La aristocracia esculpida en piedra

El Palacio de Eguilior, una joya de principios del siglo XX, conserva intacto su señorial aspecto

Vista general del Palacio de Eguilior, hoy Parador Nacional de Limpias. / Archivo | Alberto Aja
NACHO GONZÁLEZ UCELAY

Visto con la mirada retrospectiva del tiempo, es la culminación esculpida en piedra del sueño aristocrático de un abogado de provincias elevado a noble. Visto con un catálogo vacacional, el destino perfecto para ennoblecer los días y las noches de descanso por un precio bastante razonable. Cobijo de duques, marqueses y condes, incluso de ministros, se dice, parada y posta de la plebe también, el Palacio de Eguilior de Limpias –hoy mudado a parador nacional– se yergue solemne sobre una ladera tras un profundo lavado de cara que, además de viejos fantasmas, ha recuperado para el presente 114 años de pasado.

Esbozado por el arquitecto cántabro Emilio de la Torriente y Aguirre, autor de otros diseños de relumbrón (la Casa Blanca del Marqués de Valdecilla o el colegio Salesianos de Santander entre ellos), el edificio, majestuoso se mire por donde se mire, fue un encargo hecho al alarife de parte de Manuel Eguilior y Llaguno, un letrado originario de la lo- calidad de Limpias al que su irrupción en la esfera política nacional, su activa colaboración con la administración pública y su encumbramiento social le hicieron acreedor a un título nobiliario.

Ministro de Hacienda, de Ins- trucción Pública y de Bellas Artes, gobernador del Banco de España y jefe de negociados de alta responsabilidad, Manuel de Eguilior, el primer abogado del Estado del país, fue condecorado sucesivamente con la ‘Gran Cruz de Isabel la Católica’ y con la ‘Gran Cruz de Carlos III’ antes de que el monarca Alfonso XIII pusiera entre sus manos el título de conde de Albox.

¿Recepción?: Hay fantasmas en mi habitación

El Parador Nacional de Limpias tiene un grueso libro de huéspedes, pero ninguno tan ilustre como los tres fantasmas que se pasean por los pasillos de palacio moviendo platos y tazas, tocando el piano del salón o apareciéndose indiscretos a los inquilinos que son alojados en la habitación 205.

Alimentada por un grupo de parapsicólogos nacionales, que aseguraron haber detectado «actividades paranormales», y por algunos obreros encargados de los trabajos de reforma, que operaban entre «sombras», la leyenda, que gira toda ella en torno dos mujeres y un niño, se ha convertido en un aliciente entre los clientes del parador, cuyas reacciones son de lo más variado. Lo mismo hay quien se entera a tiempo y solicita esa habitación y quien se entera tarde y pide marcharse de ella.

Su escalada hacia la cima aristocrática, a la que llegó escoltado por otros cántabros destacados a finales del Siglo XIX y principios del XX (los duques de Santoña, los marqueses de Comillas, el marqués de Manzanedo, el marqués de Valdecilla...) imponía al personaje una residencia digna de su abolengo que el conde ordenó construir en el año 1900 sobre una finca de su propiedad en su Limpias natal.

Sólo tres años más tarde, en 1903, Manuel de Eguilior y Llaguno cruzaba maravillado, y llave en mano, el umbral del Palacio del Castañal, como él mismo hizo bautizar una señorial morada cimentada sobre un frondoso monte de castaños que al paso del tiempo acabaría conociéndose entre sus vecinos como el Palacio de Eguilior.

Lo hizo del brazo de su esposa, María del Carmen Avial Llorens, anfitriona de placenteras veladas organizadas bajo el mismo techo en el que, se dice, se cuenta, llegaron a celebrarse consejos de ministros presididos por Alfonso XIII, Nunca se confirmó este extremo, que parece más una leyenda forjada para engrandecer la historia de tan pomposo lugar que una información contrastada.

Adolfo Suárez presidió en esta mesa varios consejos de ministros.
Adolfo Suárez presidió en esta mesa varios consejos de ministros.

Saqueado en la Guerra Civil, el Palacio de Eguilior fue transferido a la muerte del Conde de Albox a sus sobrinos y, en 1973, a la familia Pico, propietaria de la residencia hasta que el Gobierno de Cantabria la adquirió en propiedad previo pago de 400 millones de pesetas de 1999, 2,4 millones de euros.

El Palacio de Eguilior, rebautizado como Parador de Limpias, se construyó en 1900

El precio incluía, por supuesto, los 50.000 metros cuadrados de una finca cercada y dotada con una portada inspirada en el medievo y un inmenso jardín que el conde pidió adornar con una excelsa selección de especies importadas de América; castaños de Indias, bambú, tilos, magnolios –hay uno de 15 metros– y otras rarezas vegetales.

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El Parador

Un año después de la adquisición, y con la idea de sacarle rendimiento, el Ejecutivo regional, por ese entonces presidido por Martínez Sieso, cedió el recinto a la empresa pública Paradores de Turismo de España, que asumió la gestión hotelera del Palacio de Eguilior.

Rebautizado en las guías turísticas como Parador Nacional de Limpias e incorporado a la red de paradores españoles junto a los otros tres abiertos en Cantabria (dos en Santillana del Mar y uno en Fuente Dé), el edificio fue objeto de una profunda reforma en la que la empresa pública invirtió 8,4 millones de euros respetando la esencia de un enclave feudal, obras que supervisó el arquitecto Carlos Fernández Cuenca y que comenzaron coincidiendo con el cambio del milenio, en 2000, para que el parador pudiera ser inaugurado oficialmente como tal el 13 de febrero de 2004.

Escalera de castaño original que da acceso al vestíbulo del parador.
Escalera de castaño original que da acceso al vestíbulo del parador.

Aquel día, ya en el recuerdo colectivo, el sector turístico del Asón arrancaba su motor económico, en los años posteriores gripado por una crisis galopante que impuso el cierre del establecimiento en temporada baja e, incluso, un expediente de regulación de empleo, y hoy reactivado de nuevo por los efectos de una profunda remodelación que ha surtido efecto.

Así lo dice el director del parador, José Carlos Campos, y así lo corroborran la treintena de trabajadores que prestan servicio en el hotel, todos con el ánimo tan renovado como un palacio que no solo conserva intacto su señorial aspecto sino la máxima con que se edificó: «Bienvenido a su parador; ahora, relájese y sea feliz».

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