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¡Qué gran acierto!

El fallecimiento del expresidente del Gobierno pone fin a una etapa que cambió en pocos años la fisonomía de nuestro país

26.03.14 - 15:04 -
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¡Qué gran acierto!
Adolfo Suárez examina unos documentos en su despacho. / Archivo

Termina un capítulo muy importante de la historia contemporánea de España. La muerte de Adolfo Suárez, el gran acierto del Rey al emprender la transición democrática, pone fin a una etapa que cambió en pocos años la fisonomía de nuestro país. La triste noticia invita a recordar unos hechos y unas circunstancias que marcaron –y hay que apresurarse a añadir que en su mayor parte para bien– nuestras vidas. Quizás podrían resumirse en una frase: entre el Rey y el presidente del Gobierno que don Juan Carlos eligió, consiguieron en un tiempo récord sacar a España de su anquilosamiento ancestral para situarlo en la rampa de despegue hacia el futuro.

“¡Qué gran error, que inmenso error!”, aseguran que exclamó un historiador de ideas retrógradas, cuando se enteró de que no era un personaje emblemático de la vieja estirpe del régimen quien tendría que encargase, como esperaban los adeptos, de cambiarlo lo mínimo para que todo siguiese igual. Y eso que el elegido por sorpresa, Adolfo Suárez, no era un extraño al sistema: había desempeñado ya cargos de responsabilidad y en esos momentos era el secretario general del Movimiento, el jefe del partido único que tanto se resistía desde su monopolio a un cambio político que partiese de la pluralidad democrática. Poca clarividencia, sí, o quizás mucha, la de aquel pope del inmovilismo.

Mucha clarividencia aquella, quizás también sí, porque la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno implicaría la derrota, bien es verdad que por fortuna sin sangre, de los principios y actitudes a las que los hagiógrafos de Franquismo se aferraban. Suárez reunía muchas cualidades para llevar a cabo la feliz misión que se le encomendaba. Para empezar, era joven, exhibía entusiasmo por todo lo que emprendía, tenía capacidad de trabajo sin límites, don de gentes a raudales, buena disposición para interpretar y cumplir órdenes –las del Rey-- y, muy importante, el recuerdo de la camisa azul que había vestido en numerosas ocasiones tranquilizaba a los ortodoxos y artífices de la dura post guerra que la Dictadura había gestionado sin concesiones.

Quizás carecía de experiencia en el juego democrático que tenia el encargo de iniciar y, aunque era abogado, tampoco contaba con conocimientos profundos de teoría política y del manejo de los instrumentos adecuados para aplicarla. Pero para eso contaba con el tercer hombre del trío promotor de tan arriesgada empresa, el inteligente e imaginativo catedrático asturiano Torcuato Fernández Miranda. Adolfo Suárez enseguida se hizo con el control del proyecto, de unos planes que en su complejidad muy pocos conocían a fondo, y no sin dificultades ni sobresaltos de verdadero infarto, consiguió sacarlos adelante. Ahí está el recuerdo de sus últimas horas en el poder, la fatídica tarde y noche del 23-F, cuando dio el ejemplo, que certificaría su talla, desobedeciendo la amenaza del fusil que le conminaba a arrojarse al suelo.

Adolfo Suárez pasará en las próximas horas al panteón, simbólico al menos, de las grandes personalidades que protagonizan la historia de España. Se le recordará por muchos méritos contraídos en unos momentos decisivos. También aparecerán sombras aunque insuficientes para eclipsar su memoria y las actuaciones que la ilustran. A estas alturas sólo algunos recalcitrantes se aferran a la convicción que su elección fu un error. Antes al contrario, fue y es el momento de proclamarlo, uno de los grandes éxitos que enmarcan la contribución de don Juan Carlos en su propósito de rescatar a España del anacronismo en que yacía para reincorporarla a su lugar en el panorama internacional. Es absurdo especular cómo habría sido semejante reto con otro nombre al frente del Gobierno

Mejor, seguramente no. Adolfo Suárez deja una imagen envidiable de reconversión a la democracia y de respeto a los principios de la libertad. Hizo posible la tesis de establecer un nuevo sistema a través de la legalidad del Régimen y de ilustrarlo con una nueva filosofía que invalidaba sin virulencia la de la herencia recibida. Deja en la duda histórica sólo un vació que, primero su cautela y después la pérdida de memoria que sufrió hasta el final, se mantiene. Es la razón última, la gota de agua que colmó el vaso rebosante de conflictos en que se había convertido la situación política, que le impulsó de manera sorpresiva a presentar su dimisión. Nunca lo reveló, ni siquiera apuntó destellos suficientes para desmentir los rumores, algunos descabellados y otros no tanto, que circularon entonces sobre todo a la vista de la intentona golpista que empañó su sucesión.

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