Una postal muy santanderina

La estampa de los fuegos sobre el Cantábrico, una postal del verano santanderino. :: roberto ruiz
La estampa de los fuegos sobre el Cantábrico, una postal del verano santanderino. :: roberto ruiz

Pese a la lluvia que cayó durante todo el día, muchas personas se acercaron al Sardinero para una de las citas clásicas del verano

A. MACHÍN SANTANDER.

Cuando una anda aburrido mirando al cielo tumbado -por ejemplo- en la hierba suele ponerse a jugar. Que si un dragón, que si un barco... Buscarle las formas a las nubes. Si anda ñoño y con pareja, aparece siempre clara la visión de un corazón, un ángel con arco o de cualquier animalito con el que las gominolas hayan bautizado al novio/a. En la noche de fuegos también pasa. Que se mira hacia arriba, que la boca se te queda abierta y que cada uno interpreta las luces a su manera. Lo curioso es que hay algunas bautizadas por los expertos. Como ahora todo es tan moderno, le ponen nombres en inglés. A ese abanico de tonos que parece que se difuminan en las puntas le llaman 'peacock tail'. Tiene su aquel porque, traducido, significa cola de pavo real. Y la cosa se parece.

Es una anécdota de una noche más de fuegos artificiales en la Semana Grande. En el verano santanderino, en general. No hay verano sin fuegos. Y tampoco verano sin chupa de agua. Son cosas de aquí y es lo que hay. Como meterse el atasco entre pecho y espalda para llegar hasta el Sardinero y pensar, ya metido en la cola, «¿por qué no lo habré dejado en casa?». En las paradas de autobús, aunque los refuerzan, también se forman colas. Y, todos los años, unos padres se vuelven a casa pensando que se han gastado un dineral porque a los críos hay dos noches que no se les puede poner freno: la de los Reyes Magos y la de las ferias.

Por ponerse estricto con los datos, los fuegos artificiales de anoche fueron un diseño específico de la empresa valenciana Ricasa. Por esas tierras saben mucho de tracas, cohetes y petardos y este año los herederos de Ricardo Caballer ganaron el certamen Ignis Brunensis (que en esto de los fuegos artificiales es una cosa muy importante). Lo que estaba previsto -al cierre de esta edición aún se estaban lanzando- era 18 minutos de efectos pirotécnicos. «Por la lluvia no se suspenden», confirmaban a última hora de la tarde desde el Ayuntamiento. Influyó, claro, en los que decidieron cambiar el plan y dejó en algo menos los cálculos de la asistencia. La lluvia siempre intenta colarse algún rato en el programa de fiestas.

Pero, con humedad y todo, alguno vio la cola abierta del pavo real o las olas del mar (que es otro efecto). Otros -los que ven en las nubes el corazón aunque tenga forma de escopeta- se cogieron la mano mientras miraban al cielo. Aunque fuera sacando los dedos de la manga del chubasquero. Que esto es Santander y es lo que hay.

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