Domingo, 6 de mayo de 2007
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SOCIEDAD

Domingo - I
JOSÉ MARÍA MARTÍN PATINO, PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN ENCUENTRO / «Todo el mundo echa en falta políticos que se entiendan»
El presidente de la Fundación Encuentro, que vivió la Transición en un lugar privilegiado, critica el fundamentalismo y la intolerancia imperantes
JOSÉ MARÍA MARTÍN PATINO, PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN ENCUENTRO / «Todo el mundo echa en falta políticos que se entiendan»
José María Martín Patino, en su despacho de presidente de la Fundación Encuentro, un excelente observatorio de la realidad española. / JOSÉ RAMÓN LADRA
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BIOGRAFÍA
Nació en Salamanca, en 1925.

Formación: Licenciado en Filosofía Eclesiástica por la Pontificia de Comillas, en Filosofía Clásica por la Universidad de Salamanca y en Teología por la Sant Georgen de Fráncfort. Se doctoró en Teología por la Pontificia Gregoriana de Roma.

Trayectoria: Fue ordenado sacerdote en 1957 e ingresó en la Compañía de Jesús en 1960. Ha sido director del Secretariado Nacional de la Liturgia, consultor de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y provicario general de la Archidiócesis de Madrid-Alcalá. También ha sido profesor en la Universidad de Comillas y director de la revista 'Sal Terrae'. Preside la Fundación Encuentro desde 1984.

Obra: Es autor de varios libros, entre ellos 'La Iglesia en la sociedad española'.

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José María Martín Patino (Lumbrales, Salamanca, 1925) preside la Fundación Encuentro, una entidad cultural privada entre cuyos patronos se hallan grandes empresas de diversos sectores que tiene como finalidad estudiar desde distintos ángulos los problemas de la sociedad española y promover el diálogo para su resolución. El informe anual que publica desde hace catorce años, con la colaboración de reconocidos especialistas, está considerado uno de los mejores -si no el mejor- análisis sobre la realidad española. Desde esa atalaya, Martín Patino, jesuita formado en la Filosofía y la Teología, que vivió la Transición en un puesto de privilegio, como 'mano derecha' del cardenal Tarancón, observa preocupado la intolencia que impera en la vida política española y reclama un diálogo profundo entre los diferentes grupos para hacer frente a los problemas reales de la ciudadanía.

-El Gobierno ha emprendido algunas reformas sociales de gran calado. ¿Había demanda social o el Ejecutivo ha asumido un papel de vanguardia?

-No sé si había demanda. El CIS dice que las principales preocupaciones son el paro y el terrorismo. Es cierto que los problemas de igualdad, en todos sus términos, existen pero no sé si algunas reformas eran tan explícitamente solicitadas. Yo creo que se han abordado algunos problemas que sin duda habría que resolver en el futuro, pero a veces se precipitan las cosas. España está haciendo un curso acelerado de modernismo, pero me parece a mí que el modernismo es sobre todo igualdad y bienestar. Quienes mejor conocen los problemas de los ciudadanos son los alcaldes: ellos tienen los problemas; en cambio, carecen de recursos. Se ha creado una cultura de la indigencia y la subvención.

-En los informes de la Fundación se habla mucho de la enseñanza y sus problemas. Parece una gran preocupación.

-Estamos en un período de continuas reformas. Aún nos estamos preguntando si una ley puede resolver el problema de la enseñanza. Pero no es eso: el verdadero problema está en los profesores. De ser un poder hegemónico en la transmisión de información a sus alumnos han pasado a ser uno más. Hoy, cualquier alumno recibe información por un montón de vías. Información no digerida, y por tanto sin llegar al estadio del conocimiento, que exige una sistematización. Ese desafío es enorme. Y los resultados, dudosos. El Gobierno ha hecho un gran esfuerzo por dotar a todas las escuelas de ordenadores. Y muchas los utilizan para dar clases de informática. Sería mejor usarlos para la propia pedagogía, porque el profesor tiene que ayudar al alumno a aprender. Y éste debe saber que va a tener que seguir aprendiendo a lo largo de toda su vida.

La guerra por sí misma

-Usted insiste en la necesidad de diálogo y pacto para abordar las leyes que afronten los grandes problemas del país. ¿Echa en falta el espíritu de la Transición en este momento que muchos califican de segunda transición?

-Falta un espíritu de transacción. Porque pactar es ceder a cambio de algo. No da la impresión de que el consenso preocupe hoy a los políticos. Más bien a veces parece que buscan la guerra por sí misma. Sin embargo, no creo que eso dé réditos electorales. Creo que la oposición se desgasta más fabricando diatribas que con otra actitud.

-¿Ha llegado la crispación a la calle?

-Sí. Todo el mundo echa en falta políticos que se entiendan. Para resolver problemas de verdad, deben entenderse. Mire lo que pasa con el problema vasco. Hay dos estrategias completamente diferentes y no parece que exista ningún afán por ponerse de acuerdo. Todo gobernante debe trabajar para que haya acuerdos para conseguir que la violencia termine. Pero cuando ha habido algún síntoma de negociación, la oposición se ha puesto nerviosa. No creo que haya ganado muchos votos con eso. El Gobierno ha hecho lo que ha podido, y creo que está haciendo algo. En ese sentido, yo no entiendo muy bien una exclusión tan general del mundo abertzale. Ahora hay más gente en este entorno que rechaza la violencia, y hay que contar con ellos. Pero parece que eso ni se puede decir. Estamos entrando en disquisiciones de orfebrería jurídica que no entiendo.

-¿Se está generando odio? Nunca como ahora se ha deseado la muerte al presidente del Gobierno en una pancarta...

-Ha crecido el fundamentalismo político, la gente que entiende que no se puede ceder ni un milímetro, los intolerantes que vigilan y descalifican con todas las armas disponibles a quien se desvía. Zaherir es algo habitual en el discurso político de cada día. Se extiende una estrategia de sospecha sobre el adversario y eso ya es una victoria, porque luego será él quien deba demostrar que no hay nada. Aquí se piden demostraciones a quien es acusado, en vez de tener que demostrar lo que sea quien acusa. Eso va contra el sentido común. Sobra intolerancia, desde luego.

-¿Esa tensión se explica porque ahora manda en los partidos una generación que no hizo la Transición y por tanto que no teme la posibilidad de una guerra o de una dictadura?

-Se acusó a la Transición de ser víctima de la amnesia. No es cierto. Se hablaba y mucho del pasado, porque quería evitarse a toda cosa volver a él. Todos tenemos cuentas con el pasado, pero nunca se plantean claramente. Todos hemos cometidos errores. Incluida la Iglesia, que apoyó una sublevación militar que en su origen no tenía ninguna idea religiosa.

-¿Qué papel juega la Iglesia ahora?

-No tiene una posición muy clara. Hay grupos muy activos que están cerca del fundamentalismo, y otros en tránsito hacia algo distinto, hacia una Iglesia diferente. Hay expectación sobre lo que puede pasar: unos tienen miedo ante el futuro, y otros creen posible una Iglesia más cercana al pueblo.

Dialogar con el laicismo

-¿La beatificación de medio millar de personas que murieron en la guerra ayuda a cerrar heridas o las reabre?

-Tengo dudas. Debería contribuir a la pacificación, porque permite ver que hubo personas que no tenían participación directa alguna en la guerra y que fueron víctimas con las que hubo un ensañamiento feroz. En el bando de Franco, inicialmente no hubo ningún interés por la religión. Vino luego. Pero también es cierto que los obispos conocieron la represión durante la guerra y después, y callaron. Creo que la Iglesia tendría que explicarse por aquello. O por lo menos decir dónde estuvo el error.

-Ahora por lo menos ha reconocido que no apoyó de forma suficiente a las víctimas del terrorismo.

-No ha estado a la altura de las circunstancias. Ni lo estuvo durante el franquismo ni lo ha estado con el terrorismo. Es cierto que lo tiene en cuenta, que lo ha interiorizado, pero otra cosa es que sepa qué hacer ahora.

-¿Qué debe hacer cuando el Parlamento, que legisla para católicos y no católicos, aprueba leyes con las que no está de acuerdo?

-Es otro asunto que no está bien resuelto. Las ideas no están muy claras. Hay unos principios éticos y morales que las leyes deben tener en cuenta. Se trata de principios prepolíticos que no deben estar a merced de las mayorías que haya en cada momento. Muchos de ellos están recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Son principios que la Iglesia defiende, pero no siempre ha sido así.

-¿Por qué?

-Vea lo sucedido con la libertad religiosa. El Concilio Vaticano II proclamó esa libertad. Aquí llegó tarde, porque ya nos habíamos matado por eso. Pero bueno, los liberales lo habían reclamado antes, y la Iglesia se negó a aceptarlo. Luego fue la Iglesia la que se opuso al Concordato precisamente para no hipotecar la libertad religiosa.

-Hablando sobre leyes concretas, ¿qué puede hacer la Iglesia cuando no le gustan?

-Hay leyes que no gustan a la Iglesia y que son muy discutibles, sobre todo las que se refieren de una u otra forma a la procreación. Hoy hay más familias rotas que antes, y más abortos, eso es evidente. Pero también lo es que pasa en toda Europa, porque es consecuencia del secularismo, y eso no es un asunto sólo de Zapatero. Creo que no se puede hablar contra el secularismo y el laicismo sin dialogar con ellos. El sano laicismo de las sociedades modernas puede ser un punto de partida para dialogar.

-¿Por qué no se hace?

-El problema es que a su lado hay un laicismo radical y un catolicismo integrista que no van a ponerse de acuerdo nunca. En 2005 se cumplieron cien años desde la separación de la Iglesia y el Estado en Francia, algo que fue traumático en su momento, pero ya no lo es ahora. No todos los laicismos son iguales: hay uno que busca dónde debe estar el pensamiento religioso y dónde no debe estar. Con ese hay que dialogar. Y debemos estar seguros de otra cosa: se hablará cada vez más de religión, porque el ser humano necesita de la trascendencia, y porque la relación entre religión y política es un problema en todo el mundo.

 
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