Domingo, 8 de abril de 2007
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La Torre de Pontejos
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La torre de Pontejos, antiguo y primer solar del linaje del mismo nombre, ha sufrido una agresión quizás irreparable. Se encontraba estratégicamente situada en una dominadora atalaya de ese pueblo de Marina de Cudeyo, habiendo cumplido siglos antes cometidos de vigilancia y protección, tal como era el deber de las torres defensivas medievales. Próxima se localizaba su ermita y quizás una necrópolis. Siglos más tarde, cuando declinaron los afanes guerreros se edificó una casona blasonada a la que se añadiría una magnífica portalada con los blasones de la familia Herrera, de la que proviene el genio de nuestra arquitectura, Juan de Herrera.

La torre de Pontejos resistía con coraje el desgaste del paso del tiempo y de la indiferencia de las gentes. Era similar a otras de su entorno como la de Riva-Herrera en Gajano y la de Agüero en el pueblo del mismo nombre, torres que en sus esquinas añaden compactos cilindros fabricados en piedra de mampostería confiriéndolas aspecto militar. Hasta hace pocos meses se podían contemplar aún tres de estos macizos cilindros esquinales unidos por dos anchos y fuertes lienzos que permitían imaginar una planta de alrededor de 9 metros cuadrados.

Pues bien, la torre que soportaría las duras ofensivas y sitios de los ejércitos enemigos durante las guerras banderizas, esa torre que podría contar violentos y tal vez gloriosos hechos militares, no ha podido aguantar el último y traicionero embate acometido por otro tipo de ejército más depredador.

Muchas veces me pregunto por qué los cántabros, tan orgullosos de nuestras raíces y de nuestra historia, desdeñamos el patrimonio y permitimos que poco a poco vaya desapareciendo, siendo este capital perdido la huella y el espejo de esa historia que nos imprimió el carácter.

Nuestra generación únicamente es depositaria del patrimonio y lo debe gozar de forma usufructuaria, con la obligación de mantenerlo y conservarlo para de esta manera legarlo a las siguientes generaciones y que estos a su vez se reconozcan en él y lo conserven para los siguientes. Tal como van las cosas, es probable que en la futura historia que se escriba se nos considere artífices y culpables de la pérdida de nuestra identidad arquitectónica, fantástico patrimonio, que antes otras generaciones supieron conservar.

El patrimonio destruido en los últimos tiempos es enorme y se sigue perdiendo cada día de manera irreversible. Hace pocos días el viento tiró el último lienzo de la torre de Villapresente y cayó por el mismo motivo la de Linares. La de Guriezo de los Velasco fue arrasada, no por los huracanes sino por la ignominia. Y se oyeron voces de que la de Alvarado en Heras podía desaparecer y también la de Calderón de la Barca en Viveda (en cualquier país de Europa esta torre sería un museo) y corren el mismo riesgo la de los Hoyos en Villanueva de la Peña, la de Ceballos Riaño en Cayón, la de Viluma en Aras, la de Colina en Barcena de Cicero, la de los Acebedos en Hoznayo, la de Cubillas en Ajo, la de Mogrovejo, la de Quintana en Soba, la de Riva-Herrera en Santander, la de San Miguel de Aguayo, la de Alvarado en Secadura, la de Cobejo y tantas otras cuya larga lista cansaría al lector. Estas torres incluidas en esta ampliable y siniestra lista tienen probablemente los días contados y con su final se oscurece parte de nuestra historia.

Estoy de acuerdo con Miguel Ángel Aramburu-Zabala en que para conseguir una eficaz conservación del patrimonio deben concurrir una serie de circunstancias favorables que actualmente no se dan en Cantabria. Los diferentes estratos sociales que son responsables del mantenimiento debieran engranarse perfectamente y de la correcta armonía entre ellos se derivaría la conservación patrimonial.

En condiciones normales un primer estrato, debiera estar configurado por los ciudadanos con sensibilidad que en ocasiones pueden organizarse y asociarse surgiendo diferentes grupos conservadores del patrimonio como Cantabria Nuestra, Bisalia, Arca, Asociación Cívica Limpias 21, Amigos del Patrimonio de Laredo o la Federación de Asociaciones Acanto Un segundo estrato estaría conformado por el fenómeno constructor, en cierta forma motor económico nacional. El tercer estrato lo compondrían los especialistas, grupo heterogéneo en el que caben arquitectos, historiadores, profesores, catedráticos y otros expertos cuya voz debería ser escuchada obligatoriamente. Corresponde a este grupo trabajar en armonía con el cuarto estrato ligado al poder político, tanto de la Comunidad Autónoma como de los Ayuntamientos.

La armonía entre estos diferentes estamentos redundaría en una buena gestión y conservación del patrimonio, pero actualmente estamos muy lejos de vivir esa idílica situación y el primer sector (afortunadamente cada vez más amplio) aunque intente hacerse oír en pocas ocasiones es escuchado, situación no demasiado diferente a la del tercer estrato de expertos que en muchas ocasiones, tanto Consejería de Cultura como Ayuntamientos, minimizan y en ocasiones maltratan.

El grupo inmobiliario y constructor está dotado de un fuerte potencial económico y gran capacidad de maniobra y su actividad en ocasiones puede afectar a la perdida del patrimonio, tema para este sector lógicamente secundario a su propia actividad.

Pero actualmente el verdadero valedor de la buena o mala gestión es el cuarto estrato de poder al que definiríamos como político. Éste, salvo situaciones puntuales, toma y asume las decisiones, en ocasiones desoyendo las opiniones de los ciudadanos, de las asociaciones y de los expertos y por tanto es este grupo el que debe asumir la mayor responsabilidad ante los desastres tan frecuentes. Es fácil entender que en esta situación el patrimonio se llevará la peor parte.

La torre de Pontejos ha sufrido, al igual que otras, esta circunstancia y unilateralmente se la ha utilizado para unos planes que pudieron ser buenos, pero que por los defectos que se explican, han conseguido lo que no pudieron las guerras banderizas y el tiempo, acabar con ella.

Sus antiguas piedras que mostraban el sabor del paso de los años fueron tratadas como si se montase una tapia para un chalet, limadas sus asperezas y emplastadas con cemento sus rancias grietas. Su ancho lomo fue igualado con cemento y adornado con una barandilla metálica, añadiendo frívolamente las piedras que necesitase, incluso una pequeña rampa para subir. Uno de sus cilindros fue 'mejorado' estrechándolo en su mitad.

Aquella añeja torre medieval se ha travestido en una especie de mirador, olvidando mencionar en un cartel explicativo que ese engendro fue en una época la torre de los Pontejos, la que dio el nombre y la historia a aquel lugar.

 
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