Las historias del Barrio Obrero del Rey

Se cumplen noventa años de la entrega de llaves a las primeras familias que se instalaron. El Rey Alfonso XIII colocó la primera piedra del proyecto

El centro, con el edificio del mercado y la escuela (en la pared, la placa que recuerda la presencia de Alfonso XIII)./María Gil Lastra
El centro, con el edificio del mercado y la escuela (en la pared, la placa que recuerda la presencia de Alfonso XIII). / María Gil Lastra
Álvaro Machín
ÁLVARO MACHÍNSantander

En el callejón de la mona alguien ha pintado una puerta blanca con estrellas negras. Allí, sentado en ese firmamento, el Principito del cuento ve pasar a los críos de La Salle en los recreos. El pasadizo, entre el colegio y el muro, tiene nombre. Calle Fernando Segura. Pero en el Barrio Obrero del Rey, vete tú a saber por qué, casi nadie le llama por su nombre. Lo de la mona son cosas del vecindario. Como hablar de Enrique, el barbero, que entre corte y corte le dio forma a la escultura del pescador de La Maruca. O del olor que venía por las tardes de la antigua fábrica de curtidos Pedro Mendicuoague, que estaba allí al lado. Son muchos relatos. La escuela, la tienda del señor Pepe, las fiestas de San Bartolo... O las bombas y el tableteo de las ametralladoras un domingo de diciembre del año 36. A este curioso lugar, a este barrio-isla cerrado al bullicio en mitad de la ciudad, llegaron a vivir 140 familias hace ahora justo noventa años. Dos y medio después de que el mismísimo Alfonso XIII pusiera la primera piedra del proyecto. Aún está la placa que lo recuerda.

Óscar Corvera se embala hablando de estas cosas. Están todas en un blog al que ha dado forma hace poco –https://barrioobrerodelrey.blogspot.com.es–. Un catálogo de datos, fotografías y documentos que ha ido recuperando a saltos entre el vecindario y la Biblioteca Municipal. Vive en Asturias desde hace tiempo, pero el barrio tira. Porque lo curioso de este lugar cerrado por un muro entre General Dávila y la calle Archivo de Simancas es que conserva eso. El sabor a barrio. A duras penas, pero lo conserva.

Tiene historia. «El barrio obrero quedará emplazado en uno de los mejores lugares de la población mirando a la alameda de Oviedo en los terrenos de la señora viuda de Hoppe, del paseo del Alta y la carretera de Perines; el referido barrio tendrá calles excelentes de doce y quince metros de anchura con crecido arbolado que, a la vez que preste sombra a sus avenidas, las adorne delicadamente». Es un texto sacado del diario ‘El pueblo cántabro’ de 1925.

Dónde y cuándo

Ubicación
El barrio está entre General Dávila y la calle Archivo de Simancas, junto a La Salle.
24 agosto 1925
Alfonso XIII colocó la primera piedra (una placa lo recuerda). El 12 febrero de 1928 se entregaron las llaves a los primeros cooperativistas.
27 diciembre 1936
El bombardeo sobre Santander tuvo especial incidencia en el Barrio Obrero y en los alrededores.

En esas crónicas de la época se recuerda que el proyecto era de Lavín Casalís y que el constructor fue Domingo A. Alonso. Que los cooperativistas pagaron una entrada de mil pesetas y las cuotas mensuales eran de 35 porque «el obrero, como todo hijo de Dios, tiene derecho a un albergue para él y para su familia en sitio saneado limpio e higiénico». Su diseño de casas bajas de tres plantas, el trazado de calles anchas y patios, la estructura cerrada (con muro perimetral y candado, en su día, y con una valla que se eleva hoy en día para que sólo entren los coches de los vecinos) y sus dotaciones iniciales (economato, escuela...) han servido para que este lugar fuera ejemplo para charlas de arquitectos.

En las costuras de este lugar figura la cicatriz de la Guerra Civil. «Poco después del mediodía del soleado y primaveral domingo 27 de diciembre de 1936 sonaron las sirenas avisando de la presencia de aviones enemigos. Tras cruzar la cordillera por El Escudo, desde la mar y por La Maruca, entraron 18 aparatos, la mitad trimotores Junkers Ju-52 de bombardeo y la otra mitad biplanos de caza Heinkel He-51», figura en la crónica de El Diario Montañés. Alguno ha dicho que, tal vez, esa forma cerrada hiciera que los pilotos alemanas confundieran el Barrio Obrero con un acuartelamiento. Se sufrió mucho.

Carmen y Julio, en su tienda. Él es nieto del que abrió en 1940
Carmen y Julio, en su tienda. Él es nieto del que abrió en 1940 / María Gil Lastra

No hay placas en el barrio para eso. Están las que pusieron en honor al antiguo presidente de la cooperativa Isaac Santamaría o la que sus amigos le dedicaron a Iván Belmar (Chafis), un vecino que se fue antes de tiempo. También la antigua para Aquilino Martínez y la más llamativa, para un ilustre vecino como Vital Alsar. Todas, en la fachada opuesta a la tienda de Julio Arredondo, que abrió su abuelo en 1940 y que sigue «aguantando». En el edificio que está justo en el centro. «Esto era un mercado, con panadería, estanco... Era un poco de todo. Luego la gente se fue marchando y pasó a ser bar y tienda hasta quedarse ahora en la tienda», cuenta su mujer, Carmen Ruiz, sentada junto a la caja. Pegado a lo que fue parroquia y, sobre todo, escuela. «Yo fui ahí a parvulitos, como todos los que vivíamos aquí», cuenta él, que en un minuto acumula los recuerdos del primer teléfono que hubo en el barrio –allí en la tienda, para todos los vecinos– y de como su abuelo dejaba en el local por la noche «a los amigos jugando la partida cuando se iba a la cama porque madrugaba para ir al mercado». «Venía con un carro cargado de morcillas, por ejemplo. Lo que se vendía en la época». Habla con cariño de los tiempos en que los obreros de la fábrica de curtidos iban al bar y le daban de comer a él y a su hermano «metidos en un cesto de pan».

La placa dedicada por «vecinos y amigos» a Vital Alsar.
La placa dedicada por «vecinos y amigos» a Vital Alsar. / María Gil Lastra

Y del paso del tiempo. La antigua escuela fue cíber y sede de la asociación de celiacos. Ahora el local está cerrado. Cambios. Como la rampa que pusieron para facilitar el acceso a la calle Simancas cerca de la puertuca azul de la ‘secretaría’. Cambios en la forma y en el fondo. «Hay gente muy mayor todavía –dice Julio–. Muy antigua en cuanto a que llevan toda la vida aquí. El concepto de barrio se mantiene, pero van quedando menos y los que vienen no se involucran tanto. Es normal, la gente joven...». Resistencia. Porque la atmósfera de lo que fue todavía se intuye . Y en los balcones del Barrio Obrero del Rey aún quedan algunos geranios.

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