Panchos en la bahía castreña

Los castreños acudían a la orilla del mar provistos con sus aparejos./Colección particular J. Garay
Los castreños acudían a la orilla del mar provistos con sus aparejos. / Colección particular J. Garay
Castro Urdiales

Con la llegada de la primavera, pequeños seres invaden el entorno litoral atrayendoa niños, adultos y ancianos a su pesca

JAVIER GARAY Castro Urdiales

En las primaveras acontece el eterno ciclo vital y lo mismo en los campos que en la mar, la vida eclosiona, ya sea en su faceta vegetal o animal. Las costas se cubren de verde manto. El escaramujo -cascarilla, carrisco, cascarrillo, bellota o bálano de mar- comienza a blanquear sobre las peladas piedras que se descubren en bajamar, los carramarros -changles, pelurnios, centollas- salen sus «escondrijos» como los caracoles lo hacen en el campo y un número incalculable de pequeños seres marinos invade nuestro entorno litoral.

Las aguas comienzan a calentarse y esta es la razón de la vorágine -lesas, tinturas, macareos o restingas- que en la superficie de la mar se produce y que va a durar aproximadamente seis meses, hasta que las frías aguas del golfo bañen de nuevo nuestras costas en septiembre y los peces ya con un buen peso abandonan nuestras aguas para adentrarse en altamar y cumplir un nuevo ciclo.

Las jarguas, los alevines de todos los peces, pero especialmente panchos; la rumia, todo lo alevín marino: el chicharrillo, el pericato, las mojarrillas; y la policía, al contrario que las jarguas y la rumia, en las que se puede identificar al individuo nadando, son alevines recién nacidos que son imposibles de identificar y hasta que no pasan unos días y hacen y engordan, no se sabe de qué especie son. La policía tenía otro comportamiento y vagaba por la superficie de la mar de un lugar a otro, en miles de individuos que parecían hormigas blancas. Estos pequeños cardúmenes, al hacerse mayores, lo componían sobre todo corconillos, bogas y aducíos, aunque también lo componían alevines de escorpiones que en pocas semanas y cuando adquieren fuerza se sumergen a los fondos arenosos. Las jarguas, al recalar a nuestra bahía con una clara migración trófica, no eran «pescables» dado su pequeño tamaño, pero en unas semanas, con el comienzo del verano, ya se habían hecho panchos y entonces, los muelles, escalas, rampas salientes y las peñas eran prácticamente tomados por los niños, adultos y ancianos que competían en frenética lucha por ver quién contabilizaba más de aquellos pequeños y confiados pececitos. Cualquier cosa era buena para pescarlos, pues era tal su apetito que abría la boca lo mismo a un pedazo de chorizo que una migaja de pan o una lapa machacada, aunque la mejor carnada era garra o rama de jibión o la simpática «gusanilla» de la dársena. Era un auténtico rosario de gentes que, con sus cestillos, iban buscando un lugar idóneo donde lanzar su aparejo. Desde la punta del muelle del contradique hasta la del rompeolas no había escalera ni rincón que no tuviera un metro sin ocupar. El pancho era un pez ideal para pasar el tiempo, era abundante, fiel mordedor y muy sabroso. Lo mismo lo pescabas por el ojo que por la cola al rociagón. No importaba la pericia del pescador, el «panchito» lo hacia todo, picaba, siempre picaba.

Las gentes, con sus cestillos, iban buscando un rincón idóneo donde lanzar su aparejo

Nos dejó tantos y tan bellos recuerdos, que aún hoy después de que desaparecieran de nuestras costas, le añoramos y le reflejamos continuamente en nuestras charlas. Las conversaciones de aquellos veranos giraban en torno a los panchos. Así que entraban en la bahía, los aficionados a su pesca se daban prisa por lanzar sus anzuelos al agua. Sobre los muelles había auténticas peleas, pues eran muy normales los engarmes o enredos entre pescadores y mientras unos se consolaban a sacar peces, otros, en cambio, veían como se pasaba la tarde y eran incapaces de librar o desliar aquella madeja.

-¡Al ruciagón, ja ja¡ Reía satisfactoriamente un mocosuelo en el último peldaño de la escala del rey.

-¡Otro, otro! Gritaban algunos mientras imitaban con sus brazos molinos de viento.

-¡He pescado dos de la echada! Chillaba otro pescador perdido en la multitud.

El apelotonamiento era tal que los sedales se enredaban por doquier. Unos se enganchaban en los pies del vecino, otros se los llevaban los paseantes despistados.

Los anzuelos hacían estragos: tan pronto te pinchaban la oreja al lanzarlos, como se los dejabas a tu compañero de pesca prendidos en el jersey como vulgares insignias. Todos esperábamos el caer de la tarde que era cuando se ponían frenéticos: si tenias tres anzuelos, subías en los tres y no era raro el «panchito» que se tragaba dos anzuelos, el tuyo y el del vecino. En aquellos momentos ni el mismísimo Salomón hubiera sabido a quién entregar aquel pequeño pececito, causa de tantas discordias entre los niños de la época.

-¡Ese pancho es mío! Gritaban otros ante el dilema de saber de quién sería aquel pobrecito que estaba prendido del anzuelo y enredado en cuatro aparejos a la vez.

-¿Cuántos? Preguntaba uno a su compañero.

-¡Cuarenta y ocho y tres guaitos! Respondía.

-¡Qué pena, y que nuestros hijos no lo conozcan!

Mención especial merece el cordelero de la Correría que en esta época se armaba de paciencia y por una «perra gorda» te vendía media docena de «anzuelitos» y encima te los empaquetaba con la gracia de su profesión.

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