Se planta ante el Gobierno para reclamar los 40.000 euros que le costó el diagnóstico de la enfermedad rara que padece

Se planta ante el Gobierno para reclamar los 40.000 euros que le costó el diagnóstico de la enfermedad rara que padece
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Una vecina de Los Corrales de Buelna, de 47 años y con una grave vasculitis, exige reunirse con Revilla y que se reconozca «el cúmulo de negligencias» que asegura que sufrió en Valdecilla y que le obligó a acudir a la sanidad privada

NACHO CAVIALos Corrales de BuelnaMARIÑA ÁLVAREZSantander

En 2013 la corraliega Silvia Martínez Mora, técnico de cuidados auxiliares de enfermería, ingresó en el hospital por un cólico de riñón. De urología fue derivada a ginecología y ahí «empezó el caos». Un caos que solo ahora, cinco años después, al fin tiene nombre: vasculitis de vasos grandes, concretamente una arteritis de 'takayasu': una enfermedad reumatológica autoinmune «extremadamente rara».

Para llegar a bautizar su dolencia tuvo que pasar un calvario de «negligencias médicas» e «incomprensión», y gastarse sus ahorros en la Clínica Universitaria de Navarra (un centro privado), dado que en la sanidad pública cántabra no solo no dieron con lo que tenía, sino que en febrero de 2017 le dieron «el alta forzosa» después de un mes ingresada en Valdecilla y con un informe de anatomía patológica «que no se correspondía, en el que ni siquiera constaba la vasculitis en el útero que tenía». «Me hicieron creer que estaba loca», recuerda con tristeza.

De Navarra regresó con un diagnóstico preliminar y la recomendación de acudir a un reumatólogo en Cantabria especialista en enfermedades autoinmunes. Y ahora por fin, desde hace tres meses, ya tiene un tratamiento específico a base de quimioterapia, «porque he llegado tan mal que la cortisona ya no me hace efecto». Pero no mejora. Sabe que su mal es crónico y degenerativo «y que no he sido tratada a tiempo». La lucha está en no empeorar. En controlar su enfermedad y evitar un colapso del corazón. Ha llegado a este punto con la salud muy deteriorada, pero todavía con fuerzas para exigir responsabilidades.

Este jueves, a la mañana siguiente de su último pinchazo de quimio, viajó de Los Corrales a Santander y se plantó ante la puerta de la sede del Gobierno de Cantabria, en Peña Herbosa, con un cartel: 'Sr. Revilla, necesito ser recibida y escuchada por usted'. Su intención es estar ahí, cada día, de 08.00 a 15.00 horas, «lo máximo que me permite mi estado», hasta que consiga reunirse con el presidente.

«Quiero a Revilla»

Su presencia enseguida fue detectada y el jefe de gabinete de Revilla, Guillermo Blanco, bajó a decirle «que les proporcione la documentación y que se la remitirán a la consejera de Sanidad». Pero a Silvia ya no le vale. «Ella (María Luisa Real) ya lo tiene todo desde hace un año y dos meses, y yo solo recibo largas. O me recibe el presidente o seguiré aquí haciendo público mi caso», cuenta. «Quiero a Revilla», insiste. Quiere contarle todo lo que le ha pasado, enseñarle todas las reclamaciones que ha presentado -«siete, nueve, quince, no sé»- y que afirma que no han sido contestadas, «salvo una, a destiempo y mal». «Solo me han empezado a escuchar cuando, a finales de febrero, han visto que tenía vasculitis en la aorta. Hasta entonces, nada».

Quiere por ello que se admitan los «fallos médicos», las «pérdidas de informes», las «irregularidades que se han cometido en Valdecilla con mi caso» y que el Gobierno de Cantabria le devuelva los 40.000 euros que asegura que se ha gastado en Navarra. «Que lo sepa él de primera mano, y con pruebas», dice mostrando la gruesa carpeta de papeles que lleva con todo el historial y las reclamaciones que ha presentado. «Que solucionen el problema que ha creado Valdecilla, que para eso están los políticos». Y lo hace cuando sabe que su salud «no puede restaurarse. Pero ya que no pueden darme la salud, que me devuelvan el dinero por un servicio que me deberían haber prestado ellos para, al menos, poder tener una mejor calidad de vida».

Este periódico se ha puesto en contacto con la Consejería de Sanidad para conocer su versión sobre las acusaciones de Silvia Martínez, y la respuesta es que esta paciente «ha recibido y sigue recibiendo asistencia sanitaria de manera continuada, en consultas de varios servicios de Valdecilla». En cuanto a sus reclamaciones, Sanidad la contradice y asegura que «todas han sido contestadas». Sobre sus gastos en Navarra, «no consta ninguna reclamación patrimonial efectuada en el Servicio Cántabro de Salud», responde Sanidad.

A sus 47 años, Silvia tiene ya un nieto, de su única hija. En su cruzada personal cuenta con el apoyo de amigos y de su familia más cercana. «Gracias a ellos estoy aquí y no me he vuelto loca», valora. Pero en todo este tiempo «he perdido a mucha gente, que dejaron de estar a mi lado porque los médicos me decían que no tenía nada y me mandaban al psiquiatra. No culpo a nadie. La gente ha de saber que las enfermedades autoinmunes son el cáncer del siglo XXI».

¿Por qué no acudió a los tribunales?

Su plante ante la puerta del Gobierno es la vía que le queda a Silvia por no haber acudido en su momento a los tribunales. Explica que tendría que haber denunciado cuando «me echaron» del hospital Valdecilla y se vio obligada a buscar respuestas en Navarra. «Pero en ese momento lo único que quería era curarme, no estaba para burocracias. No podía esperar cinco días a que un juez dijera si estaba enferma o no. Les dije: me voy a Navarra, que llevaba esperando mucho tiempo ya desde la histerectomía de útero a la que me había sometido». Y ahora no tiene dinero para acudir a la justicia. «Necesito ser peritada, y eso cuesta entre 5.000 y 6.000 euros», señala, «y pienso que el peritaje no es necesario si estudian mis informes».

En todo este tiempo ha encadenado dos bajas laborales y ha tenido que cambiar de puesto para poder seguir en activo a pesar de sus limitaciones. Ahora es subalterno del ICSST (Instituto Cántabro de Seguridad y Salud en el Trabajo), y está de baja médica desde junio de 2017 -la segunda-, un «contrasentido», dice, que no le unan las dos y que ninguna de ellas esté justificada por la auténtica dolencia que padece. Piensa que «acabarán pensionándome» cuando cumpla año y medio de la segunda baja. Y por eso lucha para que le devuelvan el dinero gastado en la sanidad privada, «para poder al menos pagar la hipoteca, porque me quedará una pensión muy pequeña. Porque tengo solo 47 años, no 90, estoy en edad de trabajar». Su único deseo es conseguir «tener paz en esta vida ya».

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