En albarcas desde Montesclaros a Santo Toribio para reivindicar la cultura rural

A su salida de Monteclaros Zubelzu y de la Parte recibieron la bendición de los padres dominicos. / DM
Campoo

Nacho Zubelzu y Andrés de la Pinta pretenden «representar esta estampa tradicional y provocar alguna reflexión»

CRISTINA NORIEGASantander

«Hemos realizado varias rutas pero ninguna recreada etnográficamente como ésta», señala Nacho Zubelzu quien, junto a Andrés de la Pinta, recorre durante estos días la distancia que separa el monasterio de Monteclaros (Valdeprado del Río) de Santo Toribio de Liébana en albarcas y con la compañía de un burro. Zubelzu y de la Pinta explican que «quieren homenajear al burro y que simbolice al animal de nuestra particular arca de Noé». «Pretendemos representar esta estampa tradicional y provocar un sonrisa o incluso alguna reflexión».

Partieron el pasado jueves del monasterio de Montesclaros (Valdeprado del Río), donde recibieron la bendición de los padres dominicos Suárez y Antonio y fueron despedidos por el superior de la congregación, el padre Paco. Su destino es el monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde asistirán a la misa del peregrino. «La ruta es dura, pero de gran belleza», explica Zubelzu. «Es un camino que simboliza el tránsito vital y nos adentra en el camino de la vida».

Cruzarán ríos, pueblos y valles, en concreto tres valles de Cantabria, Campoo, Polaciones y Liébana, pasarán momentos buenos y malos eligiendo el mejor recorrido para llegar a su destino. Y conseguir el perdón. A lo largo de su trayecto, dormirán al aire libre, con mantas y sacos. «Llevamos provisiones y utensilios básicos en las alforjas del burro. De todas formas, son pocos días y encontraremos pueblos por el camino», comenta Zubelzu.

Antes de iniciar este singular viaje, a través de un manifiesto leído por Jesús Garzón, presidente de la Asociación Trashumancia y Naturaleza, presentaron el objetivo de su aventura. Se trata de «reivindicar y apoyar las culturas rurales» así como de «dignificar la figura del campesino». Subrayan su importancia pues «sin ella, la humanidad no hubiese llegado a nuestros días».

Realizan también una pequeña reflexión sobre la importancia de mantener en nuestros días las actividades tradicionales, que «nos han demostrado su capacidad para mantener el equilibrio con la naturaleza». Van un poco más lejos y explican que sin ellas «no se podrá salvar el planeta del galopante cambio climático y de la extinción de especies».

Hacen hincapié en que lo importante son «los pequeños gestos, donde exista un contacto directo del hombre y la tierra». Al tiempo, Zubelzu y de la Pinta apuntan que «debemos un respeto por nuestros antecesores». «Ellos consiguieron sobrevivir en el mundo con su vida tradicional, con aportaciones del hombre moderno a través de la cultura y la poesía».

Ambos relatan que en sus pensamientos sonarán palabras como «orgullo, territorio, sencillez, humildad, elegancia...» durante sus jornadas de peregrinaje. Todas ellas presentes en la cultura y en el mundo de los campesinos. Señalan que con ellas «no hay metas imposibles» y buscan «ser hombres libres en una tierra libre».

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