La ciudad soñada de Santander llena el pabellón de la Bienal de Diseño de Londres

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Visitantes del pabellón de España, en el túnel del tiempo. / Margarita Rodríguez

  • Una utopía a 100 años vista, imaginada por gestores culturales, arquitectos e ingenieros de realidad virtual, profetiza el futuro de Santander

No deja de ser una paradoja que la utopía del futuro se muestre en un edificio tan clásico como Somerset House, antaño ocupado por oficinas del gobierno británico y ahora hogar de museos, restaurantes y cafés en medio del ruidoso Strand y del Londres del ‘Brexit’, una ciudad envuelta en una fiebre constructiva que lo inunda todo. El complejo del siglo XVIII acoge desde el 7 al 27 de este mes la Bienal de Diseño de Londres en su primera edición. Un escaparate para los sueños, ideas y utopías de 37 países «que explora grandes preguntas e ideas acerca de la sostenibilidad, la migración, la contaminación, la energía, las ciudades y la igualdad social... todo un viaje de inmersión, inspirador y entretenido», tal y como Christopher Turner, el director de la bienal, explica. Y todo en conmemoración del 500 aniversario de la ‘Utopía’ de Tomás Moro.

Y en esta feria destaca por su diferencia el pabellón de España, con su visión entre profética y arriesgada del Santander de 2116. Y brilla porque concita gran atención del público expresada en las constantes colas y porque responde fielmente, quizás más que ningún otro pabellón, al ‘encargo’ de la bienal: explorar una utopía a través del diseño.

«Presentamos una utopía basada en realidades ya posibles o que lo serán en los próximos años». Maite Cantón, la comisaria de la exposición, que ha capitaneado un pequeño equipo de gestores culturales, arquitectos e ingenieros de realidad virtual lo explica claramente e incluye algunas cautelas. «Hay que dejar claro que esto no es un plan de urbanismo, ni siquiera un proyecto de tal. Es una utopía basada en conocimientos de alto nivel técnico, en los desarrollos que ahora mismo están en marcha. Hemos soñado con los pies en la tierra pero, efectivamente, hemos soñado».

El pabellón incluye una instalación a modo de preparación para lo que se verá, un peculiar túnel del tiempo de tuberías de cobre, espejos deformantes y lana de colores que transporta a los visitantes al futuro «a la vez que les llama a preservar lo antiguo e histórico de la ciudad», según resume su autora, la arquitecta María Levene.

Es un acusado contraste entre el mundo tecnológico que aguarda en la siguiente estancia y un túnel literalmente construido a mano durante cuatro días con tuberías unidas y un laborioso trenzado de lana que recorre los 4.700 tornillos en los que se va anudando la red. Para crear este diseño Levene se inspiró en la película de Stanley Kubrick ‘2001: Una odisea del espacio’.

Y tras el contraste, el sueño utópico resulta realmente perturbador visto con las gafas de realidad virtual y pertrechado con el conocimiento de lo que es el Santander actual. La utopía recorre seis emplazamientos diferentes: el entorno de Varadero, la bahía frente a los jardines de Pereda y el Hotel Bahía, el funicular del Río de la Pila y su entorno, la calle Sanz de Sautuola, la plaza de Alfonso XIII y la Porticada. Todos se reconocen envueltos en un sueño futurista. Está la plaza Porticada con su techo que surge por la noche o cuando llueve, con su ya polémico tranvía que levita como un gusano y con sus edificios y pavimentos cambiantes de luz.

Las fachadas de muchos edificios son bioclimáticas forradas de algas y recogen y reutilizan el agua de lluvia. La consigna es la innovación, la sostenibilidad y la interconexión, no en vano el proyecto bebe en las fuentes de la ‘smart city’, cuyos sensores son pieza clave y lo serán en cualquier futuro de Santander.

Ni coches ni calzadas

No verán coches ni calzadas: los aparcamientos se han convertido en depósitos subterráneos de agua y el transporte es público y gratuito, como en toda buena utopía que se precie. Hay también sitio para una aparente ironía: tras el Hotel Bahía se eleva un monstruo de vidrio y acero, cruce entre Guggenheim y el nonato Museo de Las Llamas.

Una docena de rascacielos marcan territorio en esta ciudad del futuro, no formando un barrio como en las actuales pesadillas urbanísticas chinas, sino repartidos a modo de hitos: uno similar al que se levanta en La Villete en París enmarcando el campo del Racing y el parque de las Llamas, alguno con el aspecto del Swiss Re de Foster en la City londinense y otro –¡herejía!– a la entrada del parque de La Magdalena a modo de faro de luz y color anunciando la nueva ciudad.

Domingo de la Lastra, que junto a Mar Martínez dirigió el equipo de siete jóvenes arquitectos de Cantabria que ha colaborado en el proyecto, reconoce que un artefacto visual como el presentado en Londres tiene algunas servidumbres y los rascacielos, como hitos, son una de ellas. «Nosotros no los propusimos, pero bueno, al final los pusieron».

El grupo de arquitectos sentó varias premisas en su trabajo que se aprecian en la utopía de Santander 2116: «Toda la ciudad es un espacio público, no hay diferenciación acera-carretera. Asumimos una incorporación de las nuevas tecnologías del modo más invisible posible para mantener el carácter de la ciudad: las fachadas producirán energía porque integran un acabado de grafeno o una pintura a modo de malla eléctrica, los pavimentos serán también captadores energéticos».

Y puestos a pensar en utopías, decidieron que estas triunfaran sobre las duras realidades. «Las asumimos como solucionadoras de problemas y descontamos que dentro de 100 años el nivel de residuos tenderá a cero: los objetos serán diseñados para que sean directamente materias primas cuando acaben su ciclo de vida útil y el tráfico privado no existirá», augura De la Lastra.

Si de algo están satisfechos es de haber logrado plasmar una de sus principales preocupaciones con soluciones avanzadas: «Las ciudades necesitan ganar habitabilidad para los vecinos; nosotros lo hemos buscado cubriendo plazas como la Porticada y calles como Martillo (Sanz de Sautuola). Lugares para ser vividos», resume De la Lastra.

La isla flotante

El diseño de realidad virtual de Santander (obra de la ingeniería madrileña inMmediaStudio), se representa en una isla flotante, como en un mundo de Moebius (más pacífico, claro), y los que lo exploran pueden moverlo a placer e ir interactuando con los mandos. El resultado es ver a ingleses de toda edad y condición y a algunos españoles bailando en una habitación oscura mientras capturan mundos con los mandos y lanzan exclamaciones de sorpresa. Observan una asombrosa silla de ruedas que se transforma en un pedestal, siguen las evoluciones de un barco eléctrico en el cuadro de Varadero y descubren los árboles de paneles solares de Alfonso XIII.

Los asistentes de la organización, la productora asturiana Dímelo a mí, la misma que ha puesto en marcha el Festival de Cine y Arquitectura de Santander, en largas jornadas con escasas pausas, guían a los visitantes por las dificultades prácticas de la realidad virtual. Lo mejor son las reacciones y, en contados casos, cuando el viajero de Santander, sus exclamaciones de asombro y de orgullo por su ciudad.

El viaje por la utopía denominada ‘VRPolis. Diving into the Future’ (Buceando en el futuro) no acaba aquí. La idea de la productora es que este proyecto busque nuevas ciudades para expandir la utopía y que se pueda mostrar en Santander. Buscan patrocinadores.