75 aniversario del incendio de Santander

"Mi padre fue mi héroe por lo que mi madre contaba de él"

Gregoria Sánchez, con la gorra y un retrato de su padre.
Gregoria Sánchez, con la gorra y un retrato de su padre. / Roberto Ruiz
  • "Sabíamos que había muerto en el incendio, pero no cómo, y ahora que sé que se desangraba por dentro y quiso seguir en su puesto estoy aún más orgullosa de él"

Gregoria tenía 3 años cuando murió su padre. La niña suplió esa ausencia con veneración y, 75 años después, habla de él con la emoción intacta. «He querido mucho a mi padre porque mi madre se encargó de inculcarme ese cariño. Era mi príncipe, mi héroe y, ahora, al saber cómo murió, me siento aún más orgullosa de él».

Julián Sánchez salió de Madrid la noche del 16 de febrero de 1941 en respuesta a la llamada de socorro de Santander, que ardía desde la víspera. Nunca regresó a casa. El bombero de 38 años fue la única víctima mortal del incendio. Su esposa, Gregoria Escribano Plaza, se quedó viuda con 37 años y con dos críos a su cargo, Julián, de 5 años, y Gregoria, de 3. Goyita, como la llaman en familia, acaba de llegar a Santander con su hija Olga y con su yerno Juan Carlos para participar en el homenaje que el Ayuntamiento rinde a su padre y a todos los equipos de emergencias que prestaron ayuda a la ciudad.

Al margen de que su hija lo idolatre, los archivos dejan constancia de que Julián fue un hombre valiente. Con solo 25 años, todavía aprendiz, recibió una mención de honor por su labor en el incendio del Teatro Novedades, en el que perecieron 90 personas. Durante la guerra civil, él y sus compañeros atendieron los avisos por fuego en plenos bombardeos. El 17 de febrero de 1941 el porta-lanzas acudió en auxilio de Santander con otros 24 bomberos del parque de Madrid. A Julián lo mató a traición un muro al que daba la espalda, justo cuando acababa de quedarse solo y, surtidor en mano, refrescaba rescoldos. Los médicos que lo examinaron no intuyeron la gravedad de las lesiones internas y él pretendía regresar a las labores de extinción, pese al dolor que soportaba. Sus jefes le ordenaron descansar. A la mañana siguiente ingresó en la Casa de Salud Valdecilla, donde falleció diez días después.

¿Conocía ya Santander?

–Me he resistido a venir. Me negaba. Lo he evitado. Estuve solo una vez, pero de pasada.

¿Qué sentía para no querer venir?

–Para mí Santander era la caja mortuoria de mi padre. Es una conexión sentimental. Aquí había fallecido y no quería conocer la ciudad.

¿Y qué piensa ahora, aquí delante de la Bahía?

–Ahora me parece precioso Santander y me alegro de verlo. Es bonito, bonito, bonito.

¿Tiene algún recuerdo directo de su padre?

–No, todo lo que sé de él me lo transmitió mi madre. Ella estaba muy enamorada de él y me inculcó desde siempre un gran cariño hacia mi padre. De pequeña, hasta los doce años, para mí era un príncipe. Siempre lo vi como un héroe y, cuando crecí, como una persona ejemplar.

¿Qué le contaba su madre de él?

–Decía que era cabal, serio, estudioso, incapaz de cometer una injusticia, que amaba su trabajo, que era muy cumplidor con sus obligaciones y que era muy querido en el parque de bomberos. Se preocupaba por la gente, era servicial. Me contó también que los bomberos que nos visitaron cuando falleció dijeron que era un hombre extraordinario y muy dado al Cuerpo.

¿Qué le contó su madre de lo ocurrido en Santander?

–Poco, porque creo que ella tampoco supo demasiado. Nos estamos enterando ahora. Sabía que mi padre había muerto en el incendio, pero no cómo, ni lo supo ella.

¿Qué sintió al saber que Julián quiso volver a la extinción pese a la gravedad de sus lesiones, con rotura de bazo y de pulmón?

–Una emoción enorme. No lo esperaba. Fue la emoción de saber que mi padre era todavía mejor de lo que yo pensaba. Estaba reventado. Un señor que está desangrándose por dentro y decide seguir cumpliendo con su deber es digno de respeto. Yo posiblemente no lo hubiera hecho. Para mí, como hija, supone un gran orgullo. Estoy más orgullosa de él de lo que ya estaba.

¿Llegó su madre a ver a su padre durante los diez días que estuvo ingresado en Valdecilla?

–Sí, se desplazó desde Madrid y estuvo hablando con él. Me contó que él le preguntaba por sus hijos y que le pidió que le diera besos a su nenita. Y luego mi madre le acompañó en el entierro, fue con la comitiva que salió desde Santander. Mi madre me decía que, cuando el entierro pasó por Madrid, parecían los funerales del Rey (Alfonso XIII), por la cantidad de coronas que había y por todos los bomberos uniformados que formaban la comitiva.

Su madre se quedó viuda y con dos niños. ¿Cómo salió adelante?

–Para ella la muerte de mi padre fue horrible porque estaba muy enamorada. Pero tuvo que tirar hacia adelante, sobre todo por mi hermano, que tenía una discapacidad psíquica. Mi abuela, la madre de mi madre, heredó una carnicería y la puso a nombre de mi madre, que era la que la cuidaba. Y ella trabajó allí para sacarnos adelante a todos.

¿Y no recibió ayuda económica por la muerte de Julián?

–Quizá no debería de decirlo, pero el Ayuntamiento de Madrid le dejó una paga mísera, como si mi padre hubiera muerto en una mesa de trabajo. Por más reclamaciones que presentaba, no la hacían caso. Hasta el año 1956. Ocurrió que se quemó una fábrica de gafas y murieron algunos bomberos a los que les hicieron lo mismo que a mi padre. Pero al final sirvió para que les reconocieran a todos que murieron en acto de servicio.

¿Cómo era la vida sin padre para su hermano y para usted?

–Mi madre era una mujer que quería que tuviéramos cultura. Mi hermano tenía una minusvalía psíquica, pero ella consiguió que aprendiera a leer e incluso a escribir. Le puso profesores particulares. Julián nunca pudo trabajar y ella siempre se hizo cargo de él. Y decidió que yo estudiara una carrera. Como de jovencita por las mañanas la ayudaba en la carnicería, tuve que ir a una academia y mi mamá me pagó las clases. Soy perito mercantil, pero me coloqué en una oficina, me enamoré, me casé pronto y luego vinieron las gemelas (sus hijas Olga y Yolanda).

¿Qué le parece que el Ayuntamiento de Santander rinda homenaje a Julián Sánchez García 75 años después?

–No esperaba que se acordaran de mi padre después de tantos años. Ha sido una sorpresa y me emociona. Estoy muy agradecida, aunque me ha removido muchos recuerdos.

¿Le habría gustado que le hubieran homenajeado antes?

–Me hubiera gustado que mi madre lo hubiera podido disfrutar porque ella fue la que más sufrió y la que le tenía verdadero cariño, era un sentimiento muy fuerte. Ella hubiera llorado como una desesperada, pero hubiera sentido satisfacción dentro de ese llanto. Mi hermano Julián también falleció. Mi marido (Antonio Gámez) murió el año pasado y tampoco lo verá. Era también un hombre excepcional, para mí, en todos los aspectos.

¿Está nerviosa por el homenaje?

–Ahora mismo estoy tranquila. Además, la que va a hablar es mi hija Olga (su gemela está en Italia).

¿En Madrid ha habido algún tipo de reconocimiento a su padre?

–Yo no sabía nada, pero un día, hace dos o tres años, pasé casualmente por delante del Museo de los Bomberos de Madrid y entré por curiosidad. Empecé a ver fotos de bomberos de diferentes épocas. Y de repente descubrí una de mi padre que yo tengo en casa, porque guardo todas las que dejó mi madre al morir. Y junto a la foto ponía: ‘Al héroe muerto en acto de servicio en el incendio de Santander de 1941’. Y me puse a llorar.

Aquí también podrá ver su foto en el Museo de los Bomberos de Santander. Manuel González, el bombero que logró localizarla, organizó un encuentro con usted en Madrid al que asistieron compañeros del parque de su padre. ¿Cómo fue?

–Muy emotivo. Me localizaron a través de una prima de mi esposo. Fue ahí cuando empecé a conocer los detalles de lo que le ocurrió a mi padre en Santander. Fue una reunión de casi dos horas, muy bonita.

-¿Qué objetos van a ceder al Museo de Santander?

–El casco y la gorra de trabajo de mi padre, su hacha, fotografías, bandas conmemorativas y algunas otras cosas. Pero solo temporalmente. Es algo que guardó mi madre con mucho cariño y que yo he conservado después de que ella muriera. También el Museo de los Bomberos de Madrid nos lo ha pedido.

¿Cómo le gustaría que recordase Santander al bombero Julián Sánchez García?

–Lo mejor posible. ¿Qué voy a querer? Soy su hija. El dio su vida por Santander. Cualquier otro bombero la habría dado igual, no hay que ser orgulloso, pero le tocó a él.