En las entrañas del viejo túnel de Tetuán

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Uno de los trabajadores de la obra sostiene la linterna junto a los dos bomberos. La capa de fango aquí es menos espesa. Al fondo, la boca de Tetuán. / Fotos: Celedonio / Vídeo: pablo Bermúdez

  • Fango, oscuridad, historia y curiosidades, en un lento recorrido de 150 metros

  • Un equipo de El Diario Montañés accede en compañía de los bomberos al interior del antiguo pasadizo

Justo en el punto 150, casi en la mitad del trayecto, está el tercer apartadero. Es un hueco abierto en la pared. A la izquierda, si uno tiene la boca del Grupo Las Canteras –entre Tetuán y Barrio Camino– a la espalda. El espacio en la bóveda no se ve entero. La capa de fango ocupa aquí "unos cincuenta o sesenta centímetros". Pero en lo que hay a la vista llama la atención una inscripción que, con cierta dificultad, puede leerse en uno de los ladrillos. Alguien apunta con la linterna, otro usa el dedo para rascar el barro... ‘Gran Tejería Mecánica de Eloy Silió’, pone. Rascando nuevamente –pero en la historia–, uno descubre que Silió fue un montañés que se afincó en Valladolid y que hizo fortuna. Fue miembro de la junta directiva de la Cámara de Comercio, accionista de la cervecera El Águila y de la Sociedad Industrial Castellana. La Tejera Mecánica y La Cerámica, sus fábricas, fueron un prodigio de modernidad en la época. Hoy, el edificio, con una chimenea característica, se conserva (fue rehabilitado) y es una estampa más para los vecinos. Alberga, incluso, un supermercado, el último paso de la biografía de una curiosa conexión que ahora sale a la luz. Una anécdota. Los ladrillos de Silió y el viejo túnel por el que pasaba el tranvía hacia el Sardinero. El pasadizo oculto durante décadas en el que se enterraron miles de relatos de un Santander de otro tiempo. El ladrillo, Silió, los apartaderos, los recuerdos de todos los que pasaron... Todo forma parte de la crónica del primer paseo en mucho tiempo por el interior del antiguo pasadizo.

Dos bomberos y uno de los trabajadores de la obra acompañan a un equipo de tres personas de El Diario Montañés. No es como pasear por Castelar. Hay que ponerse un peto de neopreno con botas, casco y vienen muy bien el bastón y la linterna. Es un trayecto a oscuras por un terreno irregular y, sobre todo, lleno de fango. Es lo que más llama la atención y lo que obliga a extremar las precauciones (sobre todo, al cámara y al fotógrafo). Tampoco ayuda para la estabilidad el hecho de que apoyarse en la pared suponga pringarse de lleno. La capa de lodo más grande está al principio, en los primeros metros. Pronto pasa por encima de los rodillas y llega, casi, a la cintura. "Aquí viene lo peor", advierten los que ya conocen el terreno. Un hoyo, como cuando te metes al agua en la playa y el Cantábrico se pasa de la raya sin que le hayas cogido gusto a la temperatura todavía. Luego, el volumen de la capa es menor. Tiene menos altura.

Una marca fluorescente en la pared. En amarillo chillón. Una flecha y una cifra: 25 metros. Los bomberos han ido señalando para los técnicos. A la izquierda hay dos ‘montañas’ de un lodo de color claro pegado a la pared. Materiales que se han ido filtrando (hay alguna otra más adelante, pero no son tan grandes como estas). La estructura, en todo caso, está perfecta. Más allá de que parezca que las paredes ‘sudan’ y recuerden a las de una cueva. Piedra de sillería, pequeños huecos (que pueden deberse al sistema que utilizaban para cimbrar la piedra) y hasta los restos de perfiles metálicos ahora deshechos y que se pulverizan sin fuerza al primer tímido contacto con el bastón.

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Una inscripción –‘Gran tejería mecánica de Eloy Silió’– aparece en el ladrillo de un apartadero. / Celedonio Martínez

Un bombero va delante. Su luz marca la siguiente marca. Cincuenta metros. "Hay como una ventana marcada en la pared". De color blanco. Muy cerca del primer apartadero, en el que, con tanto fango aún, no entraría una persona. La manguera por la que sale el agua que la bomba está bombeando un buen trecho más adelante aparece y desaparece entre la capa del suelo. Aquí tiene menos altura, pero es más oscuro y más denso. Uno pisa y, aunque se hunde menos, cuesta recuperar más la bota sin tirar, sin hacer esfuerzo. Hace ventosa.

A paso lento. Los 75 metros, los cien... Un poco más adelante la piedra deja paso al ladrillo. Cambio de materiales. O porque se adaptaba mejor al terreno en puntos concretos o porque hubo que reponer algo que se vino abajo. Dudas y debates que tienen los técnicos. Como el de la procedencia o el tiempo que llevan allí metidos un caldero y una botella que parece de un cristal irrompible. Es de lo poco que rompe la monotonía de la estampa –para los que preguntan, ni restos de ratas ni olores raros; nada–. La bóveda vuelve a ser de piedra y aparece el segundo apartadero, más visible. Aquí han colocado un puntal. "¿Es de sujeción?", pregunta uno de los periodistas por si acaso. "No, tranquilo. Es para ayudarnos a sujetar la bomba y la manguera". Pesan una barbaridad.

El final del paseo coincide con la marca de los 150 metros. Más adelante las condiciones son peores. Mayor complicación (la bomba retira agua desde los doscientos metros y han localizado una acumulación de tierras posiblemente provocada por un derrumbe a 250). Esto estaría ‘a medio camino’ y todavía se ve la luz de la boca de entrada de Tetuán desde este punto. "Eso es que casi no hace curva hasta aquí". Cierto. Es justo donde se encuentra el tercer apartadero.

El periodista se empeña en enfocar con la linterna tratando de ver algo en el tramo siguiente. Es un poco iluso y le puede la curiosidad. Lo bueno es que todos se encuentran con la inscripción en el ladrillo. Hay otra –‘Primera de Castilla la Vieja’–, pero esa no la han visto. Da igual. Lo de Eloy Silió, lo de entrar aquí, ya es una gran historia.

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