El representante de Sol Cultural cree que la conexión del Centro Botín con la ciudad es una de las claves de futuro
El representante de Sol Cultural cree que la conexión del Centro Botín con la ciudad es una de las claves de futuro / Javier Cotera

"No existe un plan de ciudad, es algo que entronca con su ADN"

  • Coartífice de uno de los colectivos de Santander que ha potenciado la cultura desde la calle,a través del Rvbicón, Vicente Marcos apunta que lo grave es la "falta de asociacionismoy de colaboración"

–¿Cree que la apertura del Centro Botín transformará la ciudad?

–Sin duda que se convertirá en un gran referente de la ciudad pero de ahí a que la transforme... todo dependerá del trabajo que se desarrolle y su conexión con la ciudad. La gran transformación vendrá determinada por la actuación política y la capacidad de aprovechar la presencia de este centro. Un ejemplo recurrente es el del Guggenheim y Bilbao, como un antes y un después en esa ciudad. Y así fue, porque, además de la llegada del museo, unos políticos entendieron que tenían que aprovechar el momento para transformarla. El Guggenheim solo no habría convertido a Bilbao en la ciudad que es ahora, aunque nada está libre de ser sometido a alguna crítica. ¿Qué hicieron? Invertir en cultura.

–¿El proyecto puede condicionar o mediatizar el ritmo o el pulso cultural de la ciudad ?

–Hay que pensar siempre en positivo y creer que el CB pueda ser una palanca de impulso para ser más ambicioso a la hora de apostar desde las instituciones públicas por una idea de ciudad en que la cultura tenga una presencia fundamental. La tan criticada candidatura de Santander como ciudad cultural europea ha servido para que la ciudad se haya puesto en funcionamiento, lentamente, pero creo que empieza a salir de ese inmovilismo quejica del ‘aquí no pasa nada’.

–¿Qué le sugiere el diseño del edificio de Piano y su integración en el entorno?

–Este tipo de construcciones que denomino ‘catedrales de la postmodernidad’ suelen generar polémica y no se valoran en su justa medida (para bien o para mal) hasta que ha pasado un tiempo. No sé si son necesarios, tampoco sé si lo son los museos, o son como zoológicos de algo transcendente. La cultura, en general, tiene que tener un componente transgresor y el Centro Pompidou en su día generó más polémica que este Centro Botín. Renzo Piano creo que ha jugado ese papel y es muy consciente de lo que hace. Y sin entrar en cuestiones de legalidad que sería más extenso.

–¿A veces parece que es la ciudad la que se está adaptando al edificio, y no al revés?

–Si se percibe esa sensación es porque no existe un plan de ciudad, lo que entronca con el ADN de esta ciudad tras sus incendios, regida por el caos y la falta de planificación.

–¿Falta cultura de barrio?

–Lo que falta es una cultura de asociacionismo y de colaboración. Evidentemente no vivimos en un mundo que esto se potencie y pensar que entre todos se pueden hacer cosas para que tu entorno sea mejor. Vuelvo al espíritu quejica muy típico de las barras de los bares. Únete, asóciate, plantea propuestas y protesta. No te quedes parado. En muchas ocasiones los políticos no dan respuesta a problemas porque los desconocen. Los ciudadanos se tienen que implicar mucho más que en ir a votar cada cuatro años y pensar que tus representantes te lo van a solucionar todo. No hay que esperar sino buscar.

–Sol Cultural es uno de los exponentes de otra manera de abrir la ciudad desde abajo al margen de grandes estructuras y jerarquías. ¿En qué momento se encuentra la asociación?

–Sol Cultural es un claro ejemplo de cómo un grupo de personas –no de bares, el que tenga esa idea es que no conoce la asociación– que coinciden en un espacio y con una inquietud común y deciden asociarse para realizar actividades culturales, tan escasas en la ciudad en el momento que surgió, para acercárselas a vecinos que de otra forma nunca habrían pensado asistir. Quiero hacer referencia a dos ejemplos que son muy simples y a la vez clarificadoras de por qué consideramos tan importante esta labor. Los miércoles me llegan los repartidores de suministros para el bar y tengo puesto en la tele el canal Mezzo que a esas horas suele emitir música clásica. No hace mucho, uno de ellos me comentó que a él le gusta el rock, pero que hace muchos años cuando en la Porticada se hacían conciertos de clásica, pasó por allí y pensó que no era su música pero que tampoco le disgustó. Ahora, de escucharla todos los miércoles en el bar, se ha enganchado a esa música. Un muy buen amigo y para su desgracia (no para los demás) también cantautor, cuando poníamos música de jazz repetía como un niño pequeño cabreado «no me gusta el jazz, no me gusta el jazz...», hasta que un día escuchó un concierto en vivo en el Rvbicón y ahora no sólo no se los pierde, sino que no entiende cómo a la gente no le puede gustar el jazz. El músico Quique González me decía un día que él se ha hecho con su público trabajándolo uno a uno tocando en los pequeños bares. Si partes con esos principios, no te vas a equivocar.

–¿Y continúa la esencia con la que nació?

–Este es el planteamiento de Sol Cultural, acercar música, teatro, danza, poesía, pintura, fotografía... a personas que de otra forma no accede a ello e integrarlos en su vida. Sin ser triunfalistas, creo que lo hemos conseguido. Y lo más importante es que hemos abierto el camino para que otros colectivos de la ciudad, aunque no sean con el mismo fin, han decidido asociarse para trabajar en común, lo que es una de las grandes carencias de nuestras sociedades.

–¿El CB debe ser exponente y adalid de las sinergias entre lo privado y lo público, una relación mucho más consolidada en otros países?

–Creo en lo público y, por eso mismo, se deben aprovechar las iniciativas privadas. Pensar que desde lo público se puede abarcar todo produce un anquilosamiento. En este sentido, respecto a la Fundación Santander Creativa, que ha demostrado ser en los últimos años la mejor herramienta desde el ámbito cultural que ha tenido esta ciudad, desde determinados sectores se ha abierto un debate en el sentido de en que en ella participan instituciones privadas. No debemos olvidar nunca que es una Fundación pública y que está sometida a un control probablemente mayor que uno exclusivamente público porque necesariamente está obligada a una transparencia. Paradójicamente, desde esos mismos sectores critican si uno solicita una subvención pública. Debo entender que creen en lo privado.

–¿Qué necesidades más acuciantes tiene Santander en su empeño por ser la cacareada ‘ciudad de la cultura’ que dicen las instituciones ?

–Lo más importante es que los políticos se lo crean de verdad y no sea una campaña de marketing. La cultura entendida no solamente como un negocio –aunque también pueda serlo–, sino como algo esencial en el desarrollo de nuestras sociedades. La mejor forma de traducirlo consiste en invertir en ella.

–Si a medio plazo se consolidan los proyectos pendientes, ¿hacia dónde se debe encaminar la ciudad para consolidarse como un referente?

–No hay que obsesionarse con ser un referente. No creo que deba ser el objetivo de ninguna ciudad sino una ciudad en la que sus vecinos se encuentren cómodos. Es como abrir un bar. Es abrir la puerta todos los días, día tras día, con un planteamiento inicial. Que se convierta en un referente o no tampoco es importante, no debe ser el objetivo.

–Participa con asiduidad en los debates del Plan Director y foros ciudadanos. ¿Son un instrumento válido para lograr frutos concretos?

–No sé si es un instrumento válido pero sí muy democrático. Lo de lograr frutos concretos ya entra más en el terreno de la voluntad política.

–Peatonalizar, crear carriles bici, ‘metro-tus’, arte en la calle... ¿Es un Santander necesario? ¿Llega tarde?

–Pues claro que llegamos tarde. En otras ciudades nos llevan veinte años de ventaja pero es mejor llegar tarde que no hacerlo. Alguna de las críticas a este proceso vienen por ahí, que es algo que se está haciendo en todos los sitios. Efectivamente, como tener luz y agua en las casas es una cuestión de calidad de vida.

–¿Las trabas y carencias de una regulación definitiva sobre conciertos y otra actividades en bares y otros lugares públicos demuestra la frecuente desconexión entre las instituciones y la calle?

–Lo que demuestra son dos cosas. La primera es que los políticos tienen generalmente poco conocimiento de estas actividades en los bares, lo que les produce recelo y un enfoque equivocado del asunto. La segunda es ese vicio desde el poder político de trasmitir a los ciudadanos que estamos más seguros con leyes más duras. Esta falsedad la podemos comprobar con lo sucedido en el Madrid Arena. Como respuesta a una infracción flagrante de la legalidad de ese momento se responde con un endurecimiento de las exigencias en materia de seguridad. Esto ha provocado que una buena parte de los locales (no hablo sólo de bares) que hay en España se hayan quedado automáticamente fuera de la ley. Parece que el Parlamento de Cantabria alumbrará una ley este año pero me temo que si no se hacen algún tipo de cambios en el anteproyecto de ley que se hizo público puede que nazca muerta, por lo menos en el sentido de dar solución a este problema.

–¿Hay un conservadurismo intrínseco?

–Normalmente las sociedades son reacias a los cambios y a lo nuevo, evolucionando lentamente. En el caso de esta ciudad parece que esto se agudiza. Cualquier tipo de cambio se ve de forma negativa y se somete en ocasiones a una dura crítica. Esto nos lleva a un inmovilismo y ensimismamiento que degenera en apatía.

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