El Capricho, a capricho del siglo XXI

El Capricho, a capricho del siglo XXI
Javier Rosendo

La dirección del museo ejecuta la primera de varias actuaciones para adaptar el edificio

Lucía Alcolea
LUCÍA ALCOLEA

El Capricho de Comillas, construido por un joven Antonio Gaudí en 1883, es un conjunto arquitectónico único, heterogéneo, musical, colorista y capaz de metamorfosearse conforme a la voluntad de los tiempos. El esplendoroso edificio acaba de experimentar la tercera transformación más importante llevada a cabo desde su construcción, bajo la perspectiva del actual director del museo, Carlos Mirapeix, que cogió las riendas del edificio en el año 2009. Desde entonces, su intención ha sido convertir el Capricho en un museo de verdad. La voz de Mirapeix se propaga por los muros del edificio y en cada rincón ha dejado un trozo de sí mismo. «El conjunto fue sometido a una reforma en el año 1914 y luego el arquitecto Luis Castillo lo convirtió en restaurante en 1987», relata, una herencia de la que el actual director trata de huir todo el tiempo.

Tras seis meses de trabajo y 600.000 euros de inversión, acaba de darse por finalizada una etapa de la primera fase de las obras. Queda la segunda, que se acometerá en noviembre de 2018. La idea, explica, «es ir modificando el museo desde abajo hacia arriba». Hasta llegar al tejado, aún le quedan varias fases, pero sus recursos son limitados y él es muy consciente de ello -quizá demasiado «porque pensarlo me quita el sueño»-. Los trabajos se han ejecutado en la planta semisótano y han consistido principalmente «en eliminar las enormes cocinas que había diseñado Castillo». En el espacio diáfano que quedó disponible, se ha habilitado una sala multiusos que sirve como sede de exposiciones, proyección de vídeos o zona de actividades para que los escolares realicen talleres. «La idea es que la sala vaya cambiando conforme a las necesidades del museo», aclara.

A la izquierda del pasillo que da a la sala multiusos, una ancha escalera blanca conduce al invernadero y conecta la planta semisótano con la siguiente. La sensación de amplitud no desaparece y la luz se filtra a través de los techos acristalados. Algunos de los cambios que se han llevado a cabo no se ven, tan solo se sienten. «Hemos mejorado el sistema de climatización, instalado iluminación de bajo consumo, cambiado los sanitarios para adaptarlos a personas con movilidad reducida, el saneamiento...». Son actuaciones «caras que es necesario acometer para crear un museo del siglo XXI». También han intervenido en la terraza del invernadero, que han tratado de devolver a su estado original, previo a la obra que ejecutó Castillo. Es la parte preferida del director. «Se ha recuperado la base hidráulica de piedra del patio, para lo que nos hemos basado en las fotografías antiguas sobre el edificio». El arquitecto anterior «quería convertir el museo en restaurante y Gaudí era algo secundario, justo lo contrario de lo que pretendemos en la actualidad. Nosotros somos Gaudí». La mejora de la terraza era necesaria, pero no estaba prevista. «Nos vimos obligados a hacerlo para solucionar los problemas de humedades y ha sido un trabajo mastodóntico y carísimo, pero de otro modo el agua se habría comido todo el edificio». Ahora, el silencio parece que pesa más en esta parte del edificio, donde uno está rodeado de plantas.

Mirapeix tiene muy claro que no quiere hacer del Capricho «una atracción turística, sino un museo» y lo repite con frecuencia a lo largo de la conversación. «Para eso tienes que desarrollar una profesionalización interna que tiene que ver con un equipo y una infraestructura». Pero hace falta dinero y tras esta primera serie de actuaciones, «tenemos que recuperarnos» y coger aire. Mientras, «ofreceremos contenidos rotativos, de forma que el público pueda interaccionar y conocer a través del museo las diferentes facetas del artista». A Carlos ya se le han ocurrido varias ideas, como «una exposición de fotografías antiguas, algún evento, conciertos...». Es el entorno propicio.

La segunda etapa de esta primera fase, para la que aún faltan unos meses, consistirá en «la recuperación de la planta principal, un espacio que queremos devolver a su estado original, con los suelos antiguos y una especie de losa hidráulica en el baño, las bóvedas y los muros propios de la estructura antigua». Los trabajos incluirán la actual tienda de regalos y la cochera. «Es una obra enorme, pero se trata de que exista una conexión entre las diferentes plantas y Gaudí, algo que una vez esté integrado y terminado, le va a gustar mucho a la gente», prevé Mirapeix.

La segunda fase estará relacionada con la recuperación de la planta principal y de los suelos. Además, «se instalarán nuevos sistemas de climatización de bajo consumo, así como de vigilancia y control de visitas». El tema de la climatización también se le antoja complicado al director del Capricho. «En la parte de arriba hace mucho frío y tenemos que solucionarlo». Una vez comienza a hablar de mejoras, no sabe cuándo terminar. «Es un rompecabezas», admite mientras camina por los pasillos de la que ya es un poco su casa. En cuanto al desván, «queremos construir una crestería de cerámica como la que había antes». ¿Y todo esto cuándo? «No lo sé, pero yo siempre hago planes de aquí a diez años». Eso debe significar ser optimista.

Por lo demás, siguen brillando los girasoles del edificio cuando hace sol y el museo continúa situándose como uno de los recursos turísticos más visitados de Cantabria. Abierto todo el año (tan solo ha cerrado cinco días en enero para realizar labores de mantenimiento), ofrece una visita en la que la genialidad del arquitecto Antonio Gaudí atrapa al público. Uno se queda prendado con sus balcones, las barandillas en forma de clave de Sol, la cerámica de las fachadas, los jardines, la música del edificio y los gestos con los que te mira, y le miras.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos