"Papá bajó cansado, sucio y dijo algo así como: ¡Ya no hay nada que hacer!"

Fernando Mirapeix (Mil Velas), José María Cubría; Miriam Ruiz, concejala de Cultura; y Orestes Cendrero, vicepresidente del Ateneo.
Fernando Mirapeix (Mil Velas), José María Cubría; Miriam Ruiz, concejala de Cultura; y Orestes Cendrero, vicepresidente del Ateneo. / Roberto Ruiz
  • José María Cubría, presidente de honor de Acanto, saca a la luz su relato infantil del gran incendio de 1941

«Yo tenía 6 años pero a pesar de ello se me quedaron grabados profundamente muchos detalles de aquella noche trágica». «Era un día de mucho viento, pero el viento es una cosa tan vulgar como la nieve en Suiza y no se le dio mucha importancia a la cosa». Así comienza la crónica de las vivencias del niño Chencho Cubría, de cómo con su corta edad vivió acontecimientos trágicos. Una crónica escrita a principios de 1947 (con doce años de edad) y que José María Cubría Mirapeix, médico, presidente de honor de la Federación Acanto, decidió ayer dar a conocer en el Ateneo de Santander.

La crónica ha permanecido todo estos años guardada en el archivo familiar pero, dentro de las conferencias sobre el75 aniversario del fuego, organizadas por la Asociación Mil Velas y el Ayuntamiento de Santander, el reconocido médico y defensor del patrimonio regional, decidió que era hora de leer sus «vivencias de infancia» de aquella jornada del incendio de Santander, en la que desapareció su casa familiar en la calle de Calderón de la Barca, frente al monumento a la explosión del CaboMachichaco.

En esa crónica infantil escrita en hojas de un calendario de mesa, el recuerdo de aquellos momentos, relató ayer Cubría, «era tan vivo como el primer día y durante toda mi vida cierro los ojos y puedo pasar la película con el mismo detalle descrito en cualquier pasaje de la crónica».

En su comparecencia ateneista su ‘Vivencia imborrable del incendio de Santander’, Cubría contó que tan fuerte era el viento que arrastraba el agua de la bahía y entraba en su casa . «No sé si en la sala o en el cuarto de mis padres estaba la alfombra recogida en un extremo de la habitación que en su parte próxima a las cerradas ventanas aparecía cubierta por una capa de agua que entraba poco a poco por las rendijas. La cosa no podía ser más incomprensible pero no dejaba de ser una realidad, aquel agua era agua salada, era agua del mar; las olas al romper contra los muelles eran arrastradas por el huracán contra las casas que, como la nuestra, estaban en primera fila y se estrellaban contra las fachadas introduciéndose por los intersticios de las mismas y penetrando en el interior».

El miedo y el viento

«Me hizo saltar de la cama (prosigue la crónica infantil) el mucho miedo que me producía oír el silbido del viento filtrarse por todas las rendijas de la casa y el ruido producido por las ventanas en continua vibración. Si yo hubiera tenido más edad, hubiera comprendido que algo grave ocurría, pero a los seis años aún no sabe uno deducir unas cosas de otras. Así que me lo dijeron: cerca de la casa, en la calle de Cádiz, había una casa ardiendo. En un día como otro cualquiera no hubiera dejado de ser un accidente sin importancia, pero en una noche como aquella, sin luz, sin comunicaciones y con un viento maldito de 132 kilómetros a la hora, un incendio podía significar una catástrofe como en efecto significó unas horas más tarde».

Cuando la casa vecina a la de la familia Cubría empezó a arder fue «cuando nos desalojaron de nuestro piso. Yo bajé primero al de mi abuela, donde oía asustado las carreras y los gritos que daban los vecinos». «Mientras estuve allí fue cuando se hizo lo indescriptible por salvar la casa... Que papá fuera el alma del salvamento del edificio se explica porque suya era la casa que corría peligro. Caían tablas, vigas, ventanas y otros muchos objetos ardiendo con el consiguiente riesgo».

Los vecinos lo daban todo por perdido y así lo expresaban en voz alta.... «Papá bajó cansado, sucio, con los ojos hinchados y lagrimosos a causa del humo. Cuando le faltaban unos 10 escalones y estaba más alto que todos los que escuchaban dijo algo así como: ‘¡Ya no hay nada que hacer!’ Creo que salimos los últimos del portal y en cuanto habíamos salido se oyó dentro un gran estruendo de vidrios rotos y golpes por las escaleras. La gran claraboya que daba luz a la escalera se había hundido y sus restos estaban desperdigados por el portal y las escaleras».

«Yo salí en pijama y sobre él, un abrigo marrón. En el bolsillo del abrigo llevaba por casualidad mi peonza, ni siquiera la debía de saber bailar pero yo ya tenía entonces una peonza probablemente porque aquellos días estaba de moda. Fue lo único que saqué, peonza y cuerda».

Como dijo el vicepresidente del Ateneo, Orestes Cendrero, la crónica escrita de Cubría es el contrapunto a las crónicas oficiales, «son las vivencias de un niño que sufrió el incendio y las dejó escritas para la posteridad». Y ayer las dio a conocer.