Hace unos días el crítico cultural José Javier Esparza comentó, en su sección 'El Invento del Maligno' de este periódico EL DIARIO MONTAÑÉS, la convocatoria anual de la Federación Ibérica de Asociaciones de Telespectadores y Radioyentes proponiendo que el día diez de mayo sea en España un día sin televisión. Una iniciativa a la que se añade otra de Ecologistas en Acción no ya sugiriendo un día sin tele sino una semana, la presente. La primera apuesta, infiere el humanista Esparza, reclama una televisión pública digna de ese nombre, con una autoridad que limite los excesos contrarios a la ética, favorezca el bien común y particular, reduzca la saturación publicitaria y cumpla con rigor la normativa de protección del público infantil respecto a los contenidos y horarios televisivos. Y la segunda es una iniciativa de Ecologistas en Acción para divulgar que la tele conduce al consumo masivo y al aislamiento social, lo que, a su vez, desgasta los recursos del planeta al capricho del mercado económico y debilita la relación de las personas.
El autor de estas líneas no tiene televisión ni la quiere, ni ahora a los cuarenta y dos años de edad, ni antes, ni -salvo metamorfosis conductual- después. Lo que no supone que niegue a la televisión su valía como un ingenio comunicacional capaz de lo mejor y de lo peor según quien controle cada emisora. Y tampoco rechaza un televisor en su casa en las aldeas de Lamasón por aversión a las imágenes de la pequeña pantalla: al contrario, la técnica ha logrado que las transmisiones y el sonido televisivo sean como una ventana a lo imposible y un espejo mágico de la realidad. Asimismo, en ocasiones le gusta ver un evento deportivo, un largometraje o un programa ameno, y se acerca al bar del pueblo para compartirlo con los vecinos al calor de la conversación y la lumbre. Pero ni tiene televisor ni lo tendrá porque estima que un televisor (y hay familias que tienen casi uno en cada habitación) es un intruso en la intimidad hogareña, una pérdida de tiempo para leer, escuchar o interpretar música, escribir, cultivar frutales, hacer deporte u otras actividades, representa un obstáculo a los momentos de intimidad, conversación y trato familiar y de amistad, y una rendición intelectual al mercado social que contamina la libertad del espíritu y agosta las relaciones interpersonales.
Objeciones que presuponen una televisión sana e instructiva y no las mezquindades, groserías y envilecimientos de la telebasura española, contra la que en múltiples ocasiones esta columna ha expresado su enérgico rechazo ético y su desprecio intelectual y estético, avisando de su peligrosa capacidad de destrucción del criterio de los jóvenes, los niños e, incluso, de los adultos. Una telebasura que, hoy, en España, es un invento no del Maligno sino de la libertad mal empleada y un estudiado cauce de alineación de la masa por las elites que ostentan y detentan el poder desde las cadenas televisivas y el imperio económico. Quizá sugerir hogares sin televisión sea un brindis al sol, porque las excusas en pro de tener televisión son casi tantas como el número de sus espectadores, comenzando por las tan conocidas «lo importante no es tener televisor sino saber apagarlo» o «sólo veo las noticias y los deportes» hasta acabar por «qué hago con los niños de siete a nueve» o «al regreso del trabajo estoy agotado para leer» o «de qué hablo con el cónyuge hasta la hora de dormir». Empero, propuestas como prescindir o controlar la televisión son necesarias en aras de una sociedad justa, de un mundo ecológico, de unos ciudadanos con criterio y como motivación de la gente para combatir la manipulación ideológica y la esclavitud materialista de la televisión en España.
Por estos argumentos estas líneas elogian tanto la iniciativa de la Federación Ibérica de Asociaciones de Telespectadores y Radioyentes para que el día diez de mayo no se vea la televisión como la de Ecologistas en Acción postulando que no se encienda el televisor esta semana. Quizá sean ocasión para comprobar que la prensa, los libros, la radio, el vídeo, el DVD, el cine y el teatro son eficaces instrumentos de comunicación que evitan la fea mediocridad de la mayoría de los programas televisivos en España y derrotan su dictatorial presencia en los hogares. Quien escribe esta columna semanal apoya y felicita su sugerencia de no encender el televisor de su casa por unos días. Amable lector, súmese a este desafío: sin cadenas televisivas su vida cambiará.