¿Quedamos en el Gerbo?

El Gerbo, en la calle 18 de Julio (antigua), en el año 1988./ Archivo digital municipal
El Gerbo, en la calle 18 de Julio (antigua), en el año 1988. / Archivo digital municipal

La hostelería ha sufrido una enorme transformación en la última década

DAMIÁN GARCÍA

En un mundo cambiante nada nos puede resultar ajeno, y mucho menos cuando todo está por descubrir con tus pocos años y un baúl de inquietudes por desarrollar y es que los nuevos tiempos también nos vinieron a visitar a nuestro pueblo en aquello que estaba relacionado con disfrutar del ocio.

Me comentaba un contertulio (que se quiere mantener en el anonimato) al que consulto habitualmente las vivencias de nuestro pueblo, que una de las transformaciones más significativas en el mundo del recreo dominical, fue dada a través de las relaciones sociales y en mayor medida fueron introducidas desde el sector de la hostelería, aportando cambios radicales en las costumbres clásicas de nuestros vecinos, para lo cual ampliaron su oferta a todos los ámbitos sociales, donde pudiesen compartir el espacio todas las generaciones.

Otra de las cuestiones de carácter rupturista que me confesaba consistía en que las mujeres se incorporaron a finales de los años sesenta del siglo pasado, cuando salían de misa los domingos iban a tomar el vermú por su cuenta y riesgo, claro yo no puedo dar fe, pues con esos años estaría con mi padre y sus amigos del coro escuchando sus extraordinarias habaneras en las fiestas de guardar, en su clásica ronda.

¿Quiénes fueros los culpables de estos cambios?, pues los hosteleros que inundaron con nuevos conceptos aperturistas casi cosmopolitas su atractiva oferta y precisando sus nombres eran el ‘Bar 7’, ‘Munich’, ‘Denver’ y ‘Gerbo’, estos tres últimos estaban ubicados en la antigua calle 18 de Julio, actualmente Avenida de España, el Munich estaba en la actual librería ‘Los Ángeles’, el ‘Denver’ en la colchonería ‘Tu Descanso’ y el ‘Gerbo’ donde ya conocen al no haber sido sustituido por otro negocio.

En este último se accedía a la cafetería por dos puertas exteriores de madera y andando unos pasos nos encontrábamos aproximadamente con una veintena de escaleras (me recuerdan por su pendiente a las del metro Madrid) que descendían hasta el corazón del local, la barra enfrente, a la derecha un espacio donde estaban sus mesas con sus sillas, que por cierto estas por su altura, siempre me dieron la sensación de que arrastrábamos el culo por el asfalto, al final de la barra a la izquierda un reservado donde tenía función multiusos, para las partidas, como para picar algo, dependiendo de la hora, y al final del trayecto a la izquierda el baño de los hombres y a la derecha el de las mujeres.

La decoración de su mobiliario predominaba la formica de colores en tonos naranjas claros y azules, las sillas tapizadas en rojo, como vemos apuntaban rompedoras maneras para la época, tenían dos televisiones una en el reservado de las partidas y la otra al fondo a la derecha, antes de los baños.

La programación exigente de la clientela eran los partidos de fútbol, existiendo por parte de la mayoría de los regentes una especial devoción por los colores blanco-merengues-madridistas, que incluso podían dar conatos a enfados, si alguien manifestase discrepancia al planteamiento táctico, y no digamos nada si el resultado final era adverso para las huestes del Sr. Bernabéu.

Los nuevos vientos se fraguaron también en la oferta gastronómica, combinando la cocina tradicional, con las tendencias del momento, pues nos deleitaban al paladar con aquellos espectaculares mejillones en vinagreta, la tortilla de patata compacta y de considerable altura, canapés de autor, las hamburguesas sola, completa o doble, los pepitos de lomo, perritos calientes, pinchos morunos, sándwich vegetales, sándwich mixto de jamón y queso, también descubrimos los barriles de salsa de kétchup, mostaza y picante que aderezaban las nuevas recetas provenientes de otras latitudes.

Para quedar con los amigos antes de ir al baile nos hacíamos la siguiente pregunta ¿Dónde quedamos?, respuesta: a las tres y media en el Gerbo, allí echábamos la partida a la flor, había que darse prisa en todo pues tenías marcada la entrada en casa a las diez y media de la noche, como tope. Pasamos tantas horas allí que incluso hicimos hasta una despedida de soltero. Hacía referencia al acceso al local por las escaleras, que cuando se entraba se solventaba la papeleta sin ningún contratiempo, bien distinto era después de pasado mucho tiempo allí, en aquellas profundidades con tanto liquido circulante, era cuando se complicaba la salida a la superficie, y como buen samaritano asistí y participe en alguna ocasión en rescatar al afectado, haciendo dueños y clientes de lazarillos o sherpas.

Vuelves la vista atrás y es cuando te das cuenta que el tiempo es implacable, te da un sopapo para resituarte y casi con una carcajada grotesca te sopla al oído: «Aquí venias tu de soltero, luego con tu novia, después aquella novia, fue tu mujer, mas tarde con tus hijos, que fueron tres, y ahora te voy a joder porque cierro y tus nietos no me van a conocer».

Cuánta razón tiene la canallesca reflexión plagada de nostalgia, los que leáis esta crónica hoy, en el día de Nochebuena, también echareis en falta algún canapé de autor, de esta santa casa que se llevaba a vuestras mesas en esta cena por Navidad.

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