vivir sin perder el paso

Trece semanas compartidas con todos los lectores, aprendiendo paso a paso a vivir una experiencia distinta, de la que nos llevamos una bonita lección

Pilar González Ruiz
PILAR GONZÁLEZ RUIZSantander

La vida te lleva por caminos raros, como canta Quique González. Puede que incluso por místicos trazados milenarios. Ese ha sido nuestro caso durante once etapas a golpe de mapa oficial y ganas de dejarnos sorprender.

Creemos que la mejor manera de contar una historia es vivirla. Por eso nos calzamos las botas y preparamos la mochila para caminar. Hemos sido peregrinos poco habituales, pues en lugar de los bártulos habituales de quienes recorren las vías santas, nuestro equipaje incluía dos cámaras: una de vídeo y otra de fotos. Además de la experiencia, nuestro viaje tenía una meta clara: compartir con todos ustedes la vivencia paso a paso.

De esta manera poco frecuente para quienes circulamos por la vida con la prisa por bandera y una rutina marcada por la actualidad, casi una adicción a la noticia que siempre está por llegar, hemos tenido que cambiar la mirada.

El tiempo se ha moldeado bordeando acantilados, en paralelo a las cunetas, por pistas resbaladizas. Los objetivos los han marcado los kilómetros que quedaban por delante y las imágenes cambiantes de los paisajes.

Cantabria no es infinita pero sí soberbia. Empezamos el viaje bajo la señal que marca el límite territorial para ir descubriendo nuestra propia ignorancia.¡ Tantos rincones donde detenerse!. La bahía de Castro al sol de un lunes remolón. La playa de Arenillas ignorando el cercano ritmo de la A-8. Casonas pintadas de pasado indiano en el valle de Liendo. Una tranquila puebla vieja en Laredo y el albergue cargado de energía propia en Güemes. El vanguardista Centro Botín y los descomunales Picos de Europa. El recogimiento de Lebeña o Potes, siempre en movimiento.

Playas, calas y acantilados. El mar en todas sus formas, explosivo y multicolor. Un lujo para la vista que disimula el cansancio en los tramos de asfalto, que también los hay.

La fe en cada parada, levantada piedra a piedra en forma de pequeña ermita en Lafuente o de catedral en la capital. En medio, abadías, monasterios, seminarios y hasta una colegiata. Mozárabe, románico, neogótico y hasta modernista. Cantabria es un catálogo de loas divinas.

Además de las casas de Dios, hemos visto también construcciones para los hombres. Palacios, palacetes, casonas y cuadras. Unos conservados con mimo y otros al borde del derrumbe, sin tino, ni fondos seguramente para tan magna necesidad. Algo parecido a los albergues, punto de inicio y destino de cada etapa. Una mano de pintura por aquí o una limpieza en profundidad no hubiera estado de más en algunos de ellos. Para compensar, el trato ha sido excelente en casi todos. Como llegar a casa de un viejo amigo que te recibe con los brazos abiertos y te ofrece cuanto tiene, sin saber si volverá a verte. No importa lo que venga, solo el presente.

Anabel, María, Rafa, Matthew y hasta Oliver Twist. Personas e historias con las que hemos compartido banco, barco o tramo de la ruta. Cada uno con su motivación y la mayoría haciendo de Santo Toribio una escala en un trazado más amplio con otro santo como referencia: Santiago, cabeza de pelotón en esto del peregrinar.

Hay quien viaja porque tiene vacaciones, un cachito cada año. Quien ha recorrido en apenas dos meses los cuatro lugares santos o y quien centra en la gastronomía su hoja de ruta y se marcha de Cantabria con el estomágo lleno y el alma satisfecha. ¡Cómo no! Plato a plato esta región es un mosaico sabroso, sea o no Año Santo.

El «¿por qué?» repetido a docenas de peregrinos, la conversación en varios idiomas, ha dado paso en otras ocasiones al poco valorado silencio. Una sensación a menudo arrinconada, que abraza y ayuda a encontrarse. Que nos recuerda que no todos los espacios deben llenarse de palabras, y cuando dos personas marchan en una misma dirección, la presencia es suficiente compañía sin necesidad de verbalizar lo que ocupa la mente.

Ha sido divertido pisar el barro, mojarnos y sobresaltarnos entre truenos de tormenta. Sentarnos en el suelo, escapar de insectos y comer ciruelas cogidas directamente del árbol. Improvisar tendales y repetir tomas para explicar como es debido todo lo que encontramos, acumulando también alguna toma falsa que también compartiremos con ustedes, pues hemos hecho este camino juntos de principio a fin.

El cansancio se ha compensado con las confidencias. En torno a una mesa, a muchas mesas, hemos desgranado vida y milagros. También penas, creando un vínculo a tres bandas que va ya para siempre unido al camino.

La meta era llegar a Santo Toribio, pero al cruzar la Puerta del Perdón, ya sabíamos que la verdadera experiencia era todo lo anterior.

El placer de una cerveza fría. La calma de asomarse a un puente y ver el agua fluir. La canción que suena en los cascos y lo llena todo. El sol de primera hora y el fresco al caer la tarde. Un cuaderno en blanco. Los buenos deseos de un desconocido que nos adelanta o nos despide. Sentarse en un banco de madera y sólo mirar. Llenarnos los ojos de recuerdos. El verde y el azul multiplicado. Los vecinos asomados a la reja de sus casas, saludando con un gesto.

Ahora, once etapas después, nos llevamos la lección aprendida: la vida es todo eso que pasa sin que nos fijemos apenas. La curva, el recodo, la explanada, la escalera, el atrio o la arena. La vida nos lleva por caminos raros, sí. Disfrutarlos al máximo, únicos como suelen ser, es cosa nuestra. No perdamos el paso.

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