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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Opinión

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Hay un artículo de Benito Pérez Galdós publicado en 1890, que recoge el emotivo momento de la partida de los emigrantes del puerto de Santander. Es un relato que he lamentado no se haya publicado en alguna de nuestras revistas. La salida de jóvenes emigrantes de todas las provincias del norte de España fue una escena patética muy común sobre todo en el siglo XIX. «Santander y La Coruña-escribe el novelista- son los puntos donde los embarques alcanzan cifras más altas. Del primer puerto salen los emigrantes para las Antillas y Veracruz; del segundo, para los mismos puntos y además para el Plata. Vizcaya embarca gente para Chile y los puertos del Mediterráneo, para todas partes, y singularmente para la Argelia».
Galdós subió a bordo habló con los muchachos y presenció aquellos momentos previos a la salida. ¡Que bien describe el novelista el parco equipaje que llevaban, la emoción de la despedida, el miedo al mareo y, lo que es peor, la perdida de la familia y del pueblo, para ir a un país extraño! Y sigue escribiendo: «¡Pobres chicos! Son la flor de la raza, lo mejor, lo más robusto, lo más saneado, el brazo de la agricultura, el nervio del ejercito. Al dejarles partir nos vamos quedando sin labranza y sin milicia, y sólo nos consuela la idea de que con ellos inoculamos sangre nueva y vigorosa en pueblos que son como reproducción de nosotros mismos».
Las Compañías de Servicios marítimos salían periódicamente de nuestro puerto con carga y pasaje con destino a diferentes localidades del mundo. El pasaje más abundante y pobre era el de la emigración que viajaba en las cubiertas bajas de popa y proa, bajo el sollado. Esa sangría de la emigración se debía a que no había trabajo y era preciso enviar los hijos fuera, cuando era la familia numerosa. Hubo casos en que salieron todos, incluso las mujeres. Sus padres para pagar los pasajes tuvieron que vender lo poco que tenían, empeñar joyas o acudir a la sanguijuela del prestamista. Otros se empeñaron como jornaleros de por vida.
Lo más desagradable era el cuadro conmovedor de la despedida. Niños y viejos les esperaban en los puertos gallegos y asturianos acompañando la despedida con cánticos y la música del acordeón o de las gaitas, que acentuaban lo desgarrador de la escena. Me consta que los oficiales de los barcos tenían que retirarse con lágrimas en los ojos al no poder soportar el dolor de los familiares. Lo mismo ocurría en Cantabria.
De Santander salían vapores de diferentes Compañías que tenían aquí sus consignatarios. Cada mes, una o dos veces, recogían la carga y el pasaje: vapores correos franceses, la línea «Serra» y la Compañía de Navegación «Flecha», la de «La Bética», la Compañía Trasatlántica de Barcelona, la de Ibarra y la Compañía de Sevilla, etc. Todavía en el siglo XX se anunciaba Hamburg-Amerika Linie y en la actualidad se conserva el anuncio en el centro de la ciudad, como testimonio del movimiento de nuestos servicios de líneas regulares. La motonave «Orinoco», de doble helice iba con carga y pasajeros para la Habana, Veracruz y Tampico. El «Caribia» salía de Bilbao para Centroamérica. El agente en Santander era Hoppe y Compañía.
Otros barcos correos con idénticos destinos eran los de la Trasatlántica Española con los vapores «Magallanes» y el «Juan Sebastián Elcano», que tenía de Consignatario a los Hijos de Ángel Pérez. La Compañía del Pacífico poseía la motonave «Reina del Pacífico» y eran sus Agentes los Hijos de Basterrechea. Por último estaba el Lloyd Norte Alemán con línea de Bremen a Nueva York, vía Cherbourg, con el vapor «Bremen» y también tenía de consignatario a Hoppe y Cia.
Gracias a esos viajes y tornaviajes, la Montaña se convirtió en tierra de indianos.

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