El cadáver hallado en un trastero de Castro es el de una mujer que desapareció en 2015

Estado del trastero en el que apareció el cadáver de la mujer el pasado lunes. /DM
Estado del trastero en el que apareció el cadáver de la mujer el pasado lunes. / DM

El cuerpo momificado corresponde a la dueña y no presenta signos de violencia. La Guardia Civil informó a la familia al localizar su documentación

Daniel Martínez
DANIEL MARTÍNEZCastro Urdiales

En medio de una acumulación de muebles viejos, cajas de ropa, montones de periódicos, productos de limpieza y hasta una bicicleta estática, sobre una cama encajada en el único espacio que quedaba libre dentro del trastero, apareció a última hora del lunes un cadáver «totalmente momificado». En los pocos segundos que estuvo dentro de la estancia, Santiago Cabezas, el conserje del edificio La Sirena (Castro Urdiales) donde se produjo el macabro hallazgo, no pudo identificar su sexo y mucho menos su identidad. Según ha podido saber este periódico, se trata de Amaya G. G, una vecina de la comunidad de la que nadie tenía noticias desde hace tres años. Era natural del País Vasco, nacida en 1964 (53 años) y con familia en Éibar.

Oficialmente, la Guardia Civil tan solo confirma que pertenece a una «mujer» que llevaba «al menos un año muerta». En cambio, fuentes familiares dan por hecho que se trata de esta persona. En la mañana de ayer, los agentes de la Guardia Civil que están al frente la investigación se pusieron en contacto con una hermana, a la que detallaron que «tenía encima la documentación». A lo largo del día de hoy la familia se trasladará hasta la morgue del Hospital Marqués de Valdecilla para identificar el cadáver.

Fue precisamente una de las hermanas de la fallecida la que puso en marzo de 2015 la denuncia de desaparición en el cuartel de la Ertzaintza de Éibar (Guipúzcoa). Según la ficha que rellenó, su último domicilio conocido estaba en la calle Ataúlfo Argenta de Castro Urdiales, en la vivienda vinculada al trastero en el que fue localizada. No se daban detalles sobre la ropa que vestía, pero se precisaba que podía estar viviendo en su vehículo, un Opel Astra de color granate. Esa fecha coincide con el tiempo que lleva sin dar señales de vida. Desde entonces, nadie ha vuelto a verla entrar en el portal.

«Al principio no sabía si era un muñeco muy realista, una persona dormida, si alguien muerto...»

«La última vez que supimos de ella estaba en su casa la Guardia Civil, la Policía Local, gente del juzgado... Padecía síndrome de Diógenes y había acumulado allí una gran cantidad de basura. La gente de la limpieza estuvo dos días sacando cosas», detalla María Arronte, una vecina del número 6 del edificio La Sirena de Brazomar. En la denuncia presentada ante la policía autónoma vasca también se especificaba que Amaya tenía «trastornos psiquiátricos», sin especificar de qué tipo. A pesar de que vivía puerta con puerta, María casi no tuvo contacto con la propietaria del bajo B porque «apenas salía de casa».

Aparentemente, ni ella, ni ninguno de los vecinos que lleva más tiempo en esta urbanización castreña tuvo relación con ella. «A mí no me suena y llevo aquí 20 años. Esto es muy grande y la mayoría de los propietarios vienen solamente en vacaciones porque tienen aquí su segunda vivienda», señala otro propietario, Iñaki Villamir. En cambio, sí saben que en los últimos veranos solía ocupar el apartamento de Amaya un hermano. De hecho, en el quiosco Búhos, situado justo debajo del piso donde residía la mujer, cuentan que han tenido algún contacto con este familiar: «Vino por aquí para pedirnos por favor que nos pusiésemos en contacto con él si en algún momento escuchábamos algún ruido arriba o la veíamos. Pero no sé nada más».

El proceso

Desde que retiraron todos los trastos acumulados en la vivienda hace «cosa de tres años» no volvió a aparecer. Fue a raíz de ese episodio cuando le perdieron la pista. En cualquier caso, ni ingresó en un centro médico ni posteriormente escapó de él, como corría ayer por los rellanos. Los familiares niegan este extremo.

Sorpresa en Castro

Ayer, en Castro Urdiales no había otro tema de conversación, y mucho menos en el edificio La Sirena. Todos los que pasaban por allí querían hablar con Santiago Cabezas 'Santi', el trabajador que se topó con el cuerpo cuando fregaba uno de los trasteros, para interesarse por su estado. Porque reconoce que cuando se lo halló se quedó totalmente blanco: «Como estaba semiabierto y la cerradura forzada entré a ver si se había metido alguien a robar, porque es algo relativamente frecuente. No sabía si era un muñeco muy realista, una persona viva, alguien muerto...». Primero pensó que era un niño y después se dio cuenta de que se trataba de un adulto. Estaba totalmente gris. «El que se lo encontrara antes que yo todavía tiene que estar corriendo», señala. El lunes, en un principio, indicó a la Guardia Civil que el trastero podía pertenecer a una mujer distinta, hecho que ahora ha quedado descartado.

«Hace un tiempo vino la Policía y tenía la casa llena de basura por un trastorno. Desde entonces no la veo»

Junto al trastero en el que apareció el cadáver momificado, que permanece abierto -sin precintar- y que está custodiado por los trajes protectores que utilizaron los agentes y los forenses para entrar en la habitación, tienen su almacén Dori, Juan Ramón y Edurne. José Luis y Paqui son amigos de la primera: «Hemos estado aquí delante con ella hace unos días, porque estaba sacando cosas durante la mudanza. Olor no notamos nada y desde luego la puerta entonces estaba cerrada. Nos habríamos dado cuenta. Es muy posible que alguien entrara a robar y se encontrara eso, como dice Santi». Por su parte, Juan Ramón señala que nunca vio entrar o salir a nadie del trastero que está junto al suyo.

Además del reconocimiento del cuerpo por parte de la familia, que se realizará hoy, la Guardia Civil confirma que posteriormente se realizarán pruebas de ADN en Madrid para que no haya ninguna duda sobre su identidad.

El cántabro Alberto Rodríguez, 15 años muerto en su cama

Ocurrió en diciembre de 2012, y la prensa francesa bautizó el caso como ‘el misterio de la momia’: cuando el funcionario del Ayuntamiento de Lille entró en el apartamento para ver el origen de las filtraciones de agua de las que se quejaba la vecina de abajo se encontró con un cadáver reseco tumbado sobre la cama.

La investigación posterior determinó que era lo que quedaba de Alberto Rodríguez, un emigrante santanderino nacido en 1921, que debía de llevar allí muerto al menos quince años.

El suceso originó un debate social sobre la falta de humanidad de las administraciones, capaces de hipotecar una casa y de cortar el suministro de luz y agua sin atender otra cosa que el impago de recibos e impuestos. Las redes sociales criticaron una sociedad ciega, que puede olvidar a un hombre durante décadas en el centro de una de las ciudades más grandes de Francia.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos