El sueño de tener un zoo

Santayana con 'Luis', el primer bisonte que llegó al zoo/DM
Santayana con 'Luis', el primer bisonte que llegó al zoo / DM

Un relato de la histora del Zoo de Santillana del Mar, escrito por su fundador, José Ignacio Pardo de Santayana

IGNACIO PARDO DE SANTAYANA

Parece imposible, pero la realidad es que han transcurrido nada menos que 40 años desde que comencé la aventura del Zoo de Santillana junto a Maribel, mi mujer.

Tener un zoo siempre había sido mi sueño. Gracias a mi padre que era naturalista e ingeniero de Minas, viví desde niño rodeado de multitud de animales. Numerosas palomas mensajeras, decenas de gallinas ponedoras, unas ocas, varios perros de caza, dos vacas y una burra eran los habitantes del jardín y la huerta de nuestra casa.

La entrada del zoo
La entrada del zoo

En cuanto cumplí los cinco años comenzaron a llegar nuevos animales. Los Reyes Magos me regalaban palomas capuchinas y buchonas y alguna coneja ‘Gigante de España’. Poco a poco aumentó la familia con aves exóticas: patos, faisanes y pequeños pajaritos australianos. Ese comienzo marcó mi futuro. Mi afición creció y creció tanto que la idea de un zoo propio quedó grabada en mi cerebro.

Antes de 1977 los habitantes de nuestro jardín eran faisanes de varias especies, pájaros tropicales, una corza, dos azores preciosos, dos águilas ratoneras que me acompañaban desde la infancia y algunas otras aves diversas. Pero también tenía un centenar de patos silvestres, la mayoría exóticos, en el lago de la Viesca en Reocín que me había prestado la Real Compañía Asturiana de Minas, y unos mil canarios en Villapresente, en sociedad con Antonio Mier, un amigo con quien compartía esa afición.

Surgió la ocasión y compramos un inicio de zoo, al que poco a poco me trasladé con todos los animales que ya teníamos, y que junto a los que ya estaban allí y otros que adquirí y traje del Zoo de Barcelona, sirvieron para que el 13 de junio de 1977 intentáramos abrirlo al público. Y digo intentáramos porque desgraciadamente no se pudo conseguir, ya que una terrible tormenta sumergió la casi totalidad de su superficie, provocando la muerte de 33 animales.

La primera excursión

Pero aquel suceso no consiguió que nos diéramos por vencidos. Una semana más tarde, el 20 de junio, tras una limpieza agotadora de todo el barro que nos dejaron las aguas, lo inauguramos sin más contratiempos. Los primeros días, sobre todo la llegada de la primera excursión, fueron de una emoción indescriptible. Maribel y yo casi siempre dormíamos en la casita de la entrada y éramos animados y ayudados por toda la familia, especialmente por sus padres que venían todos los fines de semana al Zoo.

Poco a poco, a empujones, comenzó a crecer el recinto inicial y a albergar nuevas especies hasta llegar a ser lo que es hoy: un precioso y original zoo que sorprende a todo el que lo visita y que hasta la fecha ha recibido a casi cuatro millones de personas.

De mis lejanos recuerdos me llegan nítidamente los hitos más significativos, que produjeron cambios sustanciales en su superficie o en la colección de animales. El primero sin duda, el 20 de julio de 1978, fue la llegada de un bisonte desde el Zoo de Barcelona, al que bautizamos como ‘Luis’: tras siglos de ausencia era el primero de su especie en hollar con sus pezuñas las mismas tierras por las que miles de años antes corretearon sus antepasados perseguidos por los antiguos pobladores de las cuevas. El regreso de un bisonte a los prados de Altamira sobrepasó el ámbito regional y llegó a ser noticia de alcance nacional.

Su desembarco del camión, en el interior de un gran cajón y colgando junto al tejado de mi casa por el cable de una grúa fue otro espectáculo imposible de olvidar.

1980 | Los grandes felinos

En otoño de 1980 conseguí comprar, tras una negociación similar y paralela a la que mantenía España intentando colarnos en el Mercado Común, la primera finca que me permitió construir unas modestas instalaciones para felinos. Allí, en el verano de 1981 tuve mis primeras parejas: una de leones, otra de leopardos y la tercera de pumas. Un zarpazo en la cara de mi amigo Chuchi propinado por el joven macho de leopardo recién llegado -un rasguño sin consecuencias en la frente, realizado con la precisión de un espadachín- rubricó con unas gotas de sangre aquel acontecimiento y nos advirtió de que, incluso tras una reja, podrían ser peligrosos.

1987 | Las serpientes venenosas

Si a alguien teme el ser humano en la naturaleza es a los grandes carnívoros y a las serpientes, muy especialmente a las venenosas.

En febrero de 1987 viajé a Barcelona para ver en su zoo la exposición de ‘Las serpientes más venenosas del mundo’. Era espectacular y novedosa y tenía un impresionante éxito de público.

Contacté con los italianos dueños de aquella colección y nos reunimos en Madrid en un restaurante cerca de la Plaza de Callao y de nombre Hostería Piamontesa. Los italianos preferían jugar aquella partida en su casa, como los futbolistas, por eso eligieron este restaurante italiano que yo había visitado con mis padres en varias ocasiones. Tras una prolongada negociación convinimos que en verano vendrían a nuestro Zoo.

Hubo que preparar un edificio, hoy dedicado a las pequeñas aves, donde en treinta terrarios muy bonitos y bien decorados, se instalaron en un tiempo récord: cobras de tres especies diferentes, cascabeles variadas –una de ellas albina–, dos serpientes Mocasín muy venenosas, víboras de muchas especies diferentes destacando entre todas las víboras de Gabón –una de esta especie mató en ese país al hermano de un conocido mío–, otras dos víboras sopladoras… y dos terribles mambas: una verde y otra negra, sin duda las más rápidas y peligrosas de todas, que consiguieron que muchos miles de visitantes sufrieran más que escalofríos con su contemplación.

Fruto de esto fue una gran asistencia de visitantes, 140.000, que ese año nos catapultó hacia nuevos proyectos y también nos permitió un aumento importante de la plantilla de empleados, ya que el trabajo se multiplicó en proporción a las instalaciones.

Dos veranos mantuvimos aquella exposición, pero el alto coste del contrato y la tensión que provocaba una vigilancia y control de seguridad exhaustivos hizo que rescindiéramos el contrato con los italianos y pasáramos página.

1989 | El Jardín de las Mariposas

Con las enseñanzas recibidas de un padre entomólogo, desde años atrás rondaba por mi cabeza una idea muy especial: mostrar la vida de las mariposas y otros insectos en todo su esplendor.

Viajé a Londres. Allí, muy cerca de los KewGardens, estaba la Butterfly House o ‘Casa de las Mariposas’, creo que la primera experiencia europea con mariposas tropicales vivas. También fui a Holanda donde, en el Zoo de Emmen, una tarde heladora de enero y casi de noche, quedé maravillado viendo volar unos Papilio rumanzovia, que hoy me resultan tan comunes casi como las moscas. Allí tenían luz artificial y una potente instalación de aire acondicionado. Yo no necesitaría tanto.

Ya en pleno proceso creativo contacté en Burriana (Castellón) con Ininsa y su ingeniero de apellido Nebot. Presupuestó lo que yo deseaba y comenzamos la construcción. Resultó muy entretenida porque fue vigilada estrechamente por Gladys, uno de los leopardos criado en casa a biberón, quien descubrió que las zanjas excavadas para los cimientos eran el lugar ideal para esconderse y lanzarse por sorpresa sobre nosotros al pasar. Siempre ha sido su juego favorito.

El 29 de julio de 1989 inauguramos el primer Jardín de Mariposas Tropicales vivas en España, que aún hoy y cada día más, sigue dejando impactado a quien lo disfruta, lo que nos permitió mantener casi los 140.000 visitantes por año, pero ya sin las temidas serpientes ni los gastos y preocupaciones que ocasionaban.

Recuerdo la emoción que me produjo presenciar el primer apareamiento, los primeros huevos de un precioso Papilio en el borde de una hoja de limonero. La sonrisa de mi cara tardó varios días en desaparecer. Junto a ellas variados insectos, escorpiones milpiés y tarántulas daban mayor contenido a la nueva obra.

1994 | Los pequeños primates sudamericanos

No recuerdo la fecha exacta pero sí que el Zoo de Norfolk (Inglaterra) estaba interesado en lobos ibéricos y a nosotros todos los años nos nacía una camada.

Aproveché esta ocasión y en coche, acompañados por nuestros amigos Julio y Pilar, nos lanzamos a la aventura. Ellos para hacer turismo y yo con la intención de conocer otros zoos y aprender, que siempre es bueno y, en mi caso, necesario.

El primero en ser visitado fue el Zoo de Jersey, en la isla del mismo nombre situada entre Bretaña y el Reino Unido. Aunque un poco decepcionado pues Gerald Durrell –naturalista, escritor y fundador del zoo– acababa de marcharse a Canadá, me empapé de los detalles concernientes a instalaciones y animales. Después le tocó el turno a Norfolk, que no me aportó nada nuevo, y por último Londres.

Allí fue, en el Zoo de Londres, donde descubrí a nuestros parientes más pequeños: los diminutos primates sudamericanos que comúnmente llamamos titíes o tamarinos. Son muy diferentes unas especies de otras pero tienen en común su pequeñísimo tamaño: no llegan a alcanzar nunca los 800 gramos de peso, siendo los más pequeños de 140 gramos.

Además de su parecido con los humanos –el Tití Emperador posee unos bigotes tan grandes como los míos y tan blancos o más–, tienen varias características que los hacen muy atractivos. Su variedad de coloridos –desde negros a plateados, pasando por color oro, grises o con aspecto de león en miniatura– es acompañada por una viveza de movimientos que hace entretenidísima su contemplación. ¡Nunca te cansan!

Por si todo esto fuera poco, el hecho de poder observarlos con crías a la espalda y ver cómo toda la familia juega con ellas, las protege, las transporta y desea llevarlas encima, convertía a estos animalitos en seres muy apropiados para un zoo de nuestras características. Como inconveniente destacaba su escasez en cautividad y los muchos cuidados que requieren, además de unas instalaciones bien calefactadas y mucha vigilancia sanitaria.

Para la ‘operación tití’ disponíamos de un lugar estupendo que había que modificar a fondo pero que, por orientación y tamaño, nos permitiría instalar hasta cinco especies diferentes: el primitivo recinto de felinos, vacío por traslado de estos a uno mucho más amplio que disponía de zonas ajardinadas. Rápidamente comenzamos su trasformación. Resultado: en unos meses las instalaciones estuvieron listas y llegó el momento de ser ocupadas.

Cuando el Zoo de Barcelona instaló unas parejas, rápidamente me acerqué hasta allí y comprobé que estaban a nuestro alcance. Hablé con el señor Jonch, su director, y convinimos que en cuanto tuviese la primera instalación dispuesta comenzaríamos con el traslado de seis de estos preciosos seres: dos parejas de titíes pigmeos y una de titíes algodonosos.

El 1 de julio de 1994 salí a las seis de la mañana hacia Barcelona, acompañado por la doctora Marta Saiz de la Maza y a las 10 de la noche, tras 1.500 km de coche estábamos instalando a nuestros nuevos primates en las recién terminadas instalaciones.

Dos meses más tarde nacían los primeros titíes pigmeos en nuestro zoo, dos diminutos mellizos de apenas ¡12 gramos de peso!

Desde entonces nuestra colección ha aumentado muy deprisa y el Zoo de Santillana es donde más numerosos y variados son estos animales. Hemos recibido titíes de muchos zoos europeos y también hemos distribuido numerosas crías nuestras a muchos otros.

La actual colección la componen:11 titíes midas (como el rey Midas con manos y pies color oro); 8 plateados; 10 dorados –como si fuesen de oro que, además de escasísimos en libertad, quizás el nuestro es el grupo más numeroso de Europa y, desde luego, los únicos nacidos en España–; los pigmeos (los más pequeños); los goeldi, negritos como el carbón y de los que, por no tener nunca leche una hembra que murió con 21 años, hemos sido padres adoptivos de 13 de sus hijos; los algodonosos, bicolores, labiatus y geoffroy.

2003 El Parque Cuaternario

Durante unos años la idea vagaba por mi mente, pero no fue hasta finales de los años 90 cuando acometimos lo que desde entonces llamamos el ‘Parque Cuaternario’, un paraje amplio de más de 20.000 m2. Nuestra idea era reintroducir en él, muy cerca de la cueva de Altamira, las mismas especies de fauna y flora que allí observó y cazó el hombre prehistórico.

Dos años de intenso trabajo e inversiones, y poco a poco fueron llegando los nuevos y prehistóricos pobladores: bisontes europeos, caballos de przewalski, osos pardos, jabalíes, corzos, ciervos, gamos, linces boreales, lobos, cabras montesas, nutrias… Asimismo, un sin fin de aves nórdicas que con toda seguridad habitaron durante las glaciaciones en la vecindad de aquellos pobladores humanos de las cavernas: búhos nivales, cárabos lapones y uralenses, los míticos urogallos, cisnes cantores y un larguísimo etcétera. Todos esos animales, junto a ardillas, castores y los recién llegados lobos árticos blancos, dotan a este lugar de la posibilidad de completar con modelos vivos las imágenes del techo de Altamira.

Desde que en 2003 inauguramos esta nueva y atractiva zona temática, muchos han sido los nacimientos y ahora el ADN de estos animales se ha mezclado abundantemente con el de sus antepasados.

El nacimiento de un bisonte europeo, de varios renos o cabras montesas se ha convertido en estos años en un hecho tan rutinario que, dado que esta zona está en alto y a casi trescientos metros de mi puesto de trabajo habitual, a veces tardo varios días en ir a conocer a mi nuevo protegido.

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