Por muchas razones, Santander ¡corre por Siria!

JOSÉ ELIZONDO GUTIÉRREZ

No vimos cómo se alejaban cada vez más, pese a que cada vez les teníamos más cerca, y llamando a nuestras puertas escuchamos el sonido de la aldaba, lejos, cada vez más lejos, como un eco, como las campanadas que tocan a muerto tan tarde que ni las escuchamos, que las confundimos con la alarma del reloj, con la bocina de los coches en mitad de un atasco. El sonido de sus nudillos llamando a la puerta se pierde entre tantos sonidos cotidianos. Y nos acostumbramos, otra vez nos acostumbramos. Como nos acostumbramos antes.

Siempre ha habido la foto de un niño negro con moscas en la barriga colgando de nuestra retina. Y crecimos con ella sin que apenas el iris se viera rasgado. Una ceguera extraña aquella que no quiere ver. Una graduación complicada aquella que se emociona por un trapo, pero se le escapa entre los dedos la piel despellejada de una espalda rasgada por las concertinas.

Y es que nos acostumbrarnos a que estén sin que les veamos. Y no es nuevo, ya lo hacemos al bajar a tirar la basura a ese contenedor donde los más audaces se columpian intentando mantener el equilibrio entre su realidad y la mierda. Sacan lo que pueden y en su ‘bolsa de la compra’ meten la miseria que les vendemos a precio de coste, el de sus vidas. No es nuevo: hace tiempo que dejamos de verles a la entrada del supermercado, del bar, del trabajo, deambulando por el parque o en el extrarradio de las grandes ciudades. Hace tiempo que pasaron a formar parte del decorado de nuestro día a día. Hace tiempo que les tapamos con las banderas que les vuelven invisibles. Y así, cada vez más cerca y, sin embargo, cada vez les sentimos más y más lejos. Hasta casi no sentirlo.

En el prólogo de la ‘La doble ausencia: De las ilusiones del emigrado, a los padecimientos del inmigrado’, del sociólogo franco-argelino Abdelmalek Sayad Pierre, el sociólogo francés Pierre Bourdieu nos recuerda como «el inmigrante no tiene la condición ni de ciudadano, ni de extranjero; ni se sitúa completamente al lado del yo, ni del otro. Por el contrario, el inmigrante es el ‘bastardo’ que ocupa la frontera entre el ser y el no ser social. Una frontera que externalizamos no solo física y políticamente, sino emocionalmente. Una frontera que trasladamos a campos de refugiados convertidos en ‘zonas de nadie’ donde transitan quienes ya no son de ningún lugar porque en ningún lugar son acogidos. Abandonaron sus hogares, expulsados, obligados, sin otra opción que mirar hacia delante porque tras ellos solo quedaban escombros, dolor, miseria, violencia y destrucción.

Venció el plazo para la acogida y ni siquiera esos mínimos, que causan vergüenza solo mencionarlos, se cumplieron. ¿Seremos capaces de normalizar esto también?

Solo podían mirar hacia adelante, con esa ilusión del emigrado. Una esperanza construida para sobrevivir. Sin embargo, a cada paso, las esperanzas se iban recortando; al cruzar el desierto, al zozobrar la patera, al quedarte enganchado entre la maraña de concertinas, al perder a tus seres queridos, al ser violada, secuestrada, al no encontrar ayuda en quien desde la distancia parecía representar esa ilusión. Y de un tajo seco te mutilaron: a golpe de incumplimiento de la legalidad internacional, de los derechos humanos, de esos mínimos cada vez más inalcanzables. Porque, a medida que te acercabas, esa imagen se volvía más y más inaccesible, se convertía en un espejismo inalcanzable. Y para sobrevivir ya casi no alcanza ni la esperanza.

Y llegaron las cifras, las cuotas de acogida, los porcentajes, como si fuera la epifanía de un contable, como si todo se pudiera reducir a eso. Como si la vida de una persona se pudiera reducir a eso. Y con ellas la historia que hay detrás se borró. Se borraron las violaciones, las bombas y las torturas, se borraron los disparos, el dolor, la angustia y los temblores. ¿Se borraron los responsables? ¿Se borró la esperanza?

Y venció el plazo para la acogida. Y ni siquiera esos mínimos, que causan vergüenza solo mencionarlos, se cumplieron. ¿Seremos capaces de normalizar esto también?

Dice el poeta Sirio Nouri Al-Jarra: «Necesitamos la poesía, en el exilio y en todos lados, para volvernos más humanos». Y así romper esa espiral de normalidad deshumanizadora. Este domingo 8 de octubre, de la mano de Amnistía Internacional junto a Pasaje Seguro & Cantabria con las personas refugiadas y la Asociación de Ayuda al Pueblo Sirio (AASP), se celebrará en Santander la segunda edición de la carrera popular Santander corre por Siria. Porque hay muchas formas de hacer poesía, qué tal si empezamos por aquí, caminando, corriendo por Siria junto a los versos de poeta sirio Ali Ahmad Said Esber, conocido como ‘Adonis’: «Las ciudades se deshacen y la tierra es una locomotora de polvo (…) No hay camino hacia mi casa: estado de asedio, las calles son cementerios. Desde lejos, sobre su casa, una luna ensimismada se cuelga en los hilos del polvo. Dije: «Este es el camino a mi casa». Respondió: «No, no pasarás», y me apuntó con el fusil... Está bien. Tengo en todos los barrios, amigos, y todas las casas del mundo». Para que Santander sea uno de esos ‘barrios’, ¡Santander, corre por Siria!’

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