Miércoles, 6 de junio de 2007
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Un largo y duro camino
Un largo y duro camino
Garaje de Nueva York donde fueron encontradas las piezas de Quintanilla, postradas al fondo. / DM
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El pasado 26 de abril se conmemoraba el 70 aniversario del bombardeo de Guernica. Esta terrible acción produjo una obra de arte que se ha convertido en emblema contra el horror y la destrucción de las guerras. El día en que se recordaba este incivil acontecimiento, la Universidad de Cantabria le comunicaba al equipo seleccionado el encargo de la restauración de los cinco frescos sobre la Guerra Civil realizados en 1939 por Luis Quintanilla para el Pabellón español en la Exposición Universal de Nueva York.

Cuando en 1924, Luis Quintanilla (Santander, 1893-Madrid, 1978) se traslada a Italia para aprender la técnica del fresco de mano de los artistas del Quattrocento, era un joven de 31 años que se había formado estéticamente en los rigores del cubismo junto a Juan Gris, al que conoció en su primera estancia en París, entre 1912 y 1915. También conocía personalmente los experimentos del expresionismo alemán, y a comienzos de los años 20 había aprendido a grabar a buril junto a André Dunoyer de Segonzac en su segunda estancia parisina, donde también aprendió a repujar el cuero, que trabajó de modo relevante en el marco del tríptico 'Lírica y Religión', de Gustavo de Maeztu.

A su vuelta de Italia, realizará un importante número de encargos, entre los que se encuentran los frescos del Consulado de Hendaya (1928), los de la Sala de Conferencias de la Casa del Pueblo (1931), los del Pabellón de Gobierno de la Ciudad Universitaria (1932) y los del Monumento a Pablo Iglesias (1934-36).

Por eso es fácil comprender que, nuevamente, escogiera esta técnica para el encargo del gobierno de la República, los cinco grandes paneles titulados 'Dolor', 'Destrucción', 'Huida', 'Soldados' y 'Hambre', que agrupó bajo el genérico nombre de 'Ama la paz y odia la guerra'. Estos frescos que, hasta su descubrimiento y visionado, creíamos estaban realizados sobre placas de hormigón, tienen deuda con Italia hasta en su soporte, ya que Quintanilla pintó sobre unas gruesas placas realizadas con mortero de cal y polvo de mármol, el mismo material empleado por Miguel Ángel para la Capilla Sixtina. Es posible que, al igual que el genio italiano, Quintanilla buscase que sus dolientes figuras emitieran ese sutil brillo que solo el polvo de mármol transmite.

Un complejo proceso

En el año 1990 la prensa neoyorkina publicaba la noticia de la aparición de los cinco frescos que todos creíamos destruidos, a juzgar por las palabras del propio artista a su sobrino Joaquín, único dato con el que contábamos hasta el momento, que reconocía haberlos guardado en un almacén donde unas fuertes lluvias acabaron con ellos.

Ese mismo mes de noviembre se hacía eco del descubrimiento la prensa nacional y regional española. Para entonces conocía la noticia de primera mano gracias al profesor Jerald Green, quien llevaba años investigando la figura de Luis Quintanilla, sobre el que había pensado redactar una biografía. De hecho fue Green el encargado de autentificar en aquellos primeros momentos los frescos. Por espacio de más de un año -como lo atestigua el epistolario que conservo cruzado con el profesor- intentamos infructuosamente que el Ministerio de Cultura comprara los frescos. De aquella primera etapa recuerdo una entrevista con el Sr. Guirao, entonces Subdirector General de Bellas Artes, pero todo resultó un sueño inalcanzable; desgraciadamente el propietario del cine, carente de la más mínima sensibilidad por el arte y pensando que tenía entre manos las obras de un Picasso, pidió la desorbitada suma de 2,5 millones de dólares. Ante la negativa de compra por parte del gobierno español desapareció con los cinco frescos. Había vendido el inmueble, hoy convertido en una farmacia, y guardó los frescos, esperando la ocasión de poder sacar más adelante pingües beneficios. Pero pasaron los años; para el profesor Green, Luis Quintanilla ya no poseía la misma emoción que años atrás y además comenzaba a sufrir las primeras manifestaciones del Parkinson. En diciembre de 1999 estuvo en Santander participando en el Congreso sobre la Guerra Civil y me informó de que el señor Souto, propietario de los frescos, había desaparecido con las obras. Fue entonces cuando desconsolada por la noticia y la lejanía decidí tirar la toalla. Les empecé a considerar, tal y como Quintanilla había vaticinado, perdidos. Pero cuando en 2004 preparaba la edición de 'Pasatiempo, la vida de un pintor' (las memorias del pintor, publicadas por Edicios do Castro) le comenté a Paul Quintanilla, el hijo del artista, la necesidad de hacer el último intento por localizar a Souto, coincidiendo con su deseo de donar a la Fundación Bruno Alonso alguna de las obras que tenía depositadas en Madrid en casa de un familiar. Green hacía años que, debido a su enfermedad, había roto su contacto con nosotros, pero gracias a una colaboradora suya consiguió Paul la dirección del Sr. Doyle, abogado de Souto. Seguía interesado en vender los frescos. A partir de ese momento comenzaron unas largas y tensas negociaciones.

Durante los casi quince años transcurridos desde la aparición de los frescos en 1990 hasta que localizamos de nuevo a Souto, había hecho míos unos versos creados por Antonio Machado para Luis Quintanilla. «Sabe esperar ( ), todo el que aguarda sabe que la victoria es suya». Y aprendiendo a esperar, el señor Souto fue bajando la cantidad que pedía por las obras hasta llegar a un precio que consideré razonable para intentar conseguir la ayuda de alguna institución interesada en el rescate. Así fue como en el verano de 2005, coincidiendo con el final de la exposición 'Luis Quintanilla, estampas y dibujos en el legado Paul Quintanilla' realizada en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria en colaboración entre la Fundación Bruno Alonso, depositaria de las obras, la UC y Caja Cantabria, le comenté a Javier Gómez mi deseo de encontrar una institución que estuviera interesada en recuperar los frescos. La idea le pareció de sumo interés y se la trasladó inmediatamente al rector, quien creyó que el Patio del Paraninfo sería un lugar inmejorable para exhibir los frescos. Al poco tiempo me comunicaban que tenía luz verde para las negociaciones. Por espacio de casi un año seguí intentando, con la ayuda de Paul, que se rebajara el precio de venta, hasta que en junio de 2006 se cerró definitivamente el precio de compra. Después vino el viaje a Nueva York en agosto para autentificar las obras y comprobar su estado. Y por fin, en la primavera de 2007, llegaban a Santander estos cinco frescos que denuncian el dolor de las guerras y los horrores que éstas siempre producen.

Vicisitudes históricas

Tan interesantes como las vicisitudes para la compra de las obras son las pasadas por los frescos desde su ubicación en el local de Bleeker Street donde fueron encontradas.

El edificio del cine en el que se encontraban había sido construido en 1832 por Plácido Mori como restaurante. Mori era amigo del novel arquitecto Raymon Hood, al que le dio un ático en el edificio. Hood se acabará convirtiendo en uno de los más famosos arquitectos americanos de la primera mitad del siglo XX (realizó el edificio del Chicago Daly Tribune y proyectó el Rokefeller Center). En 1920 Mori le encargó el diseño de una nueva fachada para el edificio y Hood le confirió un aire clásico al colocarle una hilera de columnas dóricas en la planta baja y unas decorativas cornisas de piedra sobre las ventanas. Ese aire historicista se sigue percibiendo hoy, reconvertido el inmueble, como ya hemos señalado anteriormente, en una farmacia.

En 1937 se cerró el Restaurante Mori y el edificio permaneció vacío hasta 1944, año en el que se trasladan al inmueble la Free World House, junto a otra serie de organizaciones con nombres que sugieren un carácter antifascista. Es probablemente en ese momento cuando Luis Quintanilla debió de colocar sus frescos en el pasillo. Las organizaciones antifascistas tuvieron problemas para subsistir económicamente en el local y el inmueble se convirtió en 1946 en el Restaurante Montparnasse. Ahí comenzaban las aventuras para los frescos en su nuevo domicilio. El dueño de este restaurante francés pidió a Sydney Simon, pintor y escultor americano que vivía en el ático, que repintara los frescos de Quintanilla con alegres vistas parisinas, pues la temática no le parecía adecuada para un restaurante.

Simon dijo entonces que pertenecían al famoso artista español Luis Quintanilla y que no las borraría; si el dueño del restaurante persistía en su descabellada idea lucharía con la Equity Artist encerrando los frescos bajo llave. El dueño del restaurante acabó aceptando los murales.

El siguiente propietario del in-mueble fue Jackie Raynal-Sarre, que abrió un cine de arte y ensayo en 1962; años después este cine fue comprado por John R. Souto quien lo convirtió en el cine porno, que cerró al público en agosto de 1990. Fue entonces cuando, al ver que aquel que en otro tiempo fuera emblemático cine-teatro vanguardista iba a convertirse en un comercio, un importante número de escritores recordaron que en un olvidado pasillo de emergencia existían cinco frescos y alertaron a corresponsales del New York Times, quienes denunciaron la necesidad de rescatar estas interesantes obras de arte.

Hoy en día el local se ha convertido en comercio farmacéutico; los frescos fueron arrancados de las paredes por el señor Souto y conservados en unas condiciones ausentes de respeto para estas creaciones.

Himno a la paz

Los cinco frescos han sufrido una vida llena de sin sabores, al igual que el autor, cuya vida en el exilio estuvo plagada de todo tipo de avatares. Pero, por fin, han podido volver a casa, ya que ésta es, sin lugar a dudas, su patria. De este modo, al igual que le ocurrió al pintor años atrás, regresan abatidos; las penas sufridas en el exilio se traslucen en su aspecto, si bien su concienzuda restauración logrará sanar sus heridas para que se muestren por primera vez en su historia a las generaciones de españoles a las que se les privó de disfrutarlos durante décadas.

Al igual que el Guernica se han convertido no solo en iconos de la guerra, sino también del exilio. Pero existen marcadas diferencias entre ambos encargos del gobierno de la República. La obra de Picasso es mucho más expresionista; no debe extrañarnos, es el grito de horror ante el primer bombardeo de población civil poco tiempo después de comenzar la contienda. Las figuras de Luis Quintanilla quien, al contrario que Picasso, sí conoció en directo los horrores de la guerra, ya no gritan, no tienen fuerza para ello. Ven inminente la derrota y es tanto lo que han sufrido y lo que han visto sufrir que arrastran sus cuerpos sin esperanza por una tierra destruida que sólo acoge cadáveres de mujeres y niños. No cabe más tristeza en los ojos de estos seres, cuyas manos son tremendamente expresivas. Así construyó Quintanilla su himno a la paz, en contra de la irracionalidad de cualquier guerra.

 
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