Lunes, 2 de octubre de 2006
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CULTURA

Arte
El regreso expositivo de Chelo Matesanz
Rigor, reflexión y humor, claves de su propuesta, 'Las flores pintadas no huelen a nada', en la galería Del Sol St.
El regreso expositivo de Chelo Matesanz
Chelo Matesanz, junto a una de sus nuevas obras. / BRUNO MORENO
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Bajo el singular enunciado 'Las flores pintadas no huelen a nada', la artista de origen cántabro afincada en Galicia Chelo Matesanz expone una selección de sus últimas creaciones en la galería Del Sol St. de Santander. Partiendo de un original planteamiento iconográfico inspirado en Los Carabeos -la fiesta carnavalesca de origen popular que se celebra cada verano en Campoo-, la exposición recoge un conjunto de obras planteadas como construcciones pictóricas, pero que presentan la particularidad de haber sido realizadas con retales cosidos.

El dibujo, base fundamental de su trabajo, se traduce en hilvanadas y pespuntes, y la pintura es simulada mediante la yuxtaposición de fragmentos textiles, siguiendo un procedimiento laborioso y meditado que comenzó a aplicar a principios de los noventa, para expresar su posicionamiento crítico hacia la tradicional consideración de la mujer como 'ángel del hogar', confinada al ámbito doméstico y dedicada a sus labores. Un lenguaje convertido en seña de identidad del trabajo de la pintora.

Con una aguja y múltiples retales por pincel, Matesanz juega con las intensidades, los tonos y los brillos de las telas recicladas (fieltro, pana, calcetines, trozos de camisas, ganchillo, bordados y cosidos) que, por otro lado, aportan su propia historia a cada obra. La temática de estas composiciones pictórico-textiles enlaza con la pintura española de carácter costumbrista, concebida por aquellos artistas que revisaron la idea de España desde el folklore, en un intento de renovación plástica que conectará tradición y modernidad. Las obras expuestas nos remiten a Zuloaga y a otros representantes del costumbrismo de veta nacional, e incluso al Sorolla, que plasmó en grandes murales lo peculiar de la indumentaria y las costumbres regionales de principios de siglo, para la 'Hispanic Society of America'. No obstante, Matesanz pervierte esta idea de reflejar la plástica tradicional con un montaje premeditadamente clásico pero irreverente, que juega con las apariencias y los modelos de representación, todo ello salpicado de ironía y humor, como ponen de manifiesto los títulos recogidos de dichos populares y refranes.

El recorrido

El escaparate de la galería muestra una especie de gorro campurriano realizado con piezas de orfebrería de Ramón Torre, que cuelga sobre una peana e introduce la exposición. A continuación encontramos un divertido autorretrato, 'Fermosura del norte', en el que, paradójicamente, su cuerpo desaparece bajo un traje popular 'pintado' con retales de colores. Siguiendo el mismo procedimiento plástico, la mayor parte de las obras reproducen a los protagonistas de Los Carabeos, los zamarrones, con sus extraños atuendos compuestos por calzones blancos, esclavinas, cintos con campanos, caretas y sombreros floreados. Una de las obras más desconcertantes es una composición de extraordinarias dimensiones, 'Te conozco bacalao aunque vayas disfrazao', en la que sujeta las telas que articulan las formas con alfileres. Se trata de una escena muy velazqueña segmentada en dos partes por el eje vertical trazado por un tronco, de tal modo que a la izquierda queda el mundo fantástico y surreal de los zamarrones portando sus pértigas -en clara alusión a 'Las Lanzas'- y a la derecha el mundo real, mucho más fotográfico y naturalista, de la gente que disfruta de la fiesta igualmente ataviada con trajes populares.

En lo que respecta a su factura, estas obras presentan unos contrastes lumínicos potentes que estrechan su relación con el medio fotográfico. Asimismo, la propia disposición de los retales de colores emula los característicos brochazos de la pintura neofigurativa de la década de los ochenta, si bien en algunas composiciones se advierten resonancias de Warhol. Entre las piezas más interesantes de la exposición cabe destacar una pandereta humanizada con el rostro de la Medusa o Górgona -aquel monstruo mitológico de espantoso semblante-, con la singularidad de que el propio objeto se ha convertido también en una Medusa, cuyos cabellos serpentiformes se corresponden con los adornos de pasamanería, pompones y trenzas de la pandereta.

Rigor y reflexión artística

Completan la exposición cinco pequeñas acuarelas sobre lienzo. A demás, Chelo Matesanz también ha reservado un espacio para propiciar la contemplación aurática, al disponer un banco frente a un lienzo -pintado por su hija pequeña- iluminado como si se tratase de una gran obra maestra colgada en un museo.

En su conjunto, la exposición plasma el rigor artístico e intelectual de la pintora, así como su constante reflexión sobre el medio plástico, en un discurso que plantea un complejo juego de proyecciones semánticas vertebrado con un humor ágil e inteligente que, tal como lo define Milan Kundera, convierte en ambiguo todo lo que toca porque representa «la embriaguez de la relatividad de las cosas humanas» y «el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certezas».



 
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