Intemperie

Por el bien de todos, parece necesario dejar reposar ahora las conclusiones y señales y adoptar decisiones

Guillermo Balbona
GUILLERMO BALBONASantander

La cultura son personas. La visibilidad humana, el gesto, la querencia, el trato. La mayoría de instituciones culturales, museos incluidos, constituyen un reflejo de quien las gestiona (ahí está el Prado de los últimos veinte años). El verdadero búnker del MAS es el propio museo, un acotado y endogámico espacio que, en manos de su director, ha recurrido en escasas ocasiones al vínculo público y a la prótesis social. Tras cuatro semanas han llegado los informes del suceso con sus detalles técnicos, la disección de protocolos y también sus sombras. Es lo que tiene. Que, hasta que no se disipa el humo (también el social y político), la claridad requiere tiempo. Por el bien de todos, parece necesario dejar reposar ahora las conclusiones y señales y adoptar decisiones.

Pero mientras las cuestiones del ‘cómo se hizo y cómo se debió hacer’ se conservan en el formol de la prudencia política –incluyendo una oposición que ciñe su papel a pedir dimisiones y ceses con tanta agilidad como cuando ha permanecido en silencio cuando se la necesitaba– las grandes preguntas son: ¿Y la dirección?¿Dónde está el director Salvador Carretero? Funcionario sí, pero también cara visible durante más de un cuarto de siglo del museo santanderino, al que los daños estructurales parecen haberlo afectado menos que su falta de identidad. ¿Cómo es posible que no haya comparecido públicamente todavía? ¿Por qué no acudió, al menos de testigo de cargo, a la Comisión de Cultura?

Fuera, ya lo sabemos, hace frío. Pero su condición de funcionario y disciplinado trabajador al servicio de la Administración también la era cuando manejaba los tiempos de comunicación y se convertía en la foto fija de las programaciones y de muchos comisariados. Más allá del origen/chispazo del fuego, cuyas causas a este paso acabarán siendo carne de Cuarto Milenio, lo acuciante reside en gestionar un camino de futuro que resulte pragmático y creíble antes de pensar en nuevas millas, anillos y bisutería electoralista con la cultura como fácil mercancía de intercambio. Por ejemplo, planificar una rehabilitación ad hoc del MAS de acuerdo a su fisonomía; o afrontar su reforma integral y ampliación sin parches de urgencia, dado que los rescoldos piden a gritos un replanteamiento absoluto de qué museo necesita Santander.

Un horizonte esperanzador con el Centro Botín, el Archivo Lafuente, el Reina Sofía y la sede de la Colección Enaire en Gamazo obligan a dotar al MAS de una configuración a prueba de llamaradas de ilusionismo. En este paisaje y al margen de aclaraciones judiciales y responsabilidades políticas, alguno debería ponerse a un lado para facilitar la transición. Mientras seguimos esperando ese «cotejo minucioso», el director invisible dice en su informe que «se ha perdido un porcentaje elevado de los fondos». Todo a fuego lento. Amén.

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