Un chupinazo con mensaje

La alcaldesa ha sido la encargada de prender el chupinazo. / Celedonio

La alcaldesa, en su estreno festivo, recuerda a los vecinos del edificio de la calle del Sol

Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

Daisy llevaba el pañuelo azul. Bien anudado porque, con tanto trajín y roce, en un descuido se va al suelo. Se movía a la carrera, serpenteando por Juan de Herrera entre las Gigantillas. Mirando a todas partes cerca del final del abrigo de Don Pantaleón. Emocionada, como loca. Rodeada por una atmósfera de sonidos de pitos, panderetas y tambores. Le sacaron fotos y, es muy probable, que hoy esté en algún muro del Facebook. Todo en orden, en principio. Porque la descripción de esos minutos de Daisy previos al cohete que abre la Semana Grande sirven para cualquier crío/cría. Lo que ocurre, y estas cosas sólo pasan en fiestas, es que Daisy es una perrita de Cabezón de la Sal. La crónica del chupinazo siempre tiene que empezar con anécdota. Lo demás es siempre parecido. Miles de personas, color en la plaza, alguna sorpresa y un «Viva Santander» rotundo. Si acaso, este año, con acento diferente. Porque la voz que pronunció esas palabras y la mano que encendió la mecha eran, por primera vez, las de Gema Igual. Y sí hubo en su discurso un recuerdo para «quienes están pasando dificultades y no van a poder disfrutar la Semana Grande como les gustaría». Se refería, sobre todo, «a los vecinos del edificio de la calle del Sol». «Un beso desde aquí para ellos».

El tiempo ha acompañado tras las dudas que dejó una ligera lluvia durante la mañana

Hubo miles de personas. Muchísimas. Son tantas que uno pierde ya la referencia para decir si más o menos que otros años. Desde el balcón se veía la plaza abarrotada, pero también gente por Juan de Herrera casi hasta La Porticada, ocupando Isabel II, en todas las azoteas de los edificios con vistas y en la parte elevada de la Cuesta del Hospital. La estampa está completa cuando termina el desfile que viene desde Puertochico y las peñas ocupan su hueco reservado ante la puerta del Ayuntamiento. Peras, vividores, pirulas, panderetucas... (que nadie se ofenda, que es un juego de palabras con los nombres de los grupos). Ellos le ponen color a la postal. Tras la presentación a cargo de Raúl Alegría y de los artistas de su circo Quimera (hubo un número de lanzamiento de cuchillos que dejó sin aliento a más de uno), Igual tomó el micrófono. Con fuerza, casi gritando. «La Semana Grande 2017 arranca ya y la ciudad os espera», dijo para estrenarse. Su predecesor, De la Serna, soltaba siempre lo de «la mejor ciudad del mundo». Eso garantizaba aplauso. Ella tiró por otro camino. «Vosotros sois quienes dais alma y vida a estos diez días. Vividlas a tope y hacedlo desde el corazón». Definió estos momentos como «los más apasionantes de todo el año» y justo ahí dedicó su frase a la actualidad que ha tenido a la ciudad en vilo en las últimas horas: el edificio de la calle del Sol y las familias que se han quedado sin casa.

«Os pido que, como siempre, nuestra Semana Grande sea un modelo de alegría y convivencia», fue terminando. El «vivan las fiestas de Santiago» y el «viva Santander», como siempre, recibieron respuesta de coro desde abajo. Y, luego, el cohete. Fue tal el estruendo –entre miles de papeles de colores en el cielo, globos y tracas–, que apenas se escuchaban los acordes de La Fuente de Cacho que sonaba por megafonía. Entre las curiosidades, que a la alcaldesa le dan miedo los cohetes y con la llama encendida reculó un par de pasos. Después, que del balcón del Ayuntamiento quedó colgado un capote taurino que alguno de los representantes de las peñas se ocupó de fijar para que quedara bien visible.

Miles de personas volvieron a juntarse en el arranque de la Semana Grande

Y escenas que pasan desapercibidas. Por ejemplo, poco antes del estallido, la imagen de una niña que agarraba con una mano la de un Policía Nacional y, con la otra, un muñeco pelón. La cría se había perdido y el agente trataba de darle consuelo. Ella aguantó el tipo hasta que apareció su padre. La escena pasó desapercibida para la mayoría, pero el abrazo que se dieron con la niña llorando a moco tendido fue lo más tierno que se ha visto en los últimos diez chupinazos.

Y más pequeñas anécdotas. Este año, en el pequeño escenario que pone a los más pequeños como locos con las canciones a media tarde, cambiaron aquello de la taza, la tetera y el cucharón por ‘American idiot’ (Green Day) o ‘I love Rock’n Roll’ (Joan Jett & the Blackhearts). Los chavales estaban encantados mientras les explicaban que en los ochenta era normal ponerse un chaleco de pelo encima de la camiseta y los pelos de colores. Rockolas se llama el espectáculo. Y –ya que hablaban de los ochenta–estuvo ‘guay del Paraguay’.

Por la tarde

Una de las cosas más comentadas fue el tiempo. La tarde fue espléndida. Despejada y sin que el sol se cebara con nadie. Perfecto teniendo en cuenta que a más de uno se le pusieron los cohetes de corbata con las cuatro gotas de por la mañana. Hubo rato de sobra para hablar de ello mientras se hacía cola en la caseta que repartía programas y pañuelos (algunos, los que saben, ya le habían conseguido comprando en el quiosco El Diario). Sin exagerar, trescientos haciendo fila. Complicado hasta pasar por la acera.

Por las casetas, que si los pinchos, que si los tres euros... Las seis del Ayuntamiento empiezan la semana a lo grande. Es su día fuerte y tratan de aprovecharlo al máximo. Como el que vende globos, que viene todos los años y ayuda a ponerse al día a los entrados en años en los personajes que ven ahora los críos en la televisión (animada). Hay modas y cosas que no se pasan. Las gigantillas están en el segundo grupo. Hacer, hacen básicamente lo mismo desde hace décadas. Danzan al son de la música y recorren las calles del centro. Pero siempre consiguen arremolinar a su alrededor a cientos de personas. Un clásico, con Doña Tomasa, La Repipiada, la Vieja de Vargas y Don Pantaleón. Y también Celes y Terio, que son los cabezudos vestidos de alguaciles y a ellos se les nombra menos.

Terminado el paseo, las figuras se pusieron a esperar ante la puerta del Ayuntamiento junto a peñistas y artistas circenses. Como todos, incluidos los que cogieron sitio cerca de la valla con tiempo. Ya sólo quedaba lo del cohete y, seguramente, a Daisy eso ya no le gustó tanto como que le colocaran un pañuelo. Los perros no son muy de chupinazo.

Galería

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos