atropellado por el ingente parque móvil de motos, motocarros, carromatos y otros imposibles de nombrar que circulan a toda velocidad por las estrechas y atestadas callejuelas de la medina. Salvo eso, y sufrir a vendedores agobiantes, lo normal es salir airoso y victorioso de las situaciones más extrañas. Consejos: evite que las pintadoras de henna le cojan la mano sin su permiso o en cuestión de milésimas de segundo asomará el arabesco por su piel. Escape de los amaestradores de monos, que se lo plantan al hombro al primer descuido: puede terminar con la camisa orinada. (Si quiere vivir esta experiencia, prepare unos dirhams).

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Plaza Jemaa el Fna Ese lugar mágico

Existe un lugar en Marrakech absolutamente mágico. Hipnótico. Alucinante. Todo a la vez. Es la plaza Jemaa el Fna, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un espacio que cambia con las horas, refugio para los turistas perdidos, al que llegan todos los caminos y donde cualquier cosa puede pasar... Durante el fin de semana, hay que ir varias veces. El mejor momento para disfrutarla es el atardecer, desde la azotea de alguno de los bares que la rodean. El sol se pone tras el alminar de la mezquita Koutoubia -su minarete es gemelo al de la Giralda de Sevilla- y la ciudad se vuelve más roja todavía. Las llamadas al rezo por megafonía se mezclan con las flautas de los encantadores de serpientes, la música bereber, los reclamos de los aguadores, de los insistentes responsables de los chiringuitos. Y el aire se vuelve fresco y huele a una mezcla indescriptible de especias, comida, zumos de fruta y excrementos de caballo, y de fondo siempre flor de azahar... La plaza Jemaa el Fna no solo es el epicentro comercial de Marrakech, también es el lugar de reunión de los ciudadanos al anochecer, y es todo un espectáculo observar la vida que alberga y el hervidero de personajes de una ciudad que parece que de pronto abre el telón.

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Jardín de Majorelle Hay que ir sí o sí

Sí o sí, hay que ir al Jardín de Majorelle. Para orientarse, hay que tener en cuenta que la urbe se divide en dos mitades: una zona moderna -con hoteles, restaurantes, tiendas, bares y discotecas- y otra antigua, donde se encuentra la medina (casco histórico) y el zoco.

Entre los sitios más visitados de Marrakech figura, en la parte moderna, el Jardín de Jacques Majorelle, ideado por este pintor francés hijo del reconocido diseñador de mobiliario Art Nouveau Louis Majorelle y adquirido posteriormente por el diseñador Yves Saint-Laurent y su pareja sentimental, Pierre Bergé. Se trata de un edén encantador, con plantas de todos los continentes, un paseo entre cactus, bambús y nenúfares, una obra de arte hecha de naturaleza que incluso acuñó un color, el profundo e intenso azul Majorelle.

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El palacio de La Bahía Un monumento imprescindible

El único palacio que se puede visitar en todo Marrakech es el de La Bahía, mandado levantar por un visir que tenía cuatro mujeres, una de las cuales da nombre al edificio, y 24 concubinas. De las ocho hectáreas de extensión solo se pueden recorrer dos, y en la actualidad este edificio es propiedad del Ministerio de Turismo.

Fue construido entre 1894 y 1900 por los mejores obreros y artesanos, que emplearon materiales como azulejos para los mosaicos, yeso -ornamentados con poesías y versos del Corán- y madera de cedro para los techos, decorados en el interior como si fueran una alfombra, coloreados con tintas naturales (azafrán para el amarillo, índigo para el azul, o henna -la hierba sagrada- para el rojo). Un consejo: merece la pena detenerse en el harén y hacer la visita con un guía que explique la intrahistoria.

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La Medina Un lugar para perderse

Hay que reservar varias horas para perderse por la medina, rodeada de una gran muralla y atravesada por diez puertas, algunas monumentales. Dentro le espera un laberinto de calles plagadas de tiendas agrupadas por gremios, en las que se pueden adquirir, previo regateo, productos típicos, de artesanía, cerámica, piel, tela, comida y especias. Tendrá la sensación de estar caminando en círculo por zocos y plazuelas. Pero abra bien los ojos. Cada rincón es distinto.

A los poco habituados al arte del regateo: pruebe a ofrecer la mitad de lo que le piden. O incluso menos. A partir de ahí arranca el sube y baja, en un diálogo que siempre termina -no tenga duda- a favor del comerciante.

Cuidado: el cuero marroquí, un muestrario increíble en el que es muy fácil picar, apesta. Hay trucos para quitar el mal olor -busque en google- pero no siempre funcionan. Así que además de mirar, huela y decida.

Una recomendación: hay numerosas tiendas de cuadros y algunos son una delicia. Por poco más de veinte euros -al cambio- (si ha llegado a buen puerto el regateo) puede llevarse a su casa un bello recuerdo de su viaje.

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Un 'break' Un oasis, un museo...

¿Cansado de compras? Alce la vista. En medio del laberinto se erige la torre más elevada de Marrakech, la del antiguo Palacio de la Medina, del que se conserva la muralla original. Tras su restauración alberga, desde hace dos años, 'El Jardín secreto', dividido en dos, uno exótico, diseñado por un arquitecto inglés y con especies de todo el mundo, en el que reproduce el antiguo sistema de riego; y otro de estilo islámico, con las dos características calles que, como si fueran ríos, se cruzan en el centro donde se levanta una fuente. Adentrarse en este oasis de silencio es una auténtica cura. Sirven buenos zumos de naranja, ideal para recobrar fuerzas y que el ritmo no pare.

Si es capaz de encajar más visitas en su corto viaje, anote otros interesantes lugares: el Museo de la ciudad, las tumbas Sardianas y la Madrasa de Ben Youssef. Importante también: darse un baño en un hammam.

Si viaja con niños, en la zona nueva se puede visitar el Museo de Mohamed VI para el Agua, un moderno edificio inaugurado hace menos de un año. Se trata de una institución cultural cuyo objetivo es difundir el uso y la gestión del agua -que se nombra 63 veces en el Corán- desde el punto de vista económico, social y cultural, y en las distintas etapas de la historia, desde Edad Media a la Contemporánea. Recorriendo sus tres plantas se pueden conocer diversos aspectos científicos del agua, su relación con el hombre y en distintos ámbitos (como desiertos y oasis), o las técnicas tradicionales de riego.

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Próxima parada: Essaouira ¿Nos vamos de excursión?

En la programación del viaje a Marrakech hay que tener en cuenta que fuera de la ciudad existen pueblos y enclaves naturales impresionantes, que tal vez merezcan reservar una jornada para ver más allá y disfrutar de una ruta que permite conocer el Marruecos profundo. En las guías se recomiendan las cascadas de Ouzoud, el poblado bereber del valle de Asni y excursiones en 4x4 a las montañas del Atlas.

Nuestra recomendación es Essaouira, ciudad portuaria situada a menos de 200 kilómetros de Marrakech, la llamada 'capital del viento'. Su ubicación, al norte del cabo Sim, y las condiciones meteorológicas, la convierten en el destino perfecto para los amantes del surf. El viaje lleva tres horas, que son de todo menos tediosas. Se atraviesan inmensos prados, salpicados de casuchas muy pobres. Hay pastores, mujeres con sus hijos sentados en medio del campo y tiendas tradicionales en los núcleos más poblados.

A medio camino se encontrará los famosos árboles de argan y las cabritas encaramadas en sus ramas, mordisqueando el fruto y escupiendo las pepitas que luego se recolectan para elaborar el famoso aceite, único en el mundo, muy utilizado en cosmética. Los pastores animan a los turistas a coger en brazos a los cabritillos y hacerse fotos con una estampa irrepetible. (Como siempre, hay que dar algo de propina). Hay varias cooperativas en las que se venden las distintas variedades de aceite de argan, puro, con ensencias o en cremas, en el que se explican las distintas etapas de su fabricación. Más adelante, en alguno de los miradores que salpican el recorrido, hay camellos a disposición de los visitantes para dar una vuelta.

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Pero el premio es llegar a esta tranquila y bonita urbe, que cuenta con cerca de 80.000 habitantes, que también destaca por su medina, protegida por murallas y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco a comienzos de siglo. La economía local se basa en la pesca y en la industria maderera, y también en el comercio de productos de artesanía y joyería, especialmente de plata. No se vaya de Essaouira sin entrar en una tienda de artesanía en madera de tuya, rojiza con vetas doradas y con ese olor penetrante imposible de olvidar. Hay que comprar algo sí o sí. Atención: en Essaouira hay un restaurante a pie de puerto, con una azotea donde comer bajo sombrillas de paja y música en directo, en el que cocinan de maravilla el pescado.

Cuscús, tajines, pastelas... Comer en Marrakech

Hablando de comer. La gastronomía merece capítulo aparte. Hay quien dice que Marruecos, y en particular Marrakech, es uno de los lugares en los que mejor se come del mundo. Puede que sea por la influencia francesa en sus platos tradicionales o por esa maestría a la hora de mezclar especias. Todo tiene un fondo dulce y picante que a veces satura al paladar occidental, pero lo cierto es que es una gozada saborear los infinitos matices de sus verduras, carnes, ensaladas... En la zona nueva y en el palmeral hay buenos restaurantes en los que darse un homenaje. Si no, por la noche, la plaza de Marrakech se convierte en un hervidero de puestos donde se puede comer cuscús y muchas otras variedades típicas.

No hay que irse de Marrakech sin probar sus tajines, que son estofados de pollo o de cordero que se sirven en un recipiente de barro. Otro plato muy típico son las pastelas morunas (una pasta de hojaldre rellena de carne y espolvorea con canela) y, por supuesto, las ensaladas, con infinidad de pequeños platitos de verduras aliñadas a las mil maneras, para mezclar y jugar a identificar sabores.

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La cocina marroquí utiliza canela, anís, jengibre, pimentón, pimienta negra, menta, cilantro, semillas de sésamo... Las especias se pueden encontrar a granel en cualquier rincón, en coloristas y aromáticos puestos para llevarse de vuelta el sabor de un viaje increíble.

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