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Imágenes del acto celebrado el jueves en Santander. / María Gil Lastra

El día que explotó un pedazo de Santander

  • El barco 'Cabo Machichaco' tenía en sus bodegas 51 toneladas de dinamita sin declarar que hicieron saltar por los aires la embarcación en el Muelle de Maliaño el 3 de noviembre de 1893: murieron casi 600 personas y 2.000 resultaron heridas

De José María Pereda siempre se reseña que es un escritor costumbrista, que en sus páginas aún perviven las escenas, los términos y la querencia santanderina por las cuestas pindias y los raqueros. Sin embargo, el ilustre narrador añade algo más a la biografía de Santander cada 3 de noviembre. El autor anticipó la novela periodística con 'Pachín González', un relato de 80 páginas en el que cuenta lo que sucedió ese día en la capital cántabra, y que hoy se conmemora con varios actos en la capital como la tradicional ofrenda floral: la explosión del barco 'Cabo Machicaco'. El 3 de noviembre es una muesca en el calendario. La ciudad vivió aquel día de 1893 una tragedia de la que poco dicen los adjetivos sino las cifras sobre la envergadura del desastre.

la tragedia

  • El día que explotó un pedazo de Santander

    La explosión, en imágenes de entonces

Todo comenzó con un pequeño incendio en la superficie del carguero que estaba amarrado en el Muelle de Maliaño. Ardían las maderas, los mástiles, el velamen, y mientras bomberos y marinos trataban de sofocar las llamas, el espectacular incendio, que emergía entre el agua con una columna de humo visible desde kilómetros de distancia, atrajo a cientos de personas hasta el muelle. Allí languidecía el carguero que, amarrado y solemne, albergaba en su interior algo más que provisiones y tripulantes: en sus tres bodegas dormitaban 51 toneladas de dinamita que estaban sin declarar, y que fueron las responsables de la explosión que se llevó por delante la vida de casi 600 personas, causó dos mil heridos y arrasó el frente sur de la ciudad, convirtiendo en astillas los edificios de la actual calle Calderón de la Barca.

La deflagración provocó una onda expansiva que arrastró por el agua restos y cadáveres hasta depositarlos por las orillas de la ciudad como una lengua en pleno vómito. La explosión sucedió a las dos de la tarde del 3 de noviembre de 1893, ese día que hoy da nombre a una calle por la que entra poco el sol entre Vargas y el Alta, y que erige un monumento frente a la estación del Ferry donde esta mañana, como ya es tradición, el consistorio ha rendido homenaje a las víctimas del accidente que se llevó por delante a vecinos, tripulantes y operarios que se afanaban por extinguir el fuego.

Lo que logró José María Pereda al narrar en 1896 aquel suceso fue evocar el antes y el después de un episodio que hoy en día se sigue recordando. La cicatriz no dejó sin embargo su huella en la ciudad ya que apenas unas décadas después, en 1941, ardió la ciudad en otro siniestro que marcó su devenir en el siglo XX. El episodio del 'Machichaco', no obstante, ha quedado para la posteridad narrado en la mano de Pereda, que se sirve de Pachín González y su madre, ambos personajes de ficción, para ejemplificar cómo vivieron los santanderinos el golpe de fuego y metralla que acompañó al incendio, en apariencia inocuo, en la cubierta de la embarcación. Las cifras dibujan hoy en día la envergadura de la herida que causó el 'Machichaco', ya que esos dos mil heridos y los 600 fallecidos los lloró una ciudad en la que entonces sólo había censadas 50.000 personas.

Una segunda explosión

Desde que se declaró el fuego, a las dos de la tarde, hasta que se conoció el contenido de la embarcación, pasaron dos horas. Sin embargo, a pesar de que la explosión se antojaba inevitable, la zona siguió sin despejarse de curiosos y vecinos que, atraídos por las llamas, asistían de cerca al crepitar del enorme buque. Estallaron las dos bodegas de la parte delantera, y los edificios de las inmediaciones se derrumbaron, las ventanas estallaron y cientos de fragmentos de hierro al rojo salieron despedidos, algunos a varios kilómetros de distancia.

En la tercera bodega quedaba pólvora. Y cuando fue posible retomar las tareas de limpieza para acabar de sacar hasta el última briza de explosivo y retirar los restos del barco, el Machichaco se resistió a morir y dio su último estertor en forma de estallido el 21 de marzo de 1894. Ese día, fallecieron quince operarios.