Miércoles, 4 de julio de 2007
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Más cariño para nuestros ancianos
Se puede pedir cariño en la sociedad materialista? Quizá sorprenda, pero creo que es necesario hacer esa petición. En otras ocasiones, en estas mismas páginas, me he referido a la necesidad de una decidida intervención social por parte de los poderes públicos para atender a las necesidades de los ancianos. He dicho que me sorprende la gran diferencia existente entre la atención que se da a las políticas de igualdad, con el justo propósito de acabar con las desigualdades entre hombres y mujeres, a las políticas de juventud, también absolutamente necesarias, y la poca atención que se da a los ancianos. Considero que aunque se han dado pasos importantes, todavía es una asignatura pendiente. Les daré un dato: conozco de cerca la situación de varias personas ancianas, de más de ochenta años, que viven solas, ¿saben cuántas veces les ha visitado un asistente social para interesarse por su situación? Ninguna. Únicamente uno de estos ancianos recibió la visita, hace unos años, de un grupo de Cáritas. Eso sí, puntualmente les llega el recibo de la contribución.

Pero, como indicaba más arriba, hoy no voy a hablar de políticas sociales, hoy quiero hablar de algo más fundamental, de actitudes (eso sí, las actitudes tienen que estar en la base de la acción social).

¿A quién me atrevo a pedir más cariño para nuestros mayores?, pues a toda la sociedad, porque el anciano que vive en el primer piso, el que nos cruzamos en la calle, el que llega al hospital, es 'nuestro' anciano. Es decir, la responsabilidad de su bienestar es de todos; dicho de otro modo, si está sólo o si tiene carencias es porque nosotros nos hemos cruzado de brazos o hemos mirado para otro lado (pero, eso sí, aquí todos somos muy solidarios).

Permítanme una referencia personal: nunca podré agradecer de forma suficiente las muestras de afecto que todos los días tiene con mi madre la gente de su barrio. En la tienda de ultramarinos, en la peluquería, en la farmacia, en su pequeño mundo, la regalan gestos de aprecio. Nada más salir de casa se encuentra con cuatro o cinco personas que la saludan con una palabra o un gesto amable. Sí, afortunadamente, todavía se puede creer en la gente y, también, podemos felicitarnos porque siguen existiendo espacios de convivencia solidaria en nuestras ciudades. Pero no todos los ancianos tienen tanta suerte, hay muchos que viven solos, algunos tienen carencias materiales y son más los que carecen del necesario calor humano.

Un dato es revelador: a muchas mujeres latinoamericanas y a muchas de las que vienen de Europa del Este les sorprende lo mal que cuidamos a nuestros ancianos. Les llama la atención la falta de respeto o consideración con que algunos tratan a los mayores cuando están en un medio de transporte público o van por la calle; tampoco comprenden la falta de afecto y cuidado que algunas familias tienen con sus abuelos.

Está claro que España ha progresado mucho en el orden material, nuestra calidad de vida es muy superior a la de hace unas pocas décadas, poseemos más derechos políticos y sociales, pero algunas buenas costumbres se han quedado por el camino. ¿No convendría recuperarlas? ¿No estaría bien que aprendiésemos de los latinoamericanos el afecto con que tratan a sus mayores? (por cierto, algún día habrá que hacer un monumento a las inmigrantes que cuidan a nuestros ancianos -sí, y también a las mujeres de aquí: hijas, nueras, familiares y personas contratadas, que atienden con infinita paciencia y calor a los abuelos que carecen de fuerzas para valerse por sí mismos-).

¿Por qué hay que cuidar a nuestros mayores? En primer lugar, según mi criterio, es una obligación moral, que responde al imperativo de ayudar al prójimo. Además, el comportamiento solidario, la ayuda mutua, es funcional para el grupo: hoy soy yo quien presta ayuda, mañana, si lo necesito, serán otros los que me atenderán; de esta forma la sociedad se hace fuerte, progresa y aumenta el bienestar colectivo. Por cierto, siempre me sorprenden aquellos que se preocupan mucho por el lince ibérico, pero se olvidan de que su vecino anciano no puede salir de casa por culpa de una barrera arquitectónica. Tampoco comprendo a esos que se movilizan por los desfavorecidos del otro lado del planeta mientras que se muestran indiferentes con la soledad de los que tienen a su lado, ¿será una cuestión de falta de exotismo?

Además de por responsabilidad social, hay que atender a los ancianos porque es una oportunidad para poder expresar nuestro afecto y haciéndolo nos convertimos en mejores personas. Es una experiencia que subrayan muchos de los que atienden a personas mayores y los que colaboran en grupos de voluntariado social: los ancianos, los enfermos, los discapacitados y otras personas que necesitan ayuda aportan mucho a los que les atienden y, de forma indirecta, al conjunto de la sociedad. Eso sí, se trata de una aportación diferente, se trata de algo que no se puede medir en términos económicos.

El 'ayudado' te hace más humano, hace que surja la ternura, la gratuidad. Atender a un anciano te permite ser un poco menos estúpido y ver con más claridad lo poco importante que es pelearse por el prestigio social o trabajar para ganar más dinero y poder comprar el último modelo de televisión. Todos los que ayudan manifiestan que sentirse útiles para otras personas les proporciona seguridad. Se valora todo con más perspectiva, es más fácil ver lo que es importante y lo que sólo son espejismos y engaños de la sociedad de consumo de masas, dónde el tener y el parecer han puesto en un segundo plano los valores del ser y del encuentro personal.

En las sociedades del pasado los ancianos desempeñaban importantes funciones sociales: eran quienes atesoraban las tradiciones y los que las transmitían a los nietos. También, como poseedores de la experiencia y del secreto de la calma y el sosiego, velaban por el cumplimiento de la norma y aportaban la necesaria ecuanimidad a la hora de dirimir los conflictos.

Hoy en día, la tradición se guarda en los libros y hay especialistas para regular el orden y para educar a los niños, pero ¿Dónde se transmite la paciencia? ¿Quién enseña lo que es la ternura? ¿Quién les va a mostrar a los niños el significado de la serenidad, de la ayuda mutua, de la fragilidad, del deterioro natural del cuerpo? ¿No es una gran pérdida social y humana que los niños no convivan con sus abuelos? ¿No sería de un gran valor formativo que los ancianos contasen a las nuevas generaciones como fue su infancia y su juventud, cómo trabajaban y cómo vivían; es decir, las carencias materiales de la mayoría y el gran esfuerzo que casi todos tenían que hacer para vivir?, ¿no es valiosa esa historia real? La poca atención que reciben nuestros ancianos, ¿no es un claro indicador de que nuestra sociedad se está desarrollando de forma desequilibrada? ¿No es un grave error que no demos calor a los abuelos y que no nos dejemos abrazar por ellos?

Permítanme concluir con dos citas. Relata Miguel Delibes en 'Las ratas': «También aprendió el niño, junto al abuelo Román, a intuir la vida en torno ( ) Unas huellas, unos cortes, unos excrementos, una pluma en el suelo le sugerían, sin más, la presencia de los sisones, las comadrejas, el erizo o el alcaraván». Y José Luis Sampedro cuenta en 'La sonrisa etrusca': «El viejo sostiene al niño en brazos, envuelto en una manta ( ) Para gozar del privilegio de esa carga, para respirar tan cerca ese olor corderil, el viejo duerme cada noche en alerta». No comprendo a esos que se movilizan por los desfavorecidos del otro lado del planeta mientras que se muestran indiferentes con la soledad de los que tienen a su lado

 
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